En el Centro de Salud de Guamaní, al sur de Quito, la rutina se define por la urgencia de atender, curar y acompañar. Paulina Andrea Gallo Velásquez era parte esencial de ese engranaje vital; una mujer cuya profesión consistía en preservar la salud ajena, ajena a la idea de que su propia integridad estaba siendo tasada en un mercado clandestino. Diciembre de 2025 llegó con el aire festivo habitual, pero para ella traía una sombra disfrazada de compañía.
Paulina, como tantas mujeres independientes y trabajadoras, había abierto una puerta a la ilusión personal. Semanas antes de su desaparición, inició una relación sentimental con Fabián Arturo, un hombre que llegó a su vida prometiendo afecto, pero que cargaba con intenciones inconfesables. Nadie en su entorno podía prever que aquellos encuentros no eran el inicio de un romance, sino la fase de estudio de un plan criminal meticuloso.
El viernes 12 de diciembre de 2025 marcó el punto de quiebre. Paulina fue vista por última vez en la capital ecuatoriana, inmersa en sus actividades cotidianas, quizás confiada en que el fin de semana le traería descanso. Sin embargo, la noche cayó sobre Quito y con ella, el silencio absoluto de su teléfono. No hubo mensajes de "llegué bien", ni llamadas a la familia; solo un vacío digital que encendió las primeras alarmas.
La angustia de sus familiares creció con cada hora sin respuesta. En un país donde las cifras de desapariciones son una herida constante, la ausencia de una madre, hija o hermana no se toma a la ligera. Se activaron los protocolos de búsqueda, y el rostro de la funcionaria de salud comenzó a circular en redes y carteles, acompañado de la súplica desesperada de quienes la esperaban en casa.
Mientras la familia la buscaba en hospitales y morgues, la realidad de Paulina discurría por una carretera oscura hacia la costa. Las investigaciones revelarían después que la confianza que ella depositó en su pareja fue su sentencia. Fabián no actuó solo; la trama incluía a un segundo hombre, Juan Pablo, cuya presunta vinculación con grupos delictivos añadía un nivel de peligrosidad extremo al escenario.
El objetivo nunca fue el corazón de Paulina, sino sus bienes. La frialdad de los hechos expuestos por la Fiscalía hiela la sangre: la relación sentimental fue, desde el principio, un medio para un fin económico. Querían su vehículo, su dinero, sus pertenencias. Para ellos, la vida de la mujer que dormía a su lado era simplemente un obstáculo administrativo que debía ser eliminado para completar la transacción.
El viaje forzado terminó lejos de su hogar, en la vía Alóag–Santo Domingo, un trayecto conocido por sus abismos y su densa neblina. En un sector desolado, conocido como "La Cordillera", los agresores decidieron deshacerse de lo que consideraban evidencia. Allí, entre la vegetación y el frío del páramo, abandonaron el cuerpo de quien horas antes tenía nombre, sueños y una carrera al servicio de los demás.
La crueldad no terminó con el crimen. Mientras la familia de Paulina vivía el infierno de la incertidumbre, los responsables continuaron con su plan de negocio. El vehículo de la víctima fue trasladado hasta la provincia de Manabí para ser vendido, convirtiendo el fruto de años de trabajo de Paulina en dinero rápido manchado de sangre. Incluso, se reportaron intentos de extorsión a la familia, exigiendo dinero mientras mantenían el silencio sobre su destino.
La investigación policial, sin embargo, avanzó con una rapidez inusual. El rastro del vehículo y las contradicciones de los implicados permitieron a las autoridades cerrar el cerco. Fabián y Juan Pablo fueron detenidos en Manabí, lejos de la escena del crimen, creyéndose impunes bajo el anonimato de la distancia.
La confesión o los datos aportados por los detenidos llevaron a los agentes de vuelta a la carretera, a ese punto específico de "La Cordillera". El hallazgo del cuerpo confirmó lo que nadie quería aceptar: la búsqueda de Paulina había terminado de la peor manera posible. La esperanza se transformó en duelo, y el duelo, en una exigencia rabiosa de justicia.
El sistema judicial reaccionó dictando prisión preventiva para ambos sospechosos. Inicialmente procesados por desaparición involuntaria y robo, la figura legal se tambalea ante la evidencia del cuerpo, apuntando ineludiblemente hacia el femicidio. La alevosía es evidente: se aprovecharon de la intimidad y la confianza para atacar a quien no esperaba agresión de su propia pareja.
Este caso ha golpeado con fuerza al gremio de la salud en Ecuador. Paulina no murió en cumplimiento de su deber médico, ni por un accidente fortuito; murió porque confió. Su historia pone de relieve una vulnerabilidad aterradora: el peligro no siempre acecha en un callejón oscuro; a veces, te abre la puerta del auto y te sonríe.
La implicación de bandas organizadas en lo que parecía un crimen pasional o doméstico añade una capa de complejidad y terror. Muestra cómo la delincuencia común y el crimen organizado se entrelazan, utilizando la vida humana como moneda de cambio desechable.
Hoy, Paulina Andrea Gallo es un nombre más en la lista de mujeres cuyas vidas fueron interrumpidas por la violencia machista y la codicia. Pero su memoria exige que no sea solo una estadística. Su caso nos obliga a cuestionar qué tan seguros estamos realmente y cuánto conocemos a quienes dejamos entrar en nuestras vidas.
La justicia tiene ahora la palabra final. La sociedad quiteña y ecuatoriana observa atenta, esperando que la condena sea proporcional al vacío que han dejado. Porque robar un auto es un delito contra la propiedad, pero apagar una vida para conseguirlo es un acto de oscuridad irreversible.
Paulina ya no recorrerá los pasillos del centro de salud, pero su historia debe resonar como una advertencia y un grito. En un mundo donde el afecto se puede falsificar, la verdad de su final nos recuerda que la protección más urgente es aquella que nos debemos a nosotras mismas frente a las señales que, a veces, decidimos ignorar.
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