Matías de Paula había llevado su voz lejos de Villanueva de la Serena, pero murió demasiado cerca de casa. La tarde del 15 de mayo de 2026, el cantaor flamenco cayó herido por arma de fuego en las inmediaciones de la plaza Rafael Alberti, en una escena que rompió la rutina de una localidad pacense acostumbrada a reconocerlo por el cante, no por una sirena.
El suceso ocurrió pasadas las tres de la tarde. A esa hora, la luz todavía no tiene nada de nocturna y la violencia parece más difícil de encajar. Sin embargo, allí quedó un hombre tendido, atendido por sanitarios desplazados en ambulancia, mientras la zona empezaba a llenarse de agentes y de preguntas urgentes.
Los equipos médicos intentaron salvarle la vida en el mismo lugar donde había recibido los disparos. No pudieron. La muerte de Matías de Paula transformó una plaza y sus alrededores en el punto exacto donde una trayectoria artística quedó interrumpida de golpe, sin despedida y sin escenario.
La Policía Nacional confirmó que la muerte se había producido por arma de fuego. También descartó que se tratara de un intercambio de disparos, un matiz importante en las primeras horas de confusión. No había una batalla abierta entre dos partes armadas, sino un hombre muerto y una investigación que comenzaba a cerrar el perímetro.
Hasta la zona acudieron patrullas de la Policía Local, de la Policía Nacional y efectivos de la Policía Judicial. Más tarde también se sumaron agentes de la Guardia Civil. La presencia policial dibujó el peso del caso: no era un accidente, no era una caída, no era una muerte repentina sin explicación aparente. Había indicios de una pistola y una víctima con nombre propio.
En las primeras horas trascendió que el autor de los disparos estaría identificado, aunque todavía no detenido. Ese dato dejó una tensión abierta sobre la tarde de Villanueva de la Serena. La muerte ya era irreversible, pero la respuesta judicial y policial seguía pendiente de alcanzar a quien apretó el gatillo.
Matías de Paula no era solo el hombre que murió junto a la plaza Rafael Alberti. Era Matías Corraliza Fernández, nacido en Villanueva de la Serena y criado en una familia atravesada por el flamenco. Su padre, Diego Corraliza, era conocido como El Chucarro; su hermana Sandra Fernández también cantaba, y su hermano Diego de Paula caminó por la guitarra.
Su nombre artístico tenía raíz familiar y afectiva. Matías de Paula era una forma de llevar consigo el recuerdo de su madre, Paula, cada vez que se subía a cantar. En una historia de muerte violenta, ese detalle pesa de otra manera: el nombre que lo acompañó por los escenarios quedó unido ahora a una crónica policial.
Se marchó joven a Madrid, con apenas 16 años, para abrirse camino en peñas, colmaos y tablaos. Allí aprendió el oficio desde abajo, en noches largas, delante de públicos distintos y junto a artistas que entendían el flamenco como algo más que música. Su carrera no nació de un golpe de suerte, sino de insistencia y de escenario.
Después llegaron nombres conocidos del circuito flamenco: Corral de la Pacheca, Casa Patas, Torres Bermejas, Café de Chinitas, Las Tablas o el Corral de la Morería. También formó parte del Ballet Nacional de España, una etapa que consolidó su oficio y lo colocó en una línea de trabajo exigente, ligada al cante para el baile y a la disciplina diaria.
Su voz viajó fuera de España. Japón, Nueva York, Londres, Italia, Canadá, Marruecos, Suiza o Alemania aparecen en su recorrido artístico como estaciones de una vida hecha de tablaos, giras y colaboraciones. Ese contraste vuelve más dura la imagen final: alguien que cantó en medio mundo terminó muriendo por disparos en su propia tierra.
Compartió cartel y escenario con figuras del flamenco como Enrique Morente, Carmen Linares, José Mercé, Antonio Canales o Pitingo. Para muchos, Matías de Paula pertenecía a esa generación de artistas que quizá no siempre ocupa titulares, pero sostiene una parte esencial del cante desde la cercanía, la peña y el escenario directo.
En los últimos años mantenía el vínculo con Villanueva de la Serena y con el mundo flamenco local. También trabajaba para impulsar de nuevo la Peña Flamenca El Serón, como si regresar a la raíz fuera otra forma de seguir cantando. La muerte lo alcanzó precisamente en esa tierra que nunca terminó de soltar.
La plaza Rafael Alberti quedó convertida en un escenario involuntario. No hubo palmas, no hubo guitarra, no hubo silencio buscado antes del primer tercio. Hubo disparos, una ambulancia, agentes entrando y saliendo de la zona y vecinos intentando entender cómo una tarde común podía quebrarse de una manera tan brusca.
El caso queda ahora en manos de la investigación. Quedan por aclarar el móvil, la secuencia exacta, el arma utilizada y el recorrido del presunto autor. En esas preguntas se juega la parte judicial de la historia, pero la parte humana ya tiene una herida clara: una familia del flamenco perdió a uno de los suyos de forma violenta.
Matías de Paula había hecho del cante una manera de permanecer. Su muerte deja una imagen difícil de apartar: la voz que viajó por tablaos y países apagada a tiros cerca de una plaza de Villanueva. Y alrededor, una pregunta que todavía no tiene respuesta completa: por qué una tarde cualquiera terminó convertida en el último compás.
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