En Algar, en plena Sierra de Cádiz, hay fincas a las afueras que parecen hechas para el silencio: caminos estrechos, laderas difíciles y, al fondo, el embalse de Guadalcacín como una lámina quieta. En julio de 2019, ese paisaje se convirtió en escenario de una ausencia que no tardó en volverse sospecha.
Lesley Pearson, británica de 74 años, era conocida en el pueblo como ‘Lele’. Tenía una rutina: viajar de vez en cuando a su casa de campo —a la que llamaban Casa Lele— y, en esas visitas, quedar con una amiga. Esa vez, el plan estaba fijado para el 11 de julio. No llegó.
El detalle ancla que sostiene esta historia no es una llamada ni un testigo: es una cita incumplida en una fecha concreta. Cuando una persona no aparece donde siempre aparece, el calendario deja de ser costumbre y se vuelve prueba.
La propiedad estaba en un paraje conocido como Tajo del Águila, con una casa grande y apartada, de acceso intrincado, a pocos metros del agua. Allí quedaba el coche con el que había llegado —un vehículo de alquiler— y allí quedaba también la pregunta: ¿en qué momento se rompió el viaje?
En esos días, el único rostro que parecía encajar en la última escena era el del guardés, un hombre de 45 años que trabajaba en la finca en tareas de mantenimiento y jardinería. En un lugar así, donde la entrada y la salida se notan, el que cuida el terreno también controla el relato.
La desaparición se formalizó cuando la familia dio la voz de alarma, y el círculo se estrechó hacia la casa. No era una calle con vecinos; era un campo con cañaverales, tablones, herramientas y rincones donde el paso humano deja marcas que no se ven desde la carretera.
El hallazgo fue tan cercano que duele: el cuerpo estaba dentro de la propia finca, enterrado en una zona de cañaverales, cubierto con tierra y unos tablones. No hacía falta un mapa; bastaba con mirar alrededor de la vivienda para entender que la verdad había estado allí todo el tiempo.
A partir de ese momento, el caso dejó de ser solo una ausencia. La autopsia describió moratones y golpes, con un impacto en el cráneo, señales de una violencia directa y breve, de esas que ocurren cuando el control se pierde —o se decide imponer— sin que haya escapatoria.
El detenido también llevaba arañazos. Dijo que se los había hecho un perro, y ese tipo de explicación, en los pueblos, corre rápido de boca en boca. Pero un arañazo también puede ser otra cosa: resistencia, uñas buscando aire, manos intentando sujetarse a la vida.
En el trasfondo flotaba el dinero: objetos valiosos, muebles, bienes de la casa y la idea de que alguien estaba vendiendo cosas que no eran suyas. Una casa grande en el campo es también un inventario, y cuando el inventario se mueve, la confianza se rompe con un chasquido.
Hubo un día de luto en un municipio pequeño, de esos en los que la noticia no se absorbe con distancia, sino con rostro. Algar no es una ciudad donde el dolor se diluya; aquí se nombra, se comenta en la gasolinera y se queda pegado en las conversaciones.
La investigación llevó al sospechoso de vuelta al lugar. En una reconstrucción, acompañado por agentes y comisión judicial, volvió a pisar el terreno y a mirar el hoyo. Ese gesto —volver al punto exacto— tiene algo de final, aunque el procedimiento apenas esté empezando.
El juzgado de Arcos de la Frontera acordó prisión provisional sin fianza mientras se ordenaban piezas: autopsia en Cádiz, registros, declaraciones, tiempos de llegada y de salida, y el detalle del enterramiento con cal viva y tablones como una tapa improvisada.
En casos así, la relación víctima–responsable no es la de un desconocido al azar: es la proximidad diaria, el trabajador que entra, que sabe dónde están las llaves, que conoce los caminos de la finca y el ritmo de una mujer que viajaba sola.
Para quienes la conocieron, Lele era una presencia luminosa: masajes, clases, una forma de estar en el pueblo que la hacía reconocible. Por eso la imagen final es tan cruel: un jardín que debía ser refugio convertido en fosa.
A veces el miedo no nace en la carretera ni en la noche; nace en un lugar familiar, con vistas bonitas, donde la rutina parece segura. En Algar quedó una pregunta que pesa más que cualquier paisaje: ¿cuántas veces se cruzó esa puerta sin imaginar lo que iba a ocurrir detrás?
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