Ciudad Lineal: La Nota en la Mesa y el Silencio de Juana Canal (2003)


La madrugada del 23 de febrero de 2003, en un piso de Ciudad Lineal, Madrid, la casa seguía oliendo a cena tardía y a ropa mojada de calle. Había dos hijos durmiendo en otro mundo y una pareja discutiendo en el suyo. A esa hora, la normalidad no se rompe con un grito: se rompe con un golpe seco que nadie quiere recordar.

Juana Canal vivía allí con sus hijos y con Jesús Pradales, su pareja. Eran de esos hogares donde la convivencia tiene sus códigos: la cocina como centro, la puerta como frontera, los silencios como forma de aguantar. Esa noche, la discusión fue subiendo como sube el humo cuando nadie abre una ventana.

En medio del forcejeo, Juana llegó a llamar a la Policía para decir que estaba siendo agredida. Una patrulla se presentó en el domicilio, habló con ambos y se marchó sin adoptar medidas. En los relatos de muchos barrios, ese es el instante que luego duele más: cuando la ayuda pasa por delante y no se queda.

Cuando la puerta volvió a cerrarse, la casa quedó otra vez a solas con sus propios demonios. Lo que ocurrió después no pudo reconstruirse con una certeza absoluta sobre el método, pero sí con una certeza sobre el resultado: Juana murió allí dentro, en esa misma madrugada, y no fue un accidente fácil de aceptar.

El detalle ancla de esta historia no es una foto ni una llamada, sino una nota. Al día siguiente, uno de los hijos regresó al piso y encontró un papel escrito por Pradales: decía que habían discutido, que Juana había tomado pastillas y había salido corriendo, y que él no conseguía encontrarla. Una explicación preparada para sonar a desaparición.

En la calle, una ausencia puede parecer un enfado. En una familia, una ausencia se convierte en un agujero que no admite teorías bonitas. Juana dejó atrás ropa, rutinas y un hogar que siguió funcionando con miedo, esperando un timbre que no llegaba.

Lo que no se vio entonces fue el trabajo oscuro que vino después: un cuerpo convertido en fragmentos, un traslado nocturno, un viaje largo con la mente a toda velocidad. Pradales, los hechos acreditados, descuartizó el cadáver y lo llevó hasta una finca familiar en Ávila, en Navarredondilla, para enterrarlo lejos del barrio.


Durante años, el caso quedó atrapado en la peor niebla: sin cuerpo, con dudas, con la posibilidad de que todo fuese una huida. Pero el tiempo, a veces, devuelve lo que la mentira intenta esconder. En abril de 2019, unos restos aparecieron de forma casual en una finca de Ávila y empezaron a hablar sin voz.

Primero hubo que ponerle nombre a esos huesos. Después, mirarlo todo otra vez: los días de 2003, las frases, los movimientos, la lógica de quien intenta borrar una escena. Con la identidad confirmada, el foco regresó a lo más incómodo: el entorno, la casa, la pareja.

En 2022, la investigación se reactivó con fuerza. Las inspecciones posteriores permitieron hallar más fragmentos y, poco después, Pradales fue detenido. Cuando ya no quedaba margen para la casualidad, él acabó admitiendo que había descuartizado el cuerpo y lo había ocultado, aunque sostuvo que la muerte no fue intencionada.

La versión de ‘accidente’ chocó con lo que vino después del golpe: el descuartizamiento, el entierro y la nota que intentaba dibujar a Juana como una mujer que se marchó por voluntad propia. A veces, no es la causa exacta de la muerte lo que delata el crimen, sino la conducta posterior, ese esfuerzo por fabricar un relato.

El caso llegó a juicio con jurado popular y una palabra que lo cambia todo: parentesco. La justicia fue encajando piezas en una sentencia que terminó en el Supremo, que confirmó una condena de 14 años de prisión por homicidio con esa agravante. La ley puso cifras y artículos; el barrio, una herida.

Para la familia, no hubo ‘final feliz’ que celebrar. La aparición de los restos no devolvió a Juana, pero le devolvió un lugar en la verdad: ya no era una desaparecida, era una mujer asesinada. Y eso, por duro que sea, es lo mínimo que merece una historia que se quiso borrar.


Ciudad Lineal siguió con su ritmo de portales y autobuses, como si la vida no tuviera memoria. Pero en algunas casas el tiempo se parte en dos: antes y después de una nota en la mesa. Y cuando cae la noche, queda la pregunta que siempre persigue a estos casos: cuántas puertas se cierran a tiempo, y cuántas se cierran demasiado tarde.

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