María Belén: la comida que terminó en muerte en Mos


El domingo en Mos debía ser uno más: comida, conversaciones antiguas y el olor de la cocina. Para María Belén, 52 años, fue el último día de una rutina que hasta entonces parecía corriente.

La relación con su expareja —con quien había roto semanas antes— no había desaparecido del todo. Según testigos, mantenían contacto; aquel día habían quedado para comer en su casa, en el barrio de Ameiro Longo.

Lo que empezó como una visita terminó en una agresión brutal. Su hermana, que vivía en el mismo edificio, oyó los gritos y corrió a socorrerla. Cuando llegó, Belén aún respiraba y pidió que llamaran a una ambulancia.

Los servicios sanitarios la trasladaron, pero las heridas eran graves. La autopsia reveló varios golpes y una decena de puñaladas en tórax y espalda, señales de una violencia extrema.

El presunto autor, identificado como Santiago F., se convirtió en objetivo de una búsqueda inmediata. Horas después fue hallado muerto; las autoridades investigan si se suicidó tras el crimen.

La conmoción en la parroquia de Sanguiñeda y en Mos fue inmediata: vecinos, autoridades y asociaciones convocaron minutos de silencio y expresaron su repulsa ante la violencia machista.


La Xunta y las instituciones locales se sumaron al rechazo y recordaron que muchas veces la violencia se oculta tras la rutina diaria, sin denuncias previas que alerten sobre el riesgo.

Para la familia, la mezcla de sorpresa e incredulidad fue profunda: Belén era descrita por quienes la conocían como una mujer de relaciones próximas y vida cotidiana ordenada.

Los foros locales y redes sociales recogieron llamados a la prevención y a la formación sobre cómo reconocer signos de riesgo en relaciones que aparentan normalidad.

En el juicio o en las diligencias iniciales, la investigación apuntó a una agresión con saña y a un contexto de control y resentimiento que, según las fuentes, se acumuló hasta explotar.

Las voces de vecinos y allegados trazaron una imagen de una relación rota, con llamadas y encuentros que terminaron en un desenlace irreversible.

El caso abrió preguntas difíciles: ¿qué señales se ignoraron? ¿qué hubiera cambiado si alguien hubiera denunciado antes? Para muchos, la respuesta es incompleta.

La violencia machista no siempre deja huellas públicas hasta que ocurre el peor desenlace. Por eso las asociaciones reclaman redes de apoyo accesibles y rutas de protección más visibles.

Aunque la investigación avanzó con rapidez, el vacío que deja la pérdida no se cubre con ninguna resolución judicial: la familia busca respuestas y memoria.



La parroquia de Ameiro Longo y el municipio de Mos recuerdan ahora a Belén en minutos de silencio y actos en su nombre, mientras la comunidad intenta entender cómo pasó de la cotidianeidad a la tragedia.

Este caso añade una herida más al recuento nacional: en lo que va de 2026, varias mujeres han perdido la vida por violencia de género, y cada nombre exige medidas reales.

Queda la pregunta que atraviesa todas las historias semejantes: ¿qué falló y cómo evitar que otra comida, otra visita, acabe en muerte?

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