El Crimen de Nagore Laffage en San Fermín: La Noche que Acabó en Homicidio


El crimen de Nagore Laffage sacudió Pamplona en pleno San Fermín de 2008. Tenía 20 años y había salido a vivir una noche de fiesta como tantas otras en la ciudad. Lo que empezó como un encuentro casual terminó en una escena íntima convertida en violencia. Y, detrás, un nombre que quedaría ligado para siempre a aquella madrugada: José Diego Yllanes.

Nagore y José Diego se conocieron esa noche. Él era un médico residente; ella, una joven de Irún que disfrutaba de los Sanfermines con su entorno. El vínculo entre ambos fue breve y circunstancial, pero suficiente para que quedaran a solas. En el relato judicial, el punto de quiebre llegó cuando Nagore rechazó mantener relaciones sexuales. Ese ‘no’ cambió todo.

La fiesta seguía en la calle, pero puertas adentro el aire se volvió pesado. No hubo un ataque repentino de película; hubo una escalada real, sucia, humana: insistencia, tensión, fuerza. El cuerpo de Nagore terminó siendo el mapa de esa desigualdad. En los hechos acreditados, el homicidio se consumó tras una agresión que la dejó sin capacidad de defenderse.

Después, el tiempo se partió en dos: el instante en que ella desaparece de la noche y las horas en que otros empiezan a preguntar. En San Fermín, perderse puede ser normal… hasta que no lo es. La preocupación creció porque Nagore no volvió, no respondió, no apareció. Y mientras la ciudad celebraba, alguien intentaba ordenar una escena imposible de ordenar: lo que había hecho.

El intento de borrar rastros no borró la realidad. Hubo movimientos, decisiones y silencios que, con el paso de la investigación, se leyeron como maniobras para alejar el foco. En casos así, el detalle ancla no siempre es un objeto: a veces es una ausencia. La de Nagore, que se hizo enorme. Y la de un relato claro, que tardó en encajar.

Las primeras diligencias se centraron en reconstruir sus últimas horas: con quién estuvo, a qué hora la vieron por última vez, qué camino siguió. La presión social no tardó en crecer, porque el contexto era especialmente simbólico: San Fermín es multitud, ruido, tradición, y también vulnerabilidad. En medio del caos, encontrar la verdad exige precisión. Y paciencia.

La investigación fue cerrando posibilidades hasta señalar a José Diego Yllanes. Su relación con Nagore era la de un encuentro de fiesta, nada más, pero eso no disminuía la gravedad: precisamente subrayaba la arbitrariedad. Para la familia, el impacto fue inmediato y brutal: una llamada que no llega, una búsqueda que se alarga, un desenlace que nadie debería recibir. El duelo empezó sin despedida.

En los tribunales se discutieron elementos que suelen convertir el dolor en cifras: tipo penal, agravantes, atenuantes. En el caso de Nagore se reconoció el homicidio con agravante de abuso de superioridad, y se valoraron atenuantes que también generaron debate. La justicia, cuando se traduce a años, rara vez suena a reparación. Suena a cálculo. A algo que no alcanza.



La sentencia y su confirmación posterior fijaron una pena de 12 años y 6 meses de prisión. Esa cifra se quedó pegada al caso como una astilla: para algunos, insuficiente; para otros, el resultado de cómo está escrito el Código Penal. Pero para la gente que quiso a Nagore, el número no explicaba la pérdida. Solo marcaba un calendario. Y ninguna fecha devuelve lo que se llevó aquella madrugada.

Con el tiempo, el crimen de Nagore Laffage trascendió el expediente. Se convirtió en símbolo de una conversación más amplia sobre violencia contra las mujeres, consentimiento y cultura de la impunidad. Porque lo que ocurrió no fue un ‘malentendido’. Fue la negación de una decisión. La idea de que un ‘no’ puede castigarse. Y eso, socialmente, es un mensaje que infecta.

Las calles de Pamplona siguieron llenándose cada julio, pero el caso dejó una sombra permanente. Las manifestaciones, los actos de memoria y los debates públicos recordaron que una fiesta no debería ser un campo de riesgo. La ciudad aprendió a nombrar lo que antes se callaba, y a mirar de frente lo que incomoda. En ocasiones, la memoria es la única forma de justicia que no prescribe.

También hubo discusiones sobre beneficios penitenciarios y regímenes de semilibertad, temas que suelen reabrir heridas. Para la familia, cada noticia era una repetición del golpe: volver al punto cero, volver a explicar, volver a escuchar el nombre del condenado. Cuando un caso se vuelve mediático, el dolor no se termina con la sentencia. Solo cambia de forma. Y sigue allí.

En el corazón de esta historia hay una imagen sencilla: una joven que salió a celebrar y no volvió. Eso es lo que el morbo intenta deformar, y lo que una crónica responsable debe proteger. Nagore no es un titular: es una vida completa interrumpida. Sus amistades, sus planes, su familia. Todo lo que no se ve en el documento judicial, pero que pesa más que cualquier folio.

Hay crímenes que se explican con un arma. Este, en cambio, se explica con una idea: la de la posesión, la del derecho a decidir sobre el cuerpo ajeno. La violencia apareció cuando se rompió la fantasía de control. Y esa es la parte que más asusta, porque es cotidiana. Porque no necesita monstruos: necesita un entorno que normalice la presión y minimice el daño.


Años después, el nombre de Nagore Laffage sigue pronunciándose como advertencia y como promesa: que no se olvida. Que el consentimiento no se negocia. Que una fiesta no puede ser excusa. Y que la justicia, aunque llegue, no cierra todas las puertas. Algunas se quedan entreabiertas, como una herida que respira. Recordarla es no dejar que el ruido lo tape todo.

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