El crimen de Belén Cortés en Badajoz volvió a golpear con fuerza el 14 de mayo de 2026. La educadora social, asesinada en un piso tutelado la noche del 9 de marzo de 2025, ya tenía una sentencia contra tres menores. Pero la Audiencia Provincial ha cambiado una parte esencial del caso: una de las adolescentes queda absuelta del delito de asesinato.
Belén Cortés Flor tenía 35 años, era natural de Castuera y trabajaba en un recurso de cumplimiento de medidas judiciales para menores en la urbanización Guadiana de Badajoz. Aquella noche estaba sola al frente del piso. No era una escena excepcional dentro de un oficio marcado por turnos difíciles, tensión acumulada y una confianza que muchas veces sostiene más que cualquier protocolo.
En la vivienda había varios menores bajo custodia. Dos chicos, de 14 y 15 años en el momento de los hechos, y una chica de 17 acabaron detenidos pocas horas después. También había un cuarto menor que huyó y dio la voz de alarma. Cuando la policía entró, el trabajo nocturno de Belén se había convertido en una escena de muerte.
La primera imagen del caso dejó una marca difícil de borrar: una educadora sola, un piso tutelado y una agresión mortal en el mismo lugar donde debía cuidar, contener y acompañar. Belén habría sido golpeada y estrangulada. Después, los menores implicados escaparon usando el coche de la víctima, un detalle que añadió frialdad al horror de aquella noche.
En diciembre de 2025, el Juzgado de Menores condenó a los dos varones a seis años de internamiento en régimen cerrado y tres años de libertad vigilada por asesinato y robo con violencia. La adolescente recibió cinco años como cómplice del asesinato. Para la familia, al menos sobre el papel, aquella sentencia parecía cerrar una primera puerta judicial.
Pero el caso tenía una grieta. Un día después de la sentencia, el juzgado notificó un auto de aclaración y rectificación de errores. En ese documento se añadió un párrafo nuevo sobre la participación de la chica. Ese añadido terminó siendo decisivo, porque sobre esa nueva descripción se apoyaba su condena como cómplice en la muerte de Belén.
La Audiencia de Badajoz ha entendido que aquello no era una simple corrección. No se podía, bajo la apariencia de arreglar un error, introducir hechos que no estaban en la sentencia original y usarlos para sostener una condena tan grave. Por eso la Sala ha retirado esa parte y ha absuelto a la menor del delito de asesinato.
La absolución no borra toda su responsabilidad. La Audiencia mantiene para ella dos años de internamiento en régimen cerrado por robo con violencia. La diferencia es enorme: ya no queda situada jurídicamente dentro de la muerte de Belén, sino vinculada al robo y a la huida posterior. La propia resolución resume la idea de forma tajante: se unió al robo, no a la muerte.
Para los otros dos menores, el fallo sí mantiene el núcleo más duro de la condena. La agresión mortal aparece atribuida exclusivamente a ellos, como una acción planeada y ejecutada sin posibilidad de defensa para la educadora. La prueba de ADN y el relato aceptado por la Audiencia sostienen que fueron quienes acabaron con la vida de Belén aquella noche.
La sentencia todavía no es firme y puede llegar a casación. Esa posibilidad mantiene el caso abierto, aunque la parte más dolorosa ya no depende solo de recursos y plazos. La muerte de Belén desbordó desde el principio el marco de un expediente: puso sobre la mesa cómo se trabaja en determinados pisos tutelados y hasta qué punto una sola profesional podía quedar expuesta.
El impacto fue inmediato entre educadores sociales y entidades del sector. Un año después del crimen, colectivos profesionales seguían reclamando cambios de fondo: más personal por turno, medidas reales de seguridad, programas estables, respaldo institucional y reconocimiento para quienes trabajan en primera línea con menores en situaciones complejas.
Algunas medidas llegaron después de su muerte, como botones de pánico, presencia de dos profesionales por turno y apoyos con funciones de seguridad. Pero para muchos compañeros de Belén, esas respuestas son tardías y parciales. La pregunta incómoda sigue ahí: qué habría pasado si esas condiciones hubieran existido antes de aquella noche en la urbanización Guadiana.
La Junta de Extremadura también quedó dentro del caso por la vía civil. Fue condenada a indemnizar a la familia con más de 620.000 euros como responsable civil solidaria y directa. Esa cifra no repara una ausencia, pero refleja una idea que atraviesa todo el caso: Belén murió trabajando en un recurso público, en una situación que no debía depender solo de su fortaleza personal.
El nombre de Belén Cortés se convirtió así en algo más que el de una víctima. Para su familia es una hija, una hermana, una presencia arrancada. Para sus compañeros es una advertencia escrita con dolor. Para el sistema, debería ser una línea imposible de ignorar: ningún profesional debería asumir solo una noche que puede volverse ingobernable.
La absolución parcial de la menor no cambia la esencia humana del crimen. Belén no murió en una calle desconocida ni en un accidente repentino. Murió en su puesto de trabajo, en un lugar destinado a la protección, mientras cumplía una tarea que exige vocación, paciencia y una exposición emocional que pocas veces se ve desde fuera.
Ahora el caso queda con una verdad judicial modificada: dos menores siguen condenados por asesinato y robo con violencia; una tercera ya no lo está por la muerte, aunque sí por el robo. Pero la herida central permanece intacta. La noche en que Belén Cortés fue asesinada dejó una pregunta que Badajoz todavía no consigue cerrar: quién cuida a quienes cuidan.
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