Sanlúcar de Guadiana (Huelva), tarde del 14 de febrero de 2026. El río parecía el de siempre, pero a las 19:34 todo cambió en un instante.
Un hombre de 58 años cayó al agua desde un dingui mientras maniobraba junto a un velero. Ese tipo de accidente no avisa: sucede y, cuando uno mira, ya es tarde.
El rastro se perdió en el tramo fluvial entre Sanlúcar de Guadiana y el Puerto de La Laja, en una zona donde la frontera se mezcla con la corriente.
Desde ese momento, el tiempo dejó de ser tiempo: pasó a ser búsqueda. Y buscar en un río es buscar en algo que no se deja mirar.
Se desplegó un dispositivo con recursos por mar y aire. Embarcaciones, buzos, drones, helicópteros. Una maquinaria humana intentando ganarle un pulso al agua.
En la orilla, la angustia suele ser una imagen fija: mirar el cauce como si el cauce pudiera devolver un nombre.
La coordinación se extendió a ambos márgenes, con participación también de recursos portugueses. El Guadiana no entiende de mapas: arrastra hacia donde quiere.
Se rastrearon zonas de ribera y puntos donde la corriente deposita sedimentos, lugares donde todo puede quedar atrapado sin dejar huella.
Mientras tanto, se mantuvieron avisos a navegantes, porque en estas búsquedas cualquier mirada cuenta. A veces, un detalle es una vida.
Pero el río tiene su propio ritmo. Y cuando el río se impone, la esperanza se vuelve frágil y tensa, sostenida por pura necesidad.
Las horas se acumulan y el cuerpo se cansa, pero el operativo continúa. Porque rendirse, en una desaparición, se siente como una traición.
Queda también el golpe invisible: el que se queda en quienes estaban cerca cuando ocurrió la caída, en quienes vuelven una y otra vez al segundo exacto.
En Sanlúcar de Guadiana, esa tarde quedó marcada por un número: 19:34. Una hora que ya no suena igual.
Sanlúcar de Guadiana, 14/02/2026: una caída desde un dingui y un dispositivo de búsqueda desplegado en el Guadiana. Cuando el agua se queda con el rastro, lo único que queda es insistir contra el silencio.
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