En Don Benito, en la zona del Parque de las Albercas, la tarde del lunes 24 de febrero de 2026 avanzaba con esa normalidad que parece blindada. Hasta que un olor, denso y persistente, empezó a colarse por el edificio como una alarma sin sirena.
La llamada que puso todo en marcha no hablaba de gritos ni de golpes. Hablaba de un inmueble en la calle José Alguacil‑Carrasco Martín y de un aire imposible de ignorar, un rastro que llevaba horas —o quizá días— imponiéndose a cualquier explicación tranquila.
El detalle ancla fue ese: el olor que salía de una planta baja. En barrios donde se conoce el ritmo de las ventanas y las idas y venidas, lo que no encaja se nota rápido, y lo que insiste se vuelve urgente.
La Policía Local llegó en torno a las cinco de la tarde. La calle, que otras veces es solo paso y rutina, se convirtió en un punto fijo: una puerta, un rellano, miradas contenidas y la sensación de que algo ya había ocurrido antes de que nadie pudiera verlo.
Cuando los agentes accedieron al interior, confirmaron el hallazgo: el cuerpo sin vida de un hombre de 42 años estaba en la vivienda. A esa edad, la muerte no suele presentarse con permiso; deja detrás preguntas que tardan en ordenarse.
No había, a simple vista, señales claras de violencia. Ese dato, lejos de aliviar, abre un tipo distinto de inquietud: la de lo silencioso, la de lo que sucede sin testigos y se queda encerrado entre paredes.
Los vecinos hablaron de semanas sin noticias. En un edificio, la ausencia se vuelve visible de formas pequeñas: buzones que se llenan, persianas que no cambian, el sonido de una puerta que no vuelve a escucharse.
Con el hallazgo confirmado, se activó el protocolo. La escena cambió de ritmo: entradas y salidas, cintas que delimitan, pasos medidos para no borrar lo que el tiempo ya estaba borrando por su cuenta.
Hasta la vivienda se desplazaron también efectivos de la Policía Nacional de la comisaría Don Benito‑Villanueva. En un caso así, la presencia no es solo formal: es la necesidad de fijar una cronología cuando la casa ya huele a final.
La Policía Científica realizó la inspección técnica ocular. Son minutos de luz fría y fotografías, de detalles mínimos —un objeto fuera de sitio, una marca, una ventana— que intentan convertir el silencio en una secuencia.
La médico forense acudió para el levantamiento del cadáver. Ese momento, aunque sea breve, pesa: es el instante en que una vida deja de ser un rumor y pasa a ser un cuerpo con un nombre, una edad y un expediente.
Después, el traslado al Instituto de Medicina Legal de Badajoz marcó la siguiente estación del caso: la autopsia. Allí, la historia se escribe con precisión, buscando la causa en aquello que no se ve desde la puerta.
La primera hipótesis apuntaba a una muerte natural, pero la certeza no se improvisa. Por eso la investigación queda abierta hasta que los resultados forenses encajen con lo que se encontró en la vivienda.
Cuando la muerte llega sin estruendo, el entorno intenta rellenar los huecos: ¿qué ocurrió en esos días? ¿Hubo una caída, una enfermedad súbita, un minuto de desorientación que se volvió definitivo? En la soledad, cualquier giro puede ser irreversible.
Para los vecinos, el golpe es doble: el descubrimiento y la culpa tardía, esa pregunta que se instala después —si alguien habría podido notar antes la ausencia, si el silencio se pudo haber roto a tiempo.
En Don Benito, la calle José Alguacil‑Carrasco Martín volvió a su tránsito habitual al caer la noche, pero no con la misma ligereza. Queda una idea amarga: a veces la señal no es un grito, sino un olor, y llega cuando el tiempo ya ganó.
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