El 5 de octubre de 2021, un piso de Bilbao quedó unido a una de las piezas más oscuras de una investigación que lleva años rodeando a Nelson David Moreno Bolaños. La víctima era un hombre de 77 años. En la versión de las acusaciones, no abrió la puerta a un desconocido cualquiera, sino a alguien con quien habría contactado a través de una aplicación de citas entre hombres.
La escena que se discute ahora ante un jurado tiene una intimidad perturbadora: un encuentro pactado, una vivienda cerrada, una expectativa de confianza y una muerte que no apareció de inmediato como crimen evidente. El hombre falleció por una insuficiencia cardiorrespiratoria que las acusaciones relacionan con una estrangulación. Después, su cuenta bancaria sufrió dos movimientos que sumaban 3.000 euros.
El acusado niega haber matado a ese septuagenario. En la sala sostuvo que no lo conocía, que no sabía dónde vivía y que no tuvo contacto con él. Su defensa intenta separar el rastro económico del rastro físico: admite un mundo de tarjetas, transferencias y dinero fácil, pero rechaza la imagen del asesino que entra en casas, mata y abandona a sus víctimas en silencio.
Nelson David Moreno Bolaños ya no llega a este juicio como un nombre anónimo. Cumple condenas que superan los 37 años de prisión por asesinato, intento de homicidio y estafa continuada. Su figura quedó marcada por una sospecha mayor: la de varias muertes de hombres homosexuales en Bilbao, algunas inicialmente leídas como fallecimientos naturales, hasta que el dinero desaparecido empezó a contar otra historia.
El patrón que rodea el caso resulta especialmente inquietante. Hombres que buscaban encuentros por aplicaciones, pisos del Casco Viejo o de la capital vizcaína, cuerpos encontrados en casa y movimientos bancarios posteriores. En algunos episodios apareció la sombra de sustancias de sumisión química; en otros, la hipótesis del estrangulamiento. La confianza íntima se habría convertido en puerta de entrada al robo y a la muerte.
En este procedimiento concreto, la Fiscalía pide 16 años por homicidio y tres por estafa continuada. La acusación particular eleva la petición a 25 años por asesinato y cinco por robo con violencia, con agravante de reincidencia. La acusación popular, ejercida por Gehitu, incorpora además la agravante de discriminación por orientación sexual y reclama casi 29 años de prisión.
La diferencia entre homicidio y asesinato no es un detalle técnico en esta historia. La acusación particular sostiene que la víctima fue sorprendida por el cuello mediante la maniobra conocida como mataleón, una técnica capaz de provocar pérdida de conocimiento y muerte en pocos minutos. El Ministerio Público habla de una insuficiencia respiratoria causada por un modo que no queda cerrado con la misma precisión.
El dinero aparece como una segunda escena del crimen. Después de la muerte, alguien habría utilizado el teléfono móvil del fallecido para acceder a sus cuentas y transferir 2.000 y 1.000 euros a la cuenta del acusado. La casa, el móvil y la banca digital forman una cadena fría: primero el cuerpo queda sin respuesta; después, la vida financiera de la víctima sigue moviéndose como si alguien aún pudiera autorizarla.
Moreno Bolaños ofrece otra versión. Dice que formó parte de una banda con tres hombres a los que identifica como Maracucho, Anthony y Jota. Su papel, afirma, era el de tarjetero: recibir tarjetas, sacar dinero, mover transferencias y participar en un circuito de dinero rápido, fiesta y drogas. En su relato, otros cometían los hechos más graves y él terminó pagando por crímenes que no habría cometido.
Esa coartada tiene un problema central: esas tres personas no han sido localizadas. El acusado asegura que algunas abandonaron el país o se fueron al sur. La defensa insiste en que no hay huellas suyas en la vivienda del hombre de 77 años y que no podrá demostrarse un contacto físico. Las acusaciones, en cambio, miran el conjunto: cita, víctima vulnerable, muerte, transferencia y una secuencia repetida en otros casos.
El juicio comenzó con un jurado popular formado por siete hombres y cuatro mujeres. Sobre ellos cae una tarea difícil: separar lo ya condenado de lo que todavía debe probarse, escuchar al acusado sin olvidar el contexto y decidir si el septuagenario de Bilbao fue una víctima más dentro de un patrón o si el rastro económico no basta para sostener una condena por muerte violenta.
El caso estalló años atrás por un intento fallido. Un hombre consiguió sobrevivir después de denunciar que había sido atacado en su propio domicilio tras contactar por una aplicación. Aquel episodio dejó una mochila, documentación y sustancias que abrieron una puerta policial hacia otras muertes. Lo que parecía disperso empezó a mostrar coincidencias: hombres solos, citas privadas, dinero retirado y cuerpos sin señales obvias al principio.
La investigación también expuso una vulnerabilidad concreta: hombres homosexuales o bisexuales que buscaban encuentros íntimos en espacios privados. La acusación popular sostiene que esa orientación sexual no fue un dato incidental, sino parte del modo de selección. La promesa de una cita habría funcionado como señuelo, precisamente porque permitía entrar en casas donde la víctima bajaba la guardia.
Bilbao quedó así frente a una pregunta incómoda sobre confianza y depredación. Las aplicaciones de citas no matan, pero pueden ser utilizadas por alguien dispuesto a convertir el deseo, la soledad o la necesidad de afecto en una trampa. En este caso, cada conversación previa y cada puerta abierta adquieren un peso siniestro porque detrás pudo haber un cálculo económico y una violencia silenciosa.
La víctima de 77 años no debe quedar reducida a una cifra dentro de una serie. Era un hombre mayor, en su casa, con una intimidad que alguien pudo haber usado contra él. El riesgo de los grandes casos es que los nombres se diluyan entre condenas, expedientes y números de años de cárcel. Pero cada muerte conserva una escena propia: una vivienda, un cuerpo, una familia y una ausencia concreta.
Ahora el jurado deberá decidir qué ocurrió aquella noche de octubre. Nelson David Moreno Bolaños dice que pagará por lo que hizo, no por lo que no hizo. Las acusaciones ven otra pieza de un patrón mortal que mezcló citas, asfixia, robo y discriminación. Entre ambas versiones queda la imagen más dura: un hombre de 77 años muerto en su casa y una cuenta bancaria que siguió hablando después de que él ya no pudiera hacerlo.
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