Un sábado al mediodía debería oler a comida y a persianas a medio bajar. En Son Ferriol, un barrio de Palma que vive en clave doméstica, la escena cambió de golpe el 21 de febrero de 2026: una casa se convirtió en un lugar peligroso, y la calle terminó recibiendo el rastro de lo que nadie quería ver.
La relación entre víctima y agresor no era la de un extraño. Era familia. Un joven, las primeras informaciones, atacó dentro del domicilio a su propio abuelo, un hombre de 90 años. Cuando el padre del presunto agresor intentó interponerse, también resultó herido. Tres generaciones atrapadas en el mismo cuarto.
El detalle ancla, el que se queda pegado a la memoria por lo insoportable, fue una herida en el ojo del anciano. Se habló de unas diez puñaladas y de una cara alcanzada de forma brutal. Hay lesiones que no solo duelen: desfiguran la idea de hogar.
Todo ocurrió alrededor de la una de la tarde. A esa hora, los barrios están despiertos, los vecinos entran y salen, y cualquier ruido se confunde con rutina. Pero ese día, el ruido se rompió en gritos, y lo que siguió ya no fue una discusión: fue una agresión que dejó al abuelo en estado crítico.
El anciano salió a la calle cubierto de sangre para pedir ayuda. No es una imagen de película: es una llamada desesperada a cualquiera que estuviera cerca, antes de desplomarse. Quien lo vio no olvidará la forma en que un cuerpo busca aire cuando ya no le queda fuerza.
La asistencia sanitaria llegó con prisa. El abuelo fue trasladado al Hospital Universitario de Son Espases, donde tuvo que ser operado con pronóstico grave. Mientras tanto, el padre, con heridas consideradas leves, no precisó hospitalización. En una misma familia, el daño se repartió de forma desigual, pero nadie salió ileso.
El presunto agresor fue detenido por la Policía Nacional. Y después vino otra escena extraña, casi silenciosa: su ingreso en el área de Psiquiatría del mismo hospital, bajo custodia. A veces el caso no se encierra solo en una comisaría; también queda suspendido en una sala blanca donde todo se mide en observación.
Los motivos, por ahora, no estaban claros. Se apuntó a la posibilidad de un trastorno mental, pero eso no explica el miedo de quienes estaban dentro ni borra las heridas. Cuando la causa no aparece, la familia queda atrapada en una pregunta sin respuesta: por qué hoy, por qué así.
El arma no fue sofisticada. Se habló de un cuchillo de cocina, algo común, al alcance de cualquier cajón. Lo doméstico convertido en peligro tiene una crueldad distinta: no llega de fuera, ya estaba ahí, esperando el peor momento.
En el barrio, el impacto es inmediato. Son Ferriol no es un escenario abstracto; es un lugar de calles conocidas, de gente que se saluda por el nombre. Cuando ocurre algo así, la normalidad queda herida: las puertas se cierran con más fuerza y las conversaciones bajan el volumen.
La investigación quedó en manos del grupo de homicidios y de la policía científica, que inspeccionaron la vivienda. En una escena familiar, los rastros se mezclan con la vida cotidiana: muebles, platos, pasillos estrechos. Cada huella es un intento de reconstruir el minuto exacto en que todo se torció.
También queda la parte más amarga: cómo convivir después con lo ocurrido. La familia, si logra reunirse, tendrá que recordar sin hacerse daño y hablar sin romperse. Cuando un ataque nace dentro de casa, el duelo no encuentra una puerta clara para salir.
En estos casos, el final no es un cierre, sino una espera. A la espera del parte médico del anciano, de una evaluación, de una explicación judicial y humana. La incertidumbre se instala como una sombra, y cada hora que pasa pesa más.
El 21 de febrero de 2026, Son Ferriol vio algo que ningún barrio debería ver: un anciano pidiendo ayuda en la calle y una familia arrastrada a urgencias. La herida no es solo física; es la evidencia de que, a veces, el peligro puede vivir dentro del mismo hogar.
0 Comentarios