El Crimen De Alcàsser: Las Tres Chicas Que Nunca Llegaron A Coolor


El viernes 13 de noviembre de 1992, en Alcàsser, la tarde caía como cualquier otra. Míriam, Toñi y Desirée hablaban de una fiesta en la discoteca Coolor, en Picassent, y de llegar antes de que terminara. Eran tres amigas de 14 y 15 años, con la prisa ingenua de quien cree que el mundo aún es seguro a dos kilómetros de casa.

El vínculo entre ellas era simple y fuerte: amigas del mismo pueblo, de rutinas parecidas, de familias que conocían el camino de memoria. Míriam incluso llamó para que su padre las llevara, como solía hacer, pero estaba enfermo. Aquel “hoy no puedo” las empujó a la decisión más pequeña y fatal: hacer autoestop.

Desde la salida de Alcàsser tomaron la carretera hacia Picassent. El tramo era corto, pero de noche se volvía oscuro, sin viviendas pegadas al asfalto. Se las vio cerca de una gasolinera y luego bajo un balcón, levantando la mano a los coches. Un vehículo blanco paró. Tres puertas se abrieron. Tres chicas subieron. Y el aire cambió.

Esa noche, las casas empezaron a llenarse de llamadas, de pasos nerviosos, de miradas al reloj. No se habían llevado dinero ni ropa de más, solo lo puesto. No era una huida; era una ausencia que dolía de inmediato. La palabra “rapto” se coló en voz baja, como si nombrarla fuera atraerla.

La búsqueda se desbordó: carteles, teléfonos, pistas que llegaban desde lejos, supuestos avistamientos. Alcàsser dejó de ser un punto en el mapa y se convirtió en una herida pública. Los informativos repetían sus caras hasta que parecían pertenecer a todas las familias. Y, mientras tanto, las horas seguían pasando sin una sola certeza.



Setenta y cinco días después, el 27 de enero de 1993, dos apicultores subieron a revisar colmenas en el barranco de la Romana, cerca del pantano de Tous. Allí, semienterrado, apareció un brazo. Un reloj grande en la muñeca fue el detalle ancla que congeló la escena, como si el tiempo hubiera decidido dejar una prueba visible para quien se atreviera a mirar.

El hallazgo abrió la puerta a lo peor: la confirmación de que no habría regreso. Las tres chicas estaban en una fosa, en un lugar de difícil acceso, lejos del ruido que las había buscado. La sociedad descubrió, golpe a golpe, que la violencia no solo mata: también arrasa la confianza de un país entero en su propia normalidad.

La investigación se centró en un rastro inesperado: fragmentos de un volante de la Seguridad Social que, según se contó después, ayudaron a conducir a un apellido. Ese papel roto, en un caso lleno de sombras, se convirtió en una llave. Y con la llave llegaron dos nombres: Antonio Anglés y Miguel Ricart, delincuentes conocidos por su entorno y por la policía.

Ricart fue detenido y terminó juzgado. En el relato judicial quedó como partícipe del rapto y de los asesinatos, y fue condenado a una larga pena. Anglés, señalado como autor material, desapareció antes de que pudieran echarle el guante. La fuga se volvió parte del caso: no solo era un crimen, era también la historia de un hombre que no aparecía.

Con el paso de los años, la huida de Anglés alimentó versiones, rumores y teorías que confundían más de lo que aclaraban. Hubo testimonios que lo situaban fuera de España, historias de barcos y polizones, y la posibilidad de que hubiera cruzado océanos. Cada pista era una promesa que se deshacía en el siguiente titular.



Mientras se buscaba a uno, el otro se convirtió en el único condenado. Ricart cumplió años de prisión y salió en libertad tras varias reformas y cómputos legales. Para muchas personas, ese hecho no fue un punto final sino otra grieta: ¿cómo se cierra una tragedia cuando el peso parece repartirse de forma incompleta y la sensación de verdad queda a medias?

El caso también dejó preguntas incómodas sobre lo que se vio y lo que no se vio. En algunos reportajes se habló de pruebas forenses que apuntaban a más de dos personas. La falta de rastros concluyentes en ciertos lugares y el modo en que algunas evidencias aparecían o desaparecían en el relato público alimentaron una idea persistente: que Alcàsser nunca se explicó del todo.

Pero, más allá de la investigación, hubo otra escena que se repitió durante meses: la televisión, los platós, el dolor convertido en contenido. Se dijo que el tratamiento mediático cruzó límites y marcó un antes y un después. Las familias, destrozadas, tuvieron que aprender a sobrevivir con cámaras delante, como si el duelo fuera una entrevista más.

En las calles, el impacto fue inmediato. Muchas chicas dejaron de hacer autoestop; muchas madres empezaron a mirar la distancia de otra manera. El miedo se instaló como una educación paralela: “no confíes”, “no vuelvas sola”, “no subas”. Tres adolescentes de un pueblo valenciano terminaron moldeando la infancia y la adolescencia de toda una generación.

Hoy, décadas después, el crimen de Alcàsser sigue nombrándose como un caso abierto en lo emocional y, para algunos, también en lo factual. La ausencia de Anglés mantiene una puerta entreabierta: la del culpable que nunca se sienta ante un tribunal. Y la memoria de Míriam, Toñi y Desirée permanece, incómoda y necesaria, para recordar lo frágil que puede ser un trayecto de dos kilómetros.

Si algo dejó Alcàsser fue una advertencia amarga: la violencia puede colarse en una decisión cotidiana y convertirla en destino. También dejó una obligación colectiva: hablar sin convertir el dolor en espectáculo, exigir respuestas sin inventarlas, y sostener el nombre de las víctimas por encima de cualquier mito. Porque, cuando se apaga el ruido, lo que queda es una pregunta simple: ¿en qué momento se rompió todo?

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