Els Pallaresos (Tarragona): La Desaparición de Julia Lamas y Maurici Font y la Condena a Ramón Laso



La tarde del 29 de marzo de 2009, Els Pallaresos parecía un pueblo quieto, de persianas medio bajadas y calles cortas. A esa normalidad le bastó una hora concreta —las 15:30— para torcerse: Julia Lamas no volvió a casa y Maurici Font, el hombre que solía ir a buscar a su mujer al hospital, tampoco apareció.

Julia era la esposa de Ramón Laso, un hombre que había rehecho su vida cerca de Tarragona y se movía como quien conoce cada esquina. Maurici era su cuñado: estaba casado con Mercedes, hermana de Julia. En ese triángulo familiar, la palabra “cuñado” dejó de sonar doméstica y empezó a sonar a obstáculo.

Ese día, quien se presentó en el trabajo de Mercedes fue Laso, no Maurici. Entró con una historia preparada y con señales en el cuerpo: sudor, cansancio, un rasguño en el puente de la nariz y la ausencia de unas gafas que más tarde se volverían una pista. Dijo que Maurici y Julia se habían ido juntos, que querían “hacer su vida” y que era mejor no remover nada.

La escena en las casas de los desaparecidos no encajaba con una fuga: el coche de Julia seguía allí y muchas de sus cosas también. No era una maleta cerrada ni un adiós ordenado, era un interior que había quedado a medias, como si el día se hubiera cortado con tijeras. Aun así, Laso insistió en ganar tiempo, minuto a minuto.

Mercedes terminó denunciando la desaparición al día siguiente, y el caso se abrió con una pregunta concreta: ¿cuándo fue la última vez que alguien vio a Julia y a Maurici con vida? La respuesta volvió una y otra vez al mismo nombre, el último que estuvo con ambos, el que hablaba por ellos sin que ellos hablaran.

En las semanas siguientes empezaron a aparecer comunicaciones extrañas, llamadas y recados que pedían que dejaran de buscarles. En una de esas maniobras alguien se hizo pasar por Maurici y repitió un mensaje tranquilizador, como si la tranquilidad pudiera fabricarse por teléfono. La clave no estaba en el tono, sino en el rastro.

Los investigadores siguieron trayectos y posiciones: el movimiento de un coche, la triangulación de un móvil, la coherencia imposible de una voz que decía estar en un sitio mientras el aparato estaba en otro. Cuando esas piezas coincidieron, la desaparición dejó de tratarse como una ausencia voluntaria y empezó a oler a homicidio sin escena visible.

La detención llegó en marzo de 2011, casi dos años después, cuando la sospecha ya había dejado de ser intuición. En registros y búsquedas se rastreó un huerto, se removió tierra, se miraron sótanos y herramientas. Lo que faltaba seguía siendo lo más pesado: no había cuerpos.

Aun así, algunos objetos insistían en quedarse: unas gafas de Julia halladas donde no debían, una copia de un documento de identidad, un móvil de prepago que había servido para fabricar mensajes. En un caso sin sangre a la vista, lo pequeño adquirió un brillo cruel: la prueba era una suma de detalles, no una fotografía.

El pasado de Laso también pesaba como un antecedente frío. Había sido condenado años antes por la muerte de su primera esposa y de su hijo de seis años, en una historia que empezó como “accidente” y terminó como sentencia. En Els Pallaresos, ese historial no bastaba para condenar, pero sí para iluminar un patrón.

El juicio se celebró en octubre de 2014 y la sala tuvo que escuchar un relato construido con indicios: posiciones, tiempos, llamadas simuladas, contradicciones. El jurado popular valoró la lógica del conjunto, esa forma de prueba que no golpea de una vez, sino que aprieta por los bordes hasta dejar sin aire a la coartada.

La condena fue de 30 años de prisión: quince por cada homicidio, con agravantes y medidas de alejamiento respecto a la familia de las víctimas. Fue una decisión incómoda para quien aún cree que sin cadáver no hay delito. En Cataluña, ese viejo dicho se rompió con una sentencia escrita en papel y ausencia.



En 2016, el Tribunal Supremo confirmó el fallo y cerró la puerta a los últimos recursos. En su resolución habló de pruebas “sólidas” y de coherencia entre hechos, y subrayó un detalle humano: el acusado aparecía como quien hubiera hecho algo “estresante y pesado”. No era poesía; era una observación con fecha.

Mientras los tribunales daban por probado el doble homicidio, el pueblo seguía viviendo sobre un hueco. Se buscó en terrenos y se rastrearon lugares que él conocía bien, y con el tiempo incluso se construyó sobre parte de lo que había sido zona de búsqueda. La tierra, una vez cubierta, se vuelve una forma de silencio.

Julia y Maurici quedaron convertidos en nombres sin tumba y en rutinas interrumpidas: un turno de trabajo, una recogida habitual a la salida de un hospital, una llamada que no llega. En estos casos, la familia aprende a contar el tiempo en dos calendarios: el del día real y el del día que faltó.



En Els Pallaresos, la historia terminó con una condena, pero no con un final. Si la justicia pudo escribir un veredicto sin cuerpos, ¿qué queda cuando el pueblo apaga las luces y la pregunta sigue ahí, clavada como una herramienta olvidada: dónde están Julia y Maurici?

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