El asesinato de Gaby en Almuñécar no terminó el día en que su cuerpo cayó en plena calle. Un año después, su madre, Lenny, ha vuelto a pedir ayuda porque asegura que su otro hijo está recibiendo amenazas de muerte. La frase que resume su miedo es tan simple como devastadora: no quiere que la historia vuelva a repetirse.
Gabriel Qohelet, conocido por todos como Gaby, tenía 33 años y era padre de dos hijos. En Almuñécar no era un nombre perdido en una estadística, sino un vecino conocido, alguien cuya muerte dejó una herida visible en la Costa Tropical granadina. El 4 de abril de 2025, esa vida quedó rota a plena luz del día.
Según las informaciones publicadas, Gaby murió tras recibir 14 puñaladas durante una pelea en una zona concurrida del municipio. El arma descrita por la prensa era una navaja de 24 centímetros, y una de las heridas le abrió la zona abdominal. La violencia fue tan pública que cámaras de seguridad y vecinos terminaron atrapados en la escena.
El presunto agresor era Fernando, conocido en el municipio como 'El Vapor', un hombre de 40 años con antecedentes por delitos violentos. Hasta poco antes, según relató la familia, había sido amigo de la víctima. Esa cercanía hace que el crimen duela de otra manera: no como una irrupción desconocida, sino como una traición que llegó demasiado cerca.
La familia sigue esperando el juicio. Mientras tanto, Lenny ha tenido que volver al Palacio de Justicia de Almuñécar, esta vez con su otro hijo, para formalizar una denuncia por amenazas. Fuentes de la Guardia Civil confirmaron a Granada Hoy que ya existía una denuncia previa antes de esa comparecencia judicial.
La madre sostiene que las amenazas comenzaron después de un encontronazo con un hombre del municipio al que ella había tratado con cariño. Según su relato, se enteró de que ese conocido podría estar trabajando para el presunto asesino de Gaby y lo llamó traidor. A partir de ahí, afirma, empezaron los vídeos y el miedo volvió a entrar en casa.
El denunciado no se presentó inicialmente en el juzgado, según la misma información, y se pidió a la Guardia Civil que lo localizara para declarar. Para Lenny, esa ausencia no fue una sorpresa. Asegura que la noche anterior el hombre, vecino suyo, pasó por la puerta de su casa gritando que la denuncia no serviría de nada.
Lo que la familia describe no es solo una amenaza aislada, sino un eco demasiado parecido al pasado. Lenny habla de vídeos, de gestos repetidos, de lugares escogidos para grabarse y de una camiseta que, según ella, imitaría a la del presunto asesino de su hijo. En su cabeza, cada detalle se conecta con el recuerdo del crimen.
Ese es el centro del caso: una madre que ya vio cómo la violencia se llevaba a uno de sus hijos y que ahora teme por el que le queda. La frase pesa porque no viene de una sospecha abstracta, sino de una experiencia insoportable. Cuando dice que no permitirá que se repita la misma historia, habla desde una pérdida que nadie debería conocer dos veces.
La muerte de Gaby conmocionó a Almuñécar. Ideal recordó el caso dentro de los crímenes que marcaron Granada en 2025: un joven de 33 años, padre de dos niños, asesinado de 14 puñaladas en plena calle. Tras el crimen hubo concentraciones de vecinos, amigos y familiares ante el juzgado, entre lágrimas, rabia y una petición clara de justicia.
También trascendieron vídeos atribuidos al presunto agresor en los que alardeaba, siempre según las informaciones publicadas, de no querer entrar en prisión por delitos menores, sino por algo grave. Esa imagen pública, desafiante y previa al desenlace, convirtió el caso en algo todavía más perturbador para quienes después vieron morir a Gaby.
Ahora, el miedo se ha desplazado al presente. Lenny no habla solo de memoria ni de duelo; habla de protección inmediata. Dice que ese hombre sigue moviéndose por el pueblo, que continúa amenazándolos y que espera que alguien actúe antes de que ocurra otra desgracia. La herida antigua se mezcla con una alarma nueva.
En una localidad costera donde las calles, los vecinos y los trayectos cotidianos se cruzan una y otra vez, sentirse amenazado por alguien cercano tiene un peso especial. No se trata de un peligro lejano ni invisible. Según el relato de la familia, el miedo está en la puerta de casa, en los vídeos, en los encuentros y en la sensación de que todo puede escalar.
El caso también muestra la parte más cruel de los procesos judiciales largos: mientras una familia espera justicia por un asesinato, la vida no se detiene alrededor. Hay declaraciones, denuncias, recuerdos, nombres que vuelven a sonar y una madre obligada a explicarlo todo otra vez, como si el duelo necesitara defenderse ante cada nueva amenaza.
Nada de lo ocurrido borra las cautelas necesarias de una investigación: las amenazas denunciadas deberán acreditarse y el crimen de Gaby espera todavía su recorrido judicial. Pero el hilo humano ya está claro. Una madre perdió a un hijo en una calle de Almuñécar y ahora pide que el miedo no vuelva a convertirse en noticia.
Al final queda una escena difícil de apartar: Lenny saliendo del juzgado, con el recuerdo de Gaby detrás y la preocupación por su otro hijo delante. En medio, 14 puñaladas, un juicio pendiente y una frase que funciona como advertencia y súplica: que no se repita la misma historia.
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