El Doble Crimen De Cuenca: Laura Del Hoyo Y La Noche Que No Terminó


En Cuenca, el verano suele oler a piedra caliente y a paseos tardíos. Laura del Hoyo era una de esas presencias jóvenes que llenan de ruido bueno las calles: planes sencillos, amistades cercanas, la idea de que la noche siempre termina con un mensaje de ‘llegué’.

Aquellos días, Laura estaba junto a Maryna Okarynska, su amiga. Dos vidas en el mismo mapa, dos agendas que se cruzan, dos familias que confiaban en lo habitual. Nada parecía anunciar que una decisión mínima —salir, volver, pasar por un lugar— pudiera abrir una puerta irreversible.

La noche en que desaparecieron no tuvo una sirena de inicio. Fue una ausencia que empezó pequeña, casi doméstica: un teléfono que no responde, una hora que se estira, una inquietud que se vuelve certeza. En cuestión de poco tiempo, el silencio dejó de ser normal.

Cuando una persona joven no vuelve, el barrio entero se activa. Se repiten rutas, se preguntan detalles, se reconstruyen pasos. Pero hay un punto en que la búsqueda ya no es esperanza, sino necesidad: encontrar para entender, aunque entender duela.

En este caso, el miedo creció con rapidez porque todo parecía cercano. Las víctimas no eran un nombre abstracto: eran rostros conocidos, historias que podían ser las de cualquiera. Esa cercanía convierte a la ciudad en un espejo incómodo.

La investigación tuvo que ordenar fragmentos: mensajes, horarios, encuentros, distancias. En cada pieza había una pregunta, y en cada pregunta una vida suspendida. Mientras tanto, las familias vivían en una espera que desgasta más que cualquier noticia.

El foco terminó señalando a una persona del círculo íntimo, y ahí la historia se volvió aún más amarga. No hay traición más difícil de asumir que la que nace de lo cercano, cuando el peligro no viene de una esquina oscura, sino de una confianza mal colocada.

Laura y Maryna dejaron de ser solo ‘desaparecidas’. El caso se transformó en una carrera contra el tiempo, contra el terreno, contra la posibilidad de llegar tarde. Cada hora sin respuesta era un golpe nuevo, y cada rumor añadía ruido a la angustia.

Los hallazgos confirmaron lo que nadie quería nombrar. En ese momento, el dolor cambia de forma: ya no se trata de esperar, sino de sostenerse. Las familias pasan del ‘¿dónde están?’ al ‘¿por qué?’ y ninguna de las dos preguntas tiene alivio.


La ciudad quedó marcada por esa certeza brutal: la normalidad puede romperse sin aviso. Las calles siguen allí, los bares siguen abriendo, pero algo se altera por dentro. La gente aprende a mirar de otra manera, como si el verano hubiera perdido una parte de su luz.

El camino hacia el juicio fue otra etapa de desgaste. No es solo un trámite: es revivir, escuchar, ordenar en voz alta aquello que el corazón querría borrar. Para quienes amaron a Laura y a Maryna, cada detalle era una piedra más en el pecho.

En sala, la historia adquirió estructura: responsabilidades, hechos, consecuencias. La justicia intenta poner límites donde antes hubo caos, pero jamás puede devolver lo que se llevó. Lo único posible es fijar un punto final legal para que el relato no quede a merced del morbo.

La condena fue dura, como suele serlo cuando la violencia es doble y cercana. Aun así, el número de años no mide lo que se perdió: mide, a lo sumo, el reconocimiento de que aquello fue real y que tuvo un autor.

Laura del Hoyo era más que una fotografía. Era una vida en construcción, una persona con hábitos, con gente que la esperaba, con un futuro que parecía estar ahí, al alcance. Esa es la tragedia: que lo cotidiano sea lo último que se recuerda con claridad.

Maryna, también joven, cargó con el mismo destino. Dos familias atravesadas por el mismo corte, dos duelos que se acompañan sin elegirse. En estos casos, el dolor se multiplica porque cada recuerdo tiene un eco en otro hogar.


El doble crimen de Cuenca deja una pregunta que no se cierra con una sentencia: cómo se llega a cruzar una línea así. Y recuerda algo que nadie quiere admitir: a veces el peligro no grita; a veces se sienta cerca, escucha, y espera el momento exacto para convertir la confianza en una trampa.

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