CITA A CIEGAS CON LA MUERTE: EL PRECIO DE UNA CAFETERA EN CORTEGADA


La búsqueda del amor en la era digital suele estar pavimentada de esperanzas y promesas etéreas, pero para José María Roldán Zapata, un hombre de 53 años residente en Castelldefels, el clic definitivo se convirtió en su sentencia de muerte. Viudo y con el anhelo legítimo de reconstruir su vida sentimental, José María creyó encontrar en la pantalla de su ordenador una segunda oportunidad que le devolviera la ilusión perdida. Al otro lado del chat estaba Cristina, una joven de 26 años que vivía en una aldea remota de Ourense, y cuyas palabras tejieron una red de atracción fatal que lo llevaría a cruzar la península sin billete de vuelta.

El viaje desde la costa barcelonesa hasta el interior de Galicia no fue solo un desplazamiento geográfico, sino un salto de fe hacia un futuro que él imaginaba compartido y feliz. José María llegó a la parroquia de Rabiño, en el municipio de Cortegada, cargado de equipaje y de sueños, dispuesto a apostarlo todo por esa relación que había nacido entre mensajes y videollamadas. Durante los primeros días, la pareja se dejó ver por el pueblo, acudiendo a la piscina municipal y cenando fuera, proyectando la imagen de dos personas que intentan encajar sus mundos a pesar de la notable diferencia de edad.

Sin embargo, la convivencia real suele ser el ácido que disuelve las fantasías virtuales, y en la pequeña casa de Cristina, el ambiente comenzó a enrarecerse con una rapidez pasmosa. Lo que para José María era el inicio de un proyecto vital serio, para la joven anfitriona empezó a sentirse como una invasión asfixiante de su espacio y su libertad. La chispa inicial se apagó en cuestión de días, sustituida por un hastío y un rechazo que ella no supo, o no quiso, gestionar de manera adulta y racional.

El detonante de la tragedia fue un objeto tan cotidiano e inofensivo que roza el absurdo macabro: una cafetera. José María, en un gesto de quien planea quedarse y echar raíces, compró este electrodoméstico para el hogar que creía compartir. Para Cristina, aquel aparato no fue un regalo, sino una declaración de intenciones, la confirmación física de que él no pensaba marcharse pronto. Ese símbolo de domesticidad activó en la mente de la joven un mecanismo oscuro: la única forma de recuperar su soledad era eliminando al inquilino.

La planificación del crimen reveló una frialdad que contrasta con la pasión que supuestamente los había unido. Cristina decidió que la fuerza bruta no era necesaria cuando la química podía hacer el trabajo sucio. Suministró fármacos a José María para anular su voluntad y sumirlo en un estado de indefensión total, preparándolo para el final que ella había escrito. El hombre que había viajado mil kilómetros por amor se encontró drogado y a merced de quien debía ser su compañera.

El acto final se ejecutó en el silencio de la habitación, lejos de cualquier testigo que pudiera intervenir. Aprovechando el sopor inducido de la víctima, Cristina utilizó una almohada para asfixiarlo, sofocando su respiración hasta que la vida de José María se apagó definitivamente. No hubo lucha heroica ni despedidas dramáticas; solo la presión constante sobre el rostro de un hombre que murió sin entender por qué la persona que amaba le estaba robando el aire.

Tras consumar el homicidio, la joven se enfrentó al problema logístico de un cadáver en casa, optando por una solución que denota un desprecio absoluto por la dignidad humana. Lejos de entregarse, Cristina decidió deshacerse del cuerpo mediante el fuego y el enterramiento, intentando borrar literalmente a José María de la faz de la tierra. Quemó los restos y los esparció en la finca trasera de su vivienda, convirtiendo su propio jardín en un cementerio clandestino.

El silencio de José María, habitualmente comunicativo con su familia en Cataluña, encendió todas las alarmas a más de mil kilómetros de distancia. Su hija, extrañada por la interrupción brusca de las llamadas y los mensajes, comenzó a sospechar que algo grave había ocurrido. La intuición filial fue el motor que impulsó la investigación, pues Cristina, interrogada inicialmente, mantuvo la mentira de que él se había marchado voluntariamente tras una discusión, abandonando sus pertenencias allí.


La Guardia Civil, sin embargo, no compró la versión de la huida repentina, especialmente al encontrar el coche y la documentación de la víctima todavía en la zona. La presión sobre la joven fue aumentando con el paso de las semanas, cerrando el cerco alrededor de sus contradicciones y su comportamiento errático. Los agentes sabían que José María no había salido de esa aldea, y que la clave del misterio residía en la mente de la única persona que lo vio por última vez.

Finalmente, la fachada de Cristina se desmoronó. Un par de semanas después de los primeros interrogatorios, confesó lo impensable: había matado a José María y se había deshecho del cuerpo. Su relato, desprovisto de la emoción que se esperaría en una tragedia pasional, confirmó que el móvil no era el odio ni los celos, sino un simple y aterrador "me dejó de gustar". La banalidad del mal se manifestó en su forma más pura en aquella aldea gallega.

Durante el proceso judicial, la defensa y los peritos sacaron a la luz la compleja psique de la agresora. Se habló de trastornos de ansiedad, rasgos obsesivos y, en un giro casi cinematográfico, de su identificación con el personaje del "Joker", el villano narcisista y caótico de la ficción. Esta autopercepción revelaba una desconexión inquietante con la realidad y una falta de empatía hacia el sufrimiento ajeno, características que convirtieron a José María en un mero obstáculo en su narrativa personal.

El caso llegó a su resolución judicial recientemente, en noviembre de 2024, en la Audiencia de Ourense. Cristina, ante la inminencia de un veredicto más duro, optó por reconocer los hechos y aceptar un acuerdo con la Fiscalía. Admitió el asesinato y aceptó una pena que, para muchos, resulta difícil de digerir dada la gravedad de lo narrado: ocho años de prisión. El sistema legal aplicó sus matemáticas, descontando atenuantes y conformidades, mientras la familia de la víctima asistía al cierre legal de su pesadilla.

La condena incluye también una indemnización económica y medidas de libertad vigilada posterior, pero ninguna cifra en euros puede compensar la pérdida de un padre que solo buscaba compañía. José María pagó con su vida el error de confiar en una desconocida, convirtiéndose en una advertencia trágica sobre los peligros que a veces se esconden tras las promesas del amor romántico.

Hoy, la finca en Cortegada guarda los ecos de aquel crimen absurdo, donde una cafetera fue el preludio de la muerte. Cristina pasará sus días en una celda, contando el tiempo para volver a una libertad que le arrebató a otro para siempre. La justicia ha hablado, pero el vacío que deja este caso en la conciencia social es profundo.

La historia de José María Roldán Zapata es la crónica de una ilusión traicionada de la forma más cruel posible. Nos recuerda que, a veces, el peligro no es un monstruo que acecha en la oscuridad, sino alguien que nos sonríe desde el otro lado de la mesa, esperando el momento justo para apagar nuestra luz porque simplemente se ha aburrido de vernos brillar.

El viaje de José María terminó en cenizas bajo la tierra húmeda de Galicia, lejos de su mar Mediterráneo. Su nombre se suma a la lista de víctimas que nunca debieron serlo, hombres y mujeres que, buscando vida, encontraron un final irreversible. cerramos este expediente con la amargura de saber que, para algunos, la vida ajena vale menos que un electrodoméstico nuevo.

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