En San Martín de Valdeiglesias, la vida de Don Manuel se había vuelto pequeña: pastillas, citas médicas, descanso a ratos. A su alrededor, una familia que lo cuidaba desde hacía años se convirtió en su refugio cotidiano. No era solo asistencia; era convivencia, comidas compartidas y una confianza que se fue cerrando como una puerta con llave.
Quien más cerca estaba de él era su cuidador, Jaime E. M. R., un hombre al que la acusación sitúa como pieza central de una relación desigual: uno vulnerable por edad y salud, el otro con el control de los trayectos, las decisiones y la casa. Ese vínculo, que parecía de ayuda, también abría un pasillo oscuro hacia la dependencia absoluta.
Según lo expuesto en el juicio, el 12 de julio de 2023 Don Manuel salió del Hospital Moncloa. La versión acusatoria sostiene que, en el regreso en coche, hubo una discusión y el cuidador lo asfixió, usando el cinturón de seguridad. Un gesto rápido, dentro de un vehículo, en un tramo de carretera donde nadie escucha lo que ocurre a puertas cerradas.
Desde ese momento, Don Manuel dejó de estar. No hubo despedida, ni una llamada para decir “estoy bien”. La desaparición se convirtió en una ausencia administrada: explicaciones vagas, frases que cortaban la conversación y una idea repetida —que estaba en una residencia— como si bastara con pronunciarla para volverla verdad.
La familia que lo rodeaba siguió con su vida y con sus rutinas. Pero, siempre según los relatos incorporados a la causa, en ese mismo edificio había un punto que empezó a llamar la atención: el trastero. Mucho tiempo abajo, la puerta siempre cerrada, y la llave como un límite físico que separaba lo cotidiano de lo inconfesable.
En septiembre de 2023, la sospecha terminó de cuajar. La esposa del acusado —según la crónica del proceso— confrontó a su marido ante la inquietud creciente. Primero llegaron evasivas, luego frases quebradas, y finalmente la confesión: Don Manuel estaba muerto. El lugar donde decía guardarlo no era un campo ni un río, sino un espacio doméstico, cercano, casi banal.
La acusación describe un método que hiela: el cuerpo habría sido introducido en un bidón de plástico y cubierto con cal. No para borrar el rastro de inmediato, sino para sostener el secreto, para ganar tiempo. En esa imagen —un bidón oculto— el crimen deja de ser un instante y pasa a ser una decisión que se repite cada día.
Cuando la Guardia Civil intervino, la historia se desplazó de Madrid a Ávila. En una finca de Sotillo de la Adrada, los agentes localizaron un coche con una caja de madera atornillada a medida. Dentro, el bidón azul. Según declararon, el acusado estaba alterado, lloraba, y hablaba de “cosas muy malas” mientras el secreto ya pesaba como metal
El detalle que quedó grabado en la sala —según los testimonios— fue cruel por su normalidad: Don Manuel aún llevaba una pulsera hospitalaria. También se describió el cuerpo cubierto por cal, con señales de haber quedado “momificado” o disecado. La cal no borró la muerte; la conservó, como si el tiempo se hubiera quedado atrapado dentro.
Pero el caso no se quedó en el hallazgo del cadáver. La investigación incorporó una segunda línea: el dinero. En los registros se habló de tarjetas bancarias a nombre de la víctima y de retiradas constantes de efectivo. La Fiscalía sostiene que hubo apropiación indebida, un goteo que continuó mientras Don Manuel ya no podía decir “no”, ni siquiera respirar.
En el juicio, la versión del acusado se apoya en un relato de agotamiento. Dijo que no podía más, que las noches eran interminables, que la dependencia lo consumía. La defensa menciona el “síndrome del cuidador quemado” como explicación. Pero incluso esa palabra —agotamiento— no alcanza a explicar el paso siguiente: ocultar, trasladar, sostener la mentira.
El vínculo entre víctima y acusado, en este caso, fue la llave: una relación laboral que se volvió convivencia, y una convivencia que derivó en control. Don Manuel, según distintas informaciones, ayudó económicamente a esa familia y terminó aún más integrado. En el papel, el cuidador era ayuda. En la práctica, era quien marcaba el ritmo de su mundo.
También aparece el peso de la soledad: un anciano sin red familiar cercana es más fácil de aislar. La acusación destaca que nadie denunció de inmediato su desaparición. A veces el crimen empieza mucho antes del golpe final, cuando la vida de alguien se reduce a pocas llamadas, pocas visitas, pocas personas que puedan notar que algo no encaja.
La Fiscalía solicita la prisión permanente revisable por tratarse de una víctima especialmente vulnerable, además de una pena por apropiación indebida. En la sala, los detalles técnicos —carreteras, registros, transferencias— intentan ordenar lo que, en esencia, fue una traición doméstica: matar a quien dependía de ti y convertir su cuerpo en un objeto escondido.
San Martín de Valdeiglesias no es solo un escenario: es el lugar donde la confianza se construye a fuego lento, con años de convivencia. Por eso el caso sacude. Porque no habla de un desconocido en la noche, sino de una mesa compartida, de una casa conocida, de un trastero que cualquiera ha usado para guardar recuerdos.
Cuando el jurado delibere, quedará una pregunta que no se cierra con una sentencia: ¿cuántas señales se vuelven “normales” antes de que el miedo encuentre palabras? La pulsera hospitalaria, el trastero, el bidón con cal… son detalles ancla de una historia donde el cuidado se deformó hasta volverse violencia, y la ausencia se administró como rutina.
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