Hinojal tiene calles cortas y un silencio que se reconoce en cuanto cae la tarde, pero a finales de enero de 2024 ese silencio empezó a hacer daño. Vicente Sánchez Rivero, 79 años, salió de su rutina con un billete de autobús en el bolsillo y no volvió a cruzar la puerta de su casa como siempre.
No era un desconocido quien se le acercaba: era un hombre del propio ayuntamiento, José María Lindo Magdaleno, el alguacil del pueblo. La relación era de confianza cotidiana, de verse en la plaza, de saludarse sin ceremonia, de creer que en un municipio de cuatrocientas personas nadie necesita esconderse.
El detalle ancla de ese día fue el viaje a Cáceres, a unos 25 kilómetros, para sacar dinero del banco. La cifra que quedó flotando después fue concreta y brutal: 2.000 euros, una cantidad suficiente para tentar a alguien y demasiado pequeña para justificar una muerte.
La jornada tuvo un momento de apariencia normal: una parada, una cafetería, dos hombres sentados frente a una mesa. En esos lugares, el sonido de la cucharilla contra el vaso suele ser lo único que importa; nadie imagina que una conversación puede estar abriendo una puerta que no se cierra.
Cuando Vicente dejó de aparecer, el pueblo se encendió con linternas y con rumores. Se miraron pozos, charcas y cunetas; se recorrieron caminos de tierra alrededor del casco urbano, como si cada piedra pudiera devolver una pista.
La búsqueda se estiró durante semanas y atrajo cámaras, drones y perros adiestrados. Hinojal, de pronto, no era solo su iglesia y sus portadas viejas: era una fotografía repetida de vecinos esperando en la calle, con la mirada clavada en la carretera.
Mientras tanto, el acusado seguía dentro del paisaje, mezclado con los demás, como si la tragedia no pudiera tener su misma cara. Esa es una de las heridas más difíciles: la sospecha de que el peligro estaba participando en la misma conversación que el resto.
El 8 de marzo de 2024, todo cambió con una confesión. La Guardia Civil llegó al paraje Arroyo del Fresno, en la dehesa boyal del municipio, y allí apareció el cuerpo sin vida, escondido en un lugar que los vecinos conocían por nombre.
La escena no era una esquina del pueblo ni una casa abandonada: era campo abierto, a dos kilómetros del casco urbano. En esa distancia mínima, el crimen encontró su escondite, como si la dehesa se hubiera convertido en una tapa pesada.
La autopsia habló después con la frialdad de una causa: anoxia encefálica compatible con estrangulación. Para el pueblo, la palabra importante no fue técnica; fue la imagen de una cuerda invisible apretando el final de un hombre mayor.
El informe forense no llegó rápido. El cuerpo, encontrado en la dehesa, estaba tan deteriorado que la espera se midió en meses: más de un año hasta tener un papel que pusiera, en tinta y firma, el modo de la muerte.
La confesión también dibujó el resto del camino: el robo de los 2.000 euros, la documentación y las cartillas de ahorro, y las operaciones posteriores con las cuentas. No fue solo matar: fue quedarse con lo que quedaba en los bolsillos y seguir usando su nombre.
El caso golpeó por un detalle que parecía imposible: el acusado llevaba más de tres décadas como alguacil, con llaves y encargos, con bandos y preparativos de fiestas. En Hinojal, esa figura era casi parte del mobiliario, como las farolas de la plaza.
Con el paso de los meses, la espera se trasladó a los juzgados. La instrucción y la prisión provisional mantuvieron al acusado tras barrotes, pero el pueblo siguió viviendo con una pregunta sencilla y cruel: cómo se aprende a desconfiar sin romperse.
En febrero de 2026 llegó la noticia de un cierre por conformidad: 20 años de cárcel, 18 por asesinato con alevosía, uno por hurto y otro por estafa. La fecha marcada para ratificarlo fue el 5 de marzo, en la Audiencia Provincial de Cáceres.
Hay condenas que cierran un expediente y, aun así, dejan el aire igual de pesado. En un pueblo pequeño, el camino hacia el Arroyo del Fresno no vuelve a ser un camino cualquiera: ¿cuántas veces puede un lugar tragarse un secreto antes de que el silencio se vuelva sospecha?
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