La noche del 18 de mayo de 2026 dejó en El Ejido una escena que parecía imposible de contener en una sola calle. En la zona de El Canalillo, próxima a Balanegra, varios disparos rompieron la calma poco después de las once. Cuando llegaron los agentes, dentro de un turismo con impactos de bala estaban muertos un matrimonio, padres del hombre que horas después sería detenido.
El presunto autor tenía 25 años y era hijo de las dos víctimas mortales. La violencia no quedó encerrada en ese vínculo familiar: durante el tiroteo también resultaron heridas cuatro personas, entre ellas su propio hijo, un bebé de siete meses, y una niña pequeña. Lo que empezó como una llamada vecinal por disparos terminó convertido en una tragedia familiar y comunitaria.
El bebé de siete meses fue trasladado en estado crítico a la UCI pediátrica del Hospital Materno-Infantil Princesa Leonor. La imagen golpea por sí sola: un niño que apenas empezaba a vivir, herido por una bala en medio de una noche marcada por el caos. Esa criatura era hijo del detenido, un detalle que añade una capa de horror íntimo al caso.
Otra menor, de casi dos años, también acabó ingresada en la UCI pediátrica. Su madre, una joven de 19 años, recibió varios disparos en el tórax y el abdomen y fue trasladada grave al Hospital Universitario Poniente. La violencia se extendió así desde el coche donde murieron los abuelos hasta otras vidas que estaban demasiado cerca cuando todo estalló.
Un hombre de unos 60 años también resultó herido grave, con un disparo en la cabeza, y fue derivado al Hospital Universitario Torrecárdenas. La secuencia que reconstruyen las primeras informaciones habla de una huida tras los disparos iniciales y de nuevas víctimas encontradas en el camino. No fue solo un crimen dentro de una familia: fue una noche de riesgo para cualquiera que se cruzara en el recorrido.
Los primeros avisos llegaron a la Guardia Civil alrededor de las 23:15. Una vecina alertó de disparos en El Canalillo y movilizó una respuesta urgente en la que participaron Guardia Civil, Policía Local, Policía Nacional y servicios sanitarios. En casos así, la llamada de alguien que escucha algo extraño puede ser el primer hilo para detener una tragedia que ya se está expandiendo.
El detenido se habría fugado en un primer momento. Horas después, alrededor de las cuatro de la madrugada, se entregó en dependencias de la Policía Local de El Ejido. Para entonces, el daño ya era enorme: dos muertos, cuatro heridos hospitalizados y una investigación abierta sobre un arma de fuego que el arrestado no tenía licencia para portar.
La Guardia Civil asumió la investigación y empezó a trabajar sobre una posible violencia doméstica, descartando otras motivaciones en las primeras pesquisas. También se indaga la procedencia del arma usada en el tiroteo. En una causa así, no basta con saber quién disparó; hay que reconstruir cómo llegó el arma a sus manos y qué ocurrió antes de que la noche terminara en sangre.
El alcalde de El Ejido, Francisco Góngora, anunció un día de luto oficial por la muerte de la pareja. También habló de antecedentes e infracciones previas vinculadas al detenido, entre ellas cuestiones relacionadas con drogas y armas blancas. Ese historial, si queda incorporado a la causa, será otra pieza para entender por qué nadie consiguió frenar antes una deriva tan peligrosa.
Las autoridades también apuntaron a la posibilidad de que el arrestado sufriera algún tipo de trastorno mental. Ese dato debe manejarse con cuidado: una enfermedad o un diagnóstico no explican por sí solos una matanza ni deben convertirse en estigma. Lo que tendrá que aclarar la investigación es qué mezcla concreta de violencia, acceso a armas, antecedentes y circunstancias hizo posible la noche de El Canalillo.
La escena del coche resume el núcleo más oscuro del caso. Dos personas muertas dentro de un turismo, padres del detenido, y alrededor una cadena de disparos que alcanzó a menores y adultos. El lugar, hasta entonces asociado a una barriada concreta de El Ejido, quedó unido a una madrugada en la que una familia se rompió delante de todos.
La madre del bebé herido y la otra menor ingresada representan la parte más insoportable de la historia: víctimas que no estaban en el centro del conflicto familiar y que quedaron atrapadas por una violencia que no distinguió edades. En la crónica de un tiroteo, los números pueden sonar fríos; detrás de cada cifra hay una cama de hospital, una familia esperando y médicos peleando por estabilizar vidas.
El caso también abre preguntas sobre seguridad, armas y respuesta institucional en zonas marcadas por conflictos previos. Pero esas preguntas no deben tapar el primer dolor: dos padres fueron asesinados presuntamente por su propio hijo y un bebé quedó entre la vida y la muerte. Todo lo demás deberá ordenarse después, cuando los informes y las declaraciones permitan mirar la secuencia completa.
El Canalillo despertó con una mezcla de miedo, rabia y estupor. Cuando una tragedia ocurre de noche, el amanecer trae otra clase de golpe: los vecinos vuelven a mirar la calle, los coches, los portales, y entienden que lo ocurrido no fue un ruido aislado. Fue una fractura real en el lugar donde viven, una historia que ya no podrán separar de su memoria cotidiana.
La investigación tendrá que fijar el recorrido exacto del detenido, los disparos efectuados, la posición de cada víctima y el estado del arma. También deberá precisar qué pasó entre la muerte de los padres y la entrega del sospechoso en la Policía Local. Cada tramo importa porque la noche dejó demasiadas víctimas para aceptar una versión simple o incompleta.
El Ejido queda ahora con una imagen difícil de borrar: un coche con impactos de bala, dos padres muertos, dos niños en la UCI y una madrugada que terminó con un joven entregándose después de destruir a su propia familia. La justicia deberá poner orden en los hechos; para quienes quedaron alrededor, la herida ya empezó antes de que pudiera salir el sol.
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