El Puñetazo de 'Pucela': La Muerte de Sergio Delgado en Burgos


La noche parecía escrita para lo simple: calles con bares abiertos, bromas de despedida de soltero y ese cansancio feliz de quien solo quiere volver al hotel sin sobresaltos. Sergio Delgado estaba en Burgos con amigos, lejos de su rutina, y nada en su ropa o en su gesto anunciaba que la ciudad le iba a cobrar una factura absurda.

Sergio tenía 32 años. Había viajado desde Madrid —donde vivía— para acompañar a un amigo en la celebración. En la zona de copas conocida como Las Llanas, entre música y puertas que se cierran de madrugada, el grupo se fue dispersando. La noche avanzó como avanzan tantas: sin épica, sin enemigos visibles.

Cuando un local bajó la persiana alrededor de las 4:30, tres de los amigos se marcharon. Sergio se quedó en la calle con otro compañero. Fue entonces cuando apareció un desconocido, José Luis N., joven, de paso breve por la escena. No era alguien del círculo de Sergio, no había una historia previa entre ambos: solo un cruce en la acera.

La conversación, según se ha contado en el juicio, fue mínima. Una frase hizo de llave: ‘¿Eres de Pucela?’. Sergio respondió que sí, que era de Valladolid. No hubo provocación, ni discusión larga, ni un forcejeo que anunciara una pelea. Esa respuesta, tan normal, quedó como un detalle ancla: una palabra que esa noche pesó más que cualquier razón.

Un solo golpe. Un puñetazo en la cara. El cuerpo de Sergio perdió el equilibrio y cayó; el impacto contra el suelo completó la tragedia. En la reconstrucción de los hechos, lo insoportable es lo rápido: la vida se apaga en segundos y todo lo demás —sirenas, llamadas, explicaciones— llega tarde, cuando ya no hay nada que devolver.

La causa de la muerte se ha descrito como un traumatismo facial y craneoencefálico tras la caída, con parada cardiorrespiratoria inmediata. No fue una ‘pelea’ de dos, sino la violencia de uno sobre otro en un instante. Para la familia, esa diferencia lo cambia todo: Sergio no fue a buscar peligro; el peligro lo encontró a él, como un acto gratuito.



A la mañana siguiente, el acusado supo por redes y prensa que el hombre al que había golpeado había muerto. Según su declaración en medios locales, habló de miedo, de confusión y de una vida que ya no podía desandar. Dijo que se acercó a Sergio tras la caída, que intentó ‘despertarlo’, y que se fue asustado. Son frases que, aun siendo ciertas, no reescriben el resultado.

La investigación vinculó desde el principio el móvil a una rivalidad entre provincias, envuelta en un ambiente de fútbol y ultras. En registros se habló de pegatinas y de pertenencias que apuntaban a ese mundo. Sergio, en cambio, no era un símbolo: era un diseñador gráfico en una despedida, un tipo que estaba contento con sus amigos, sin ninguna ‘bandera’ que justificar.

También se mencionó la experiencia del acusado en artes marciales, un detalle que en el juicio se usa para medir intención y conciencia del daño. Ahí aparece el debate jurídico: homicidio o asesinato, dolo o accidente, años de condena y matices que en el papel importan. En la calle, sin embargo, el hecho desnudo sigue igual: un golpe y un hombre en el suelo.

En la Audiencia Provincial de Burgos, con jurado popular, la escena se desplaza del asfalto a los bancos de madera. Testigos, policías, peritos, vídeos de cámaras cercanas. En una sala cerrada se intenta ordenar una madrugada desordenada. La justicia busca cronología; la familia busca sentido, aunque sepa que el sentido no existe.

El acusado reconoció el puñetazo y pidió perdón. ‘No quería que esto pasara’, dijo entre lágrimas. ‘Yo no soy ningún asesino’, añadió. Son defensas humanas, incluso previsibles, pero chocan con la brutalidad del efecto. En el relato de la víctima, pedir perdón no devuelve una voz a la mesa ni repara una llamada que partió una casa.

La Fiscalía ha sostenido una pena por homicidio agravada por ese conocimiento técnico; la acusación de la familia ha elevado la petición al considerar que hubo alevosía o, al menos, una agresión súbita sin posibilidad de defensa. En el centro de esa discusión está la pregunta que nadie puede contestar: ¿qué se quiso hacer exactamente en esos segundos?



Porque lo que duele es la falta de motivo real. No es una tragedia nacida de años de maltrato o de una relación tóxica que se va cerrando; aquí no había vínculo. Sergio y su agresor no compartían pasado. El único ‘enganche’ fue una procedencia, una palabra, una etiqueta lanzada como anzuelo en mitad de la noche.

La familia habló de oscuridad, de psicólogos y de una contención diaria que no se ve en titulares. Describieron a Sergio como alguien que no buscaba conflicto, alguien que ‘solo estaba feliz con sus amigos’. Ese contraste —la alegría simple frente al golpe— es lo que convierte el caso en una herida social: cualquiera pudo ser Sergio esa madrugada.

Mientras el jurado escucha, se proyectan imágenes de la agresión. Una hermana sale de la sala al no poder soportarlo. En ese gesto cabe todo: el duelo no es un tema de expediente, es un cuerpo que reacciona. La prueba audiovisual, necesaria para el veredicto, también es una repetición del trauma para quienes lo viven sin filtro.

En Burgos, la noche del ‘Pucela’ ya no es solo una anécdota de rivalidad o de fútbol: es el nombre de una ausencia. Dos años después, el juicio intenta cerrar el círculo con una sentencia. Pero incluso cuando el caso se archive en papeles, quedará la pregunta incómoda: ¿cuántas vidas se rompen por una violencia que se cree pequeña hasta que mata?

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