El Asesinato en Alcoi: 18 Cuchilladas, Una Ventana y una Condena de 22 Años


En Alcoi (Alicante), la noche del 23 de octubre de 2022 terminó con una llamada que nadie quiere hacer y un piso convertido en escena del horror. Años después, la Audiencia Provincial de Alicante dictó una condena de más de 22 años de prisión por el asesinato de una joven a manos de su novio, un fallo que vuelve a poner el foco en la violencia dentro de la pareja.

Ellos habían empezado a salir a comienzos de 2022. No era una historia larga ni una vida ya construida, pero sí lo bastante intensa como para que hubiera convivencia ocasional en la vivienda de ella. En ese contexto de noviazgo reciente, el control y los celos aparecen, en el relato judicial, como telón de fondo de una relación que se fue volviendo asfixiante.

Según la sentencia, hubo una ruptura durante el verano de 2022 y una posterior reconciliación. Esa ida y vuelta, tan común en relaciones tensas, suele dejar una sensación engañosa de “esto puede arreglarse”. En el papel, sin embargo, quedan señales que con el tiempo suenan a aviso: discusiones, hostigamiento y una dinámica que empezaba a tener dueño.

El 15 de octubre, apenas una semana antes del crimen, una discusión por la pérdida de un teléfono móvil en la acera frente a una discoteca de la Playa de San Juan, en Alicante, escaló hasta el acoso. El episodio necesitó la intervención de un vigilante de seguridad que auxilió a la joven y se ofreció a llevarla en coche al domicilio que ella indicó.

Ese detalle, aparentemente pequeño —un traslado nocturno para evitar que la situación empeore—, es el tipo de escena que queda en la memoria de quienes ayudan. La joven terminó en el domicilio que señaló, y la noche continuó. Nadie podía saber que, en el calendario, quedaban solo días para que la violencia dejara de ser amenaza y se convirtiera en ataque.



La madrugada del 23 de octubre, sobre las dos, en la vivienda de ella en Alcoi, el agresor tomó un cuchillo de cocina con una hoja de 14 centímetros. La sentencia sostiene que el ataque fue repentino y dirigido a asegurar que la víctima no pudiera defenderse. No fue una pelea: fue una emboscada en un lugar donde debería existir intimidad y seguridad.

Las cuchilladas fueron reiteradas y en zonas vitales: clavícula, cara, cuello. Una herida perforó un pulmón y acabó provocando la muerte. En el relato judicial se describe una secuencia rápida y brutal, como si el tiempo se hubiese comprimido en un minuto. La violencia, cuando se desata así, no concede margen para comprender lo que está ocurriendo.

El jurado popular consideró probado que hubo alevosía y ensañamiento. La sentencia habla de dieciocho cuchilladas seguidas en un lapso aproximado de un minuto y de nuevas puñaladas cuando ella ya estaba en fase de agonía. No es solo la cantidad: es la insistencia, la voluntad de prolongar el daño, lo que convierte el final en una tortura.

La joven, según el fallo, agonizó alrededor de tres minutos. Se desangró sola en el baño, un escenario que condensa la peor de las soledades: la de quien sabe que está muriendo y no puede pedir ayuda. A veces, las frases jurídicas intentan ser frías; en casos así, la frialdad solo subraya lo inconcebible.

Después, el agresor arrojó el cuerpo al vacío por la ventana de la cocina y este impactó contra una uralita. Ese gesto, además de estremecedor, fue interpretado como parte de una secuencia de extrema violencia: no bastó con matar. El cuerpo, ya sin defensa posible, volvió a ser tratado como objeto, como si la dignidad de la víctima pudiera seguir siendo borrada.

El juicio se celebró entre el 12 y el 20 de enero de 2026, y el veredicto del jurado sirvió de base para la sentencia posterior. El tribunal absolvió al acusado de amenazas de muerte y maltrato habitual, pero lo condenó por asesinato con alevosía y ensañamiento. También aplicó agravantes de parentesco y discriminación por razón de género.

La condena impuesta fue de 22 años, seis meses y un día de prisión, además de una medida de libertad vigilada durante diez años cuando termine la pena. En paralelo, la sentencia fija indemnizaciones para los familiares de la víctima por un total de 255.437 euros. Ninguna cifra devuelve una vida, pero sí deja constancia oficial de que el daño existe.



En los hechos probados se describe que el agresor aprovechó que la joven estaba sola, desarmada y en su domicilio para asegurar la eficacia del ataque. Son palabras que explican la lógica de la alevosía: actuar cuando la otra persona no puede prever ni defenderse. No hay duelo, no hay igualdad, no hay posibilidad de escapar del golpe.

El fallo también alude a celos y a un carácter posesivo, y recoge la idea de “superioridad” ejercida por el hecho de ser mujer. En el contexto de la violencia de género, ese componente importa porque muestra que el crimen no nace de una chispa aislada, sino de una relación de poder que se normaliza hasta que se vuelve mortal.

Para la familia, la sentencia llega tarde, como llegan tarde casi todas las resoluciones: cuando ya no queda nada que proteger. Les queda el expediente, las fechas, la reconstrucción y la certeza amarga de que el último lugar que ella eligió para vivir fue también el lugar donde la mataron. Es una verdad que pesa incluso cuando el tribunal habla.

Alcoi sigue siendo una ciudad con calles, rutina y vidas que continúan, pero en un punto del mapa queda esa vivienda marcada por lo irreparable. La justicia nombra el delito y lo castiga, pero la herida social permanece: ¿cuántas señales se vuelven “normales” antes de que ya sea demasiado tarde para quien las sufre en silencio?

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