La mañana del viernes 30 de enero de 2026 parecía una jornada más en la rutina frenética del Hospital Universitario de Canarias, en Tenerife. Los pasillos, habitualmente cargados de pasos apresurados, camillas rodando y voces que llaman por megafonía, mantenían ese pulso constante de un lugar dedicado a salvar vidas. Nada en el ambiente hacía presagiar que, en cuestión de segundos, la normalidad se rompería de la forma más trágica posible, congelando el aliento de quienes se encontraban en las inmediaciones del edificio. La muerte, esa compañera habitual en un hospital, decidió presentarse ese día no en una cama de paciente, sino en el abismo de una caída libre.
La protagonista de este suceso era una trabajadora del propio centro, una mujer que conocía bien los entresijos de aquel gigante de hormigón y cristal. Para ella, el hospital no era un laberinto desconocido, sino su segunda casa, el lugar donde desempeñaba su labor profesional día tras día. Sin embargo, algo cambió esa mañana, un giro oscuro en el guion de su vida que la llevó hasta la novena planta, una altura desde la que el mundo abajo se ve pequeño y distante. Nadie sabe con certeza qué pensamientos cruzaron su mente en esos instantes finales, ni qué peso invisible cargaba sobre sus hombros.
Eran aproximadamente las 10:30 horas cuando el tiempo pareció detenerse en el complejo hospitalario de La Laguna. El ruido habitual del tráfico y la actividad sanitaria quedó eclipsado por la realidad de un cuerpo precipitándose al vacío. La caída desde esa altura es una sentencia sin apelación, un viaje vertiginoso que termina con un impacto brutal contra el suelo, rompiendo no solo huesos, sino la paz de todos los testigos involuntarios. No hubo red de seguridad, ni mano amiga que pudiera detener la inercia fatal de la gravedad.
La alarma saltó de inmediato, movilizando a los servicios de emergencia que, paradójicamente, ya estaban allí mismo. Médicos, enfermeros y personal de seguridad corrieron hacia el lugar del impacto con la esperanza instintiva de poder hacer algo, de revertir lo irreversible. Pero la medicina tiene límites que la física impone con crueldad; al llegar junto a la mujer, solo pudieron certificar lo que sus ojos ya temían. La vida se había escapado en el acto, dejando tras de sí un cuerpo inerte y un silencio sepulcral que empezó a extenderse como una mancha de aceite.
La noticia de que la fallecida era una compañera, alguien que vestía el uniforme y compartía los turnos, golpeó al personal del HUC con una fuerza devastadora. En un hospital se convive con la muerte de extraños, se aprende a gestionar el dolor ajeno, pero cuando la tragedia lleva el rostro de una colega, las defensas profesionales se desmoronan. Los pasillos se llenaron de murmullos, de miradas de incredulidad y de lágrimas contenidas tras las mascarillas. La sensación de vulnerabilidad se instaló en cada planta, recordándoles que nadie es inmune a la oscuridad.
La Policía Nacional tomó el control de la escena poco después, acordonando la zona y comenzando la ingrata tarea de recabar pruebas y testimonios. Los agentes, acostumbrados a lidiar con lo peor de la sociedad, se movían con respeto, conscientes de la sensibilidad del entorno. Se abrió una investigación para esclarecer las causas exactas del suceso, reconstruyendo los últimos pasos de la trabajadora antes de llegar a ese punto sin retorno. ¿Fue un accidente? ¿Una decisión voluntaria y desesperada? Las preguntas flotaban en el aire, pesadas y sin respuesta inmediata.
Mientras los forenses realizaban su trabajo, el hospital seguía funcionando por pura inercia, aunque el ambiente había cambiado radicalmente. Las conversaciones en la cafetería, en los controles de enfermería y en los vestuarios giraban en torno a lo mismo: el shock, la pena y la incomprensión. Saber que alguien con quien quizás te cruzaste en el ascensor esa misma mañana ya no está, genera un vértigo existencial difícil de gestionar. La novena planta se convirtió, de repente, en un lugar marcado por el estigma de la tragedia.
El sindicato UGT, haciéndose eco del dolor colectivo, convocó un minuto de silencio para el martes siguiente en el recinto hospitalario. Fue una forma de canalizar el duelo, de ofrecer un espacio para que la comunidad sanitaria pudiera despedirse y mostrar su respeto. Pero más allá de los actos oficiales, quedaba la herida abierta en el tejido humano del centro. Cada trabajador que miraba hacia arriba, hacia esa ventana o balcón fatídico, sentía un escalofrío recorrerle la espalda.
La investigación policial sigue su curso, recopilando datos y tomando declaraciones para cerrar el atestado. Se busca entender si hubo algún factor externo, algún fallo de seguridad o si, como suele ocurrir en estos casos, la explicación reside en los laberintos insondables de la mente humana. Sea cual sea la conclusión oficial, el resultado no cambia: una familia ha perdido a una madre, hija o hermana, y el HUC ha perdido a una de las suyas.
Este suceso pone sobre la mesa, una vez más, la importancia de la salud mental y el bienestar emocional, incluso —o especialmente— entre quienes se dedican a cuidar de los demás. Los profesionales sanitarios cargan con una presión inmensa, y a veces, el cuidador también necesita ser cuidado. No sabemos qué tormentas internas podía estar atravesando la víctima, pero su final nos obliga a reflexionar sobre la soledad que a veces se esconde detrás de un uniforme blanco.
La imagen de la ambulancia medicalizada desplazada al lugar, inútil ante la magnitud de la caída, es una metáfora cruel de la impotencia. Hay situaciones donde la tecnología y la ciencia no pueden llegar, donde lo único que queda es la humanidad compartida ante el dolor. La muerte en el lugar de trabajo añade una capa de surrealismo al duelo; el sitio donde te ganas la vida se convierte en el escenario donde la pierdes.
Los días pasarán y la mancha en el suelo desaparecerá, limpiada por los servicios de mantenimiento, pero la memoria del suceso tardará mucho más en borrarse. La novena planta será evitada por algunos, mirada con recelo por otros, convertida en un punto negro en la geografía emocional del edificio. Las leyendas urbanas y los rumores intentarán llenar los huecos que deje la versión oficial, pero la verdad íntima de ese último salto se fue con ella.
La familia de la trabajadora se enfrenta ahora a la burocracia de la muerte y al vacío de la ausencia. Recibir la llamada que te informa de que tu ser querido no volverá del trabajo es una de las peores pesadillas imaginables. El hospital, que para ellos era el lugar seguro donde ella trabajaba, se ha transformado en el escenario de su peor desgracia. Es un dolor que no entiende de turnos ni de guardias.
La sociedad canaria, al leer los titulares, sintió esa punzada de tristeza que provocan las muertes repentinas y violentas. Los comentarios en redes y en la calle reflejaban la consternación por un suceso que rompe los esquemas de lo cotidiano. Que alguien muera en un hospital es natural; que alguien muera *cayendo* de un hospital es una anomalía que nos perturba profundamente.
Finalmente, el sol volvió a salir sobre La Laguna, iluminando la fachada del HUC como cualquier otro día. Las urgencias siguieron recibiendo pacientes, los quirófanos siguieron operando y la vida continuó su curso imparable. Pero para quienes vivieron esa mañana de enero, el brillo del día tiene un matiz diferente, más gris, más frío. Han aprendido, de la forma más dura, que la línea entre estar y no estar es tan delgada como un paso al vacío.
Desde estas líneas, cerramos esta crónica con el respeto debido a la víctima y a sus compañeros. También reconocer el dolor real que hay detrás de cada historia. Que el silencio que ahora habita en la novena planta sirva como recordatorio de la fragilidad de la vida, y que la trabajadora encuentre, allá donde esté, la paz que quizás le faltó en sus últimos instantes.
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