L’Hospitalet de Llobregat (Barcelona), madrugada del domingo 22 de febrero de 2026. En un hotel de la Gran Via, la noche todavía era una fiesta: luces, música y gente que se resiste a que el sábado termine.
Era una boda. Un salón lleno, niños corriendo entre adultos, puertas que se abren y se cierran, y ese cansancio alegre que aparece cuando ya es tarde y nadie quiere irse.
En algún punto de esa rutina de celebración, algo se desvió. Un menor se precipitó desde una de las plantas, en una caída que se ha estimado en torno a los quince metros.
El golpe no solo fue contra el suelo: fue contra la idea misma de la noche. Lo que iba a ser recuerdo feliz se convirtió en segundos de pánico.
La primera reacción siempre es la misma: gritos, carreras, alguien llamando a emergencias con la voz rota, y un círculo de gente que no sabe si mirar o apartarse.
El aviso llegó alrededor de las 04:00. A esa hora, las calles están vacías, pero dentro de un hotel todo puede estar lleno de vida… hasta que deja de estarlo.
Los equipos sanitarios atendieron al niño allí mismo. En esas escenas, la urgencia no tiene épica: tiene manos, camilla, pulso y la pregunta muda de si llega.
Después vino el traslado en ambulancia. El trayecto, a esas horas, es rápido; el cuerpo, en cambio, va despacio, peleando por no romperse más.
El menor quedó ingresado en estado grave. Para quienes lo acompañaban, el tiempo se partió en dos: antes y después de esa caída.
Fuera, el edificio seguía pareciendo un hotel de cinco estrellas. Por dentro, era un pasillo lleno de gente en shock, con la música ya apagada.
El lugar está a pocos metros de un hospital. Es una ironía cruel: tan cerca de la ayuda y, aun así, tan lejos de evitar el instante.
Las primeras comprobaciones apuntaron a un accidente. A veces esa palabra no consuela: solo describe que no hay un culpable claro al que mirar.
Cuando ocurre algo así en una celebración, se rompe también la memoria. Nadie recuerda bien la canción que sonaba, ni la hora exacta del brindis; solo recuerda el grito.
En la puerta, los familiares y los invitados se quedaron esperando noticias. En esos minutos, el mundo se reduce a un teléfono y a una camilla que ya no se ve.
La investigación siguió su curso para aclarar cómo ocurrió la caída. Pero para los que estuvieron allí, la explicación nunca alcanza a cubrir lo esencial.
L’Hospitalet, 22/02/2026: una boda, una altura y una caída. Y la pregunta que queda flotando en el aire del hotel: cómo puede cambiarlo todo en un solo paso.
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