Iyán Fariña: la tarde en Salinas en la que el mar se llevó su rastro


La frase quedó suspendida con una crueldad difícil de explicar: “no me metía muy dentro del agua”. Iyán Fariña Rodríguez se lo había dicho a su entorno antes de que la playa de Salinas, un lugar habitual para él y sus amigos, se convirtiera en el escenario de una búsqueda desesperada. Tenía 19 años, era avilesino, y aquella tarde de calor terminó borrando su rastro en el Cantábrico.

El lunes 25 de mayo, hacia las 19:46 horas, el 112 Asturias recibió el aviso. Varias llamadas alertaban de que cuatro personas tenían problemas para salir del agua por las corrientes en la playa de Salinas, en el concejo de Castrillón. Tres lograron alcanzar la orilla con ayuda de otras personas. A Iyán, en cambio, se le perdió de vista cuando la tarde empezaba a girar hacia la noche.

La escena ocurrió a la altura de Los Gauzones, una zona de un arenal que él frecuentaba con normalidad. Salinas no era un lugar extraño en su vida, sino un punto de encuentro conocido para muchos jóvenes de la comarca. Precisamente por eso el golpe fue más desconcertante: no era una excursión remota ni un sitio ajeno, sino una playa cercana, familiar, convertida de pronto en una frontera imposible.

En las primeras horas, quienes estaban allí intentaron ayudar como pudieron. Un socorrista fuera de servicio y varios surfistas participaron en el rescate de los jóvenes que sí consiguieron salir. La diferencia entre ellos y Iyán fue cuestión de segundos, de corriente, de distancia y de una mar que esa tarde no permitió margen. Lo que empezó como un baño acabó en una desaparición abierta ante decenas de miradas.

La búsqueda se activó de inmediato, pero la noche complicó cada movimiento. Bomberos de Asturias rastrearon el arenal entre La Peñona y el espigón de la bocana del puerto. La Unidad Canina trabajó hasta la medianoche y la Unidad de Drones se mantuvo operativa hasta la pleamar. Las tormentas, con fuerte aparato eléctrico, hicieron todavía más difícil seguir peinando la zona por tierra.

Al amanecer del martes, el operativo volvió a desplegarse con más recursos y una angustia que ya se había instalado en el paseo. La zona de búsqueda pasó de unos cinco kilómetros iniciales a nueve. Sobre el litoral trabajaban helicópteros de Salvamento Marítimo y Guardia Civil, mientras se sumaban equipos del SEPA, drones, embarcaciones y personal preparado para revisar cada tramo posible entre playa, mar y costa.

La familia de Iyán siguió las labores desde Salinas, a pie de playa, con esa mezcla de esperanza y miedo que solo existe cuando todavía no hay una respuesta. Su primo Yeray Jiménez lo describió como un guaje muy precavido, alguien que no solía adentrarse mar adentro y que siempre había tenido cuidado. Esa imagen chocaba de frente con la idea de que una corriente lo hubiera arrastrado hasta hacerlo desaparecer.

Iyán era natural de Valliniello y vivía con su madre en el barrio avilesino de La Magdalena. En su entorno lo recuerdan como un joven tranquilo, reservado y querido, de esos que no necesitan hacer ruido para dejar presencia. Había estudiado en el Colegio Público Palacio Valdés y, como tantos chicos de su edad, estaba en una etapa de decisiones, pensando qué camino tomar y qué futuro construir.

También había tenido un vínculo temprano con el deporte. De niño jugó en las categorías inferiores del Real Avilés Industrial, con los dorsales 8 y 19, dentro de una generación que dio sus primeros pasos futbolísticos bajo el escudo blanquiazul. Más tarde, su círculo de amistades quedó ligado a Salinas y también a gimnasios de artes marciales de la zona, un grupo unido que ahora espera noticias junto a su familia.

La imagen que dibujan quienes lo conocen no encaja con la imprudencia fácil. Hablan de un chico sereno, tímido, amante de la música, de caminar y de moverse por lugares que sentía propios. Ese detalle importa porque ayuda a entender la dimensión humana del caso: detrás de la palabra “bañista” hay un nombre, una madre, unos abuelos, amigos, rutinas y planes que quedaron congelados en una tarde de mayo.

La playa de Salinas estaba muy concurrida por las altas temperaturas. Muchos habían buscado alivio en el agua del Cantábrico, sin que el calendario de verano estuviera plenamente instalado. El suceso reabrió una pregunta incómoda sobre los arenales que se llenan antes de junio, cuando todavía no funciona el servicio ordinario de socorrismo. En ese hueco entre calor, afluencia y corrientes, la tragedia encontró espacio.

El mar tiene una forma especialmente cruel de alargar las horas. En una carretera hay huellas, cámaras, testigos que delimitan un punto. En el agua, cada minuto ensancha el territorio de la incertidumbre. Por eso la búsqueda de Iyán no se concentra solo en el lugar donde desapareció, sino en una franja mayor, marcada por mareas, viento, visibilidad y la posibilidad de que la corriente haya desplazado cualquier rastro.

Para su familia, cada detalle pesa. La hora del aviso, el punto de Los Gauzones, los tres jóvenes que consiguieron salir, el socorrista fuera de servicio, los surfistas, los helicópteros, los drones, el paseo lleno de conocidos. Todo forma una secuencia que intenta ordenar lo imposible. Mientras no aparece una respuesta, el pensamiento vuelve una y otra vez a la misma frase: él decía que no se metía muy dentro.

Salinas, que para Iyán era un lugar cotidiano, quedó convertida en un mapa de espera. La escalera, el paseo, la línea de espuma y el horizonte pasaron a ser referencias de una búsqueda que no solo movilizó a equipos de emergencia, sino también a vecinos y allegados. Cuando alguien desaparece en el mar, la comunidad aprende a mirar distinto: cada ola parece traer una posibilidad y cada silencio devuelve el miedo.

El caso mantiene en vilo a Avilés y Castrillón porque toca una escena reconocible para cualquiera: una tarde de calor, amigos en la playa, un baño que parece normal y una corriente que rompe la confianza en segundos. Iyán tenía 19 años, una vida aún por definir y una familia que lo esperaba de vuelta. Esa edad hace que la desaparición duela de otra manera, como si el futuro se hubiera quedado detenido en la orilla.

La búsqueda de Iyán Fariña continúa como una carrera contra el tiempo y contra la incertidumbre del mar. Lo último que queda no es una gran escena, sino una suma de gestos pequeños: un joven prudente, una playa conocida, una corriente que arrastra, tres personas que salen y una cuarta que desaparece. En Salinas, el Cantábrico dejó una pregunta abierta donde antes había una tarde cualquiera.

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