El sábado 24 de enero de 2026 amaneció en Sueca con la promesa de un fin de semana tranquilo, de esos que se consumen entre risas adolescentes y partidas de consola. Para Álex, un chico de 13 años que todos describen como un niño bondadoso y alegre, el plan no podía ser más inocente: pasar la tarde en casa de su mejor amigo para jugar a la PlayStation. No había motivos para la alarma, pues iba a un entorno conocido, al hogar de un compañero de clase, un lugar que en el mapa mental de cualquier familia está marcado como zona segura. Sin embargo, aquel piso escondía una oscuridad que estaba a punto de devorar su futuro y destrozar la inocencia de todo un pueblo.
Quien abrió la puerta no fue solo el padre de su amigo, sino un hombre que ya había decidido cruzar los límites de la humanidad para saciar su sed de venganza. Juan Francisco, de 48 años, recibió a Álex sabiendo que ese niño no saldría de allí con vida, ocultando bajo una máscara de normalidad rutinaria una mente carcomida por el rencor. La tarde de juegos se convirtió, sin previo aviso, en una encerrona mortal donde la confianza fue la primera víctima de una tragedia incomprensible.
Los detalles forenses revelan que el ataque no fue fruto de una discusión ni de un accidente fortuito, sino de una cacería en un espacio reducido y sin escapatoria. Álex fue acorralado en el baño de la vivienda, el lugar más indefenso posible, donde su verdugo desató una furia que hiela la sangre solo de imaginarla. Armado con un cuchillo de cocina de grandes dimensiones, el agresor asestó hasta doce puñaladas al menor, asegurándose de que no hubiera posibilidad alguna de supervivencia.
Lo más escalofriante de este crimen es la presencia del propio hijo del asesino en la ecuación del horror, convirtiéndolo en testigo y víctima a la vez. Mientras los niños buscaban divertirse frente a la pantalla, el padre ejecutó su plan macabro, obligando a su propio hijo a presenciar las consecuencias de su barbarie. Fue al encontrarse con la dantesca escena cuando el asesino pronunció la frase que desvela el verdadero móvil detrás de la muerte de Álex: "Mira lo que ha conseguido tu madre".
Con esas palabras, Juan Francisco confesaba que Álex era solo un instrumento, un objeto desechable utilizado para dañar a su exmujer de la forma más cruel posible. La conexión entre las familias ha resultado ser la clave para entender este acto de violencia vicaria expandida, pues la madre de Álex, Visi, era amiga íntima de la exesposa del asesino. En la mente delirante del agresor, matar al hijo de la amiga era la forma perfecta de enviar un castigo devastador a quien él consideraba culpable de sus desgracias.
Tras consumar el crimen, el asesino no huyó ni intentó ocultar su obra, sino que actuó con la frialdad de quien ha completado una tarea pendiente. Se dirigió al cuartel de la Guardia Civil de Sueca y confesó ante los agentes que había matado al amigo de su hijo, entregándose sin ofrecer resistencia. Mientras él era detenido, en la casa del crimen los servicios de emergencia se topaban con la realidad irreversible de un cuerpo infantil sin vida y una familia rota para siempre.
La noticia golpeó a los padres de Álex con la fuerza de un tsunami emocional, dejándolos en un estado de shock del que es imposible recuperarse totalmente. Su padre, al ver el despliegue policial y la barrera de agentes, preguntó con el alma en un hilo si se trataba de su hijo, recibiendo la confirmación que ningún padre debería escuchar jamás. La incredulidad se apoderó de todos: ¿cómo es posible que el peligro resida en el padre de tu mejor amigo, en la persona que te abre la puerta para jugar?
Visi, la madre de Álex, ha roto su silencio recientemente en una entrevista desgarradora donde sus palabras pesan como losas de dolor y verdad. Lejos de aceptar la versión de un brote psicótico repentino, su postura es firme al afirmar que todo estaba fríamente calculado y organizado. Según su testimonio, el asesino aprovechó el momento exacto en que los niños estaban juntos para ejecutar una venganza que llevaba tiempo gestándose en su cabeza enferma.
La madre rechaza de plano la estrategia de la defensa que intenta pintar el crimen como un simple arrebato de locura transitoria. Para Visi, la secuencia de hechos, desde las advertencias previas de Juan Francisco a su hijo para que no llevara a nadie a casa días antes, hasta la elección del momento y el arma, denotan una premeditación absoluta. No fue un instante de ceguera, fue una decisión consciente de causar el mayor daño posible a su entorno utilizando la vida de un inocente.
El asesino, que ahora duerme en prisión provisional, ha intentado victimizarse desde el primer minuto, culpando a su exmujer de su estado mental y de sus acciones. Sin embargo, la sociedad y la familia de la víctima ven en sus actos la marca inconfundible de una maldad que no busca justificación médica, sino hacer daño. La supuesta locura que alega no es más que la máscara final de un depredador que no dudó en sacrificar a un niño para enviar un mensaje de odio.
Las investigaciones continúan para esclarecer todos los detalles, pero la autopsia ya ha confirmado la brutalidad del ataque y la autoría única del adulto. La responsabilidad recae exclusiva y pesadamente sobre Juan Francisco, el hombre que debía velar por la seguridad de los menores bajo su techo y que decidió convertirse en su verdugo. Su acción ha dejado una cicatriz imborrable no solo en una familia, sino en la confianza de toda una comunidad.
El impacto en Sueca ha sido devastador, sumiendo al pueblo en un luto profundo que revive fantasmas de tragedias pasadas. Banderas a media asta y concentraciones silenciosas intentan acompañar a unos padres destrozados, aunque todos saben que no hay gesto capaz de llenar el vacío que deja un hijo asesinado. La escuela, el equipo de fútbol, las calles donde Álex reía, todo ha quedado teñido por la sombra de una tarde que nunca debió ocurrir.
La figura del mejor amigo ha quedado también marcada por el trauma de ver a su padre convertido en un monstruo capaz de matar a su compañero. La carta de despedida que escribió a Álex, prometiendo seguir su ejemplo, es el testimonio de una infancia rota por la violencia de los adultos. Es una víctima viva que cargará con el peso de esa tarde para siempre, atrapado en un conflicto que no le pertenecía.
Este caso nos obliga a reflexionar sobre la protección de los menores y la dificultad de detectar el mal cuando se disfraza de cotidianeidad. A menudo, el agresor no tiene antecedentes penales visibles o se esconde tras una fachada de normalidad hasta que la tensión estalla de la forma más cruel. La confianza ciega en el entorno cercano se ha demostrado, una vez más, como un riesgo mortal cuando existen dinámicas de odio no resueltas.
Visi, en su inmenso dolor, ha alzado la voz para que la muerte de su hijo no se diluya en términos legales exculpatorios ni en olvidos mediáticos. Álex no murió por una enfermedad, murió porque fue el blanco de una venganza atroz diseñada para destruir vidas. Su lucha ahora es desmontar la coartada de la locura y asegurar que el peso de la ley caiga íntegro sobre quien le arrebató la luz de sus ojos.
La crónica de Álex termina aquí, pero el silencio que ha dejado en Sueca resonará durante generaciones como una advertencia dolorosa. Nos queda la imagen de un niño yendo a jugar, feliz e inocente, y la realidad brutal de que a veces los monstruos nos abren la puerta sonriendo. Y esa es la verdad más aterradora: que el mal puede vivir en la casa de al lado.
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