Barcelona: La Estafa Que Terminó En Un Doble Asesinato Y Dos Prisiones Permanentes Revisables


En 2019, en un piso de Barcelona, dos personas mayores vivían a su ritmo: la puerta cerrada, la misma escalera, la rutina que se repite cuando el cuerpo ya no corre. Aquella tranquilidad se rompió cuando alguien a quien conocían cruzó el umbral con otra intención.

No era un desconocido que llegara al azar. Era un hombre más joven que había entrado en sus vidas como comercial de productos ligados a la salud y el bienestar, un oficio que le abría la casa de quienes buscan alivio, compañía o una mano que explique lo que nadie quiere volver a leer en letra pequeña.

La confianza empezó con visitas, conversación y promesas fáciles. Luego vinieron el dinero y las joyas: aquello que se guarda en un cajón, en una caja pequeña, en el lugar donde el hogar se vuelve banco sin cámaras.

Con el tiempo, la relación se volvió una trampa. La estafa no fue un golpe único, sino un goteo: cobros, entregas y la sensación de que, cuando hay fragilidad, todo se firma más rápido y se discute menos.

Hasta que el engaño quedó al descubierto. En ese punto, el miedo cambió de bando: quien había robado entendió que había testigos, que podían denunciar, que el hilo de lo ocurrido podía llegar a otros ojos.

La decisión fue brutal y simple: borrar a las víctimas para tapar el rastro. Volvió a ese domicilio de Barcelona y, una vez dentro, atacó a ambos con un arma blanca, apuñalándolos de forma reiterada.

Tenían 84 y 83 años. Estaban en su casa, el sitio donde uno baja la guardia sin darse cuenta, y donde la mente asume que el peligro se queda fuera, en la calle.

La mujer, además, tenía una movilidad muy limitada y su marido soportaba sus cuidados, lo que también mermaba su propio físico. La diferencia de edad y vigor con el agresor convertía cualquier intento de defensa en una ilusión.

No hubo margen real para reaccionar: un espacio cerrado, sin ayuda alrededor, y un ataque inesperado contra dos cuerpos ya cansados. La violencia no solo mató; también profanó esa idea íntima de refugio.

Después, quedaron los silencios que nadie sabe interpretar a tiempo: llamadas que no se responden, horarios que se rompen, la intuición de un familiar que empieza a mirar el reloj como si el reloj pudiera dar explicaciones.

La causa acabó sentándose ante un tribunal en Barcelona, y el relato judicial colocó las piezas con una lógica amarga: estafa continuada, robo de dinero y joyas, y un doble asesinato cometido para encubrirlo.


La condena incluyó dos penas de prisión permanente revisable por la muerte de ambos ancianos. También se fijó una indemnización total de 250.000 euros para los familiares, una cifra que intentó medir, con números, un daño que no cabe en ningún recibo.

El condenado recurrió, discutiendo la aplicación de la alevosía y el ensañamiento y cuestionando la proporcionalidad de esa indemnización. Pero el caso no se movía de su núcleo: la traición, la ventaja física y la vulnerabilidad de las víctimas.

El 25 de febrero de 2026, el Tribunal Supremo ratificó las penas impuestas. Subrayó que no tuvieron oportunidad de una defensa eficaz: el ataque no se esperaba, ocurrió en su hogar y se apoyó en una relación previa de confianza.

En esa ratificación quedó una frase que pesa por lo que revela: el agresor pudo matarlos con seguridad, sin riesgo para sí mismo. Dos vidas apagadas no por un arrebato, sino por el cálculo de quien se supo descubierto.


En Barcelona, aquel piso quedó como una escena imposible de borrar para quienes los querían: el hogar convertido en prueba, el afecto convertido en duelo. Y la pregunta persiste, incómoda: ¿cuántas estafas necesitan solo un “no” a tiempo para no acabar en tragedia?

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