MV Hondius: El Crucero Varado Por Hantavirus Frente A Cabo Verde


El MV Hondius salió de Ushuaia el 1 de abril de 2026 como uno de esos cruceros que prometen hielo, océano abierto y paisajes imposibles antes de llegar a Canarias. Semanas después, el viaje quedó reducido a una imagen muy distinta: un buque parado frente a Cabo Verde, pasajeros dentro de sus camarotes y una alerta internacional por hantavirus.

A bordo viajaban 147 personas entre pasajeros y tripulación, de 23 nacionalidades. Entre ellas había 14 españoles: 13 pasajeros y un miembro de la tripulación. El barco, de bandera neerlandesa y operado por Oceanwide Expeditions, había cruzado el Atlántico Sur después de pasar por territorios remotos como la Antártida, Georgia del Sur, Tristán da Cunha, Santa Elena y Ascensión.

El primer detalle que ahora pesa sobre toda la travesía apareció el 6 de abril, cuando un pasajero adulto empezó con fiebre, dolor de cabeza y diarrea leve. Cinco días después, el 11 de abril, su estado respiratorio empeoró de forma brusca y murió a bordo. En ese momento no hubo una prueba microbiológica que pudiera explicar con claridad qué lo había matado.

El cuerpo fue desembarcado el 24 de abril en Santa Elena, acompañado por su esposa, que también había empezado con síntomas gastrointestinales. La mujer siguió viaje hacia Sudáfrica para los trámites de repatriación, pero se deterioró durante el traslado a Johannesburgo y murió el 26 de abril al llegar a urgencias. El 4 de mayo, una PCR confirmó en ella infección por hantavirus.

Mientras esa segunda muerte se conocía fuera del barco, otro pasajero ya había acudido al médico del MV Hondius el 24 de abril con fiebre, falta de aire y signos de neumonía. El 27 de abril tuvo que ser evacuado desde Ascensión a Sudáfrica. Quedó ingresado en una UCI de Johannesburgo, en estado crítico, y las pruebas confirmaron también infección por hantavirus.

El 2 de mayo llegó otro golpe: una pasajera adulta, con cuadro de neumonía y malestar iniciado el 28 de abril, murió en el barco. Para entonces, lo que al principio parecía una sucesión confusa de enfermedades respiratorias ya había tomado forma de brote. Ese mismo día se notificó la situación a la Organización Mundial de la Salud.

El balance que quedó sobre la mesa el 4 de mayo era inquietante: siete casos entre confirmados y sospechosos, tres muertes, un paciente crítico y tres personas con síntomas más leves. La enfermedad se movía con una secuencia de fiebre, molestias gastrointestinales, neumonía, dificultad respiratoria aguda y shock. En un crucero lejos de puerto seguro, cada síntoma nuevo pesaba el doble.

El hantavirus no suele ser un enemigo de cubierta ni de camarote. Es una familia de virus asociada sobre todo al contacto con orina, heces o saliva de roedores infectados, o con superficies contaminadas. La pregunta que ahora sostiene la investigación es dónde ocurrió la exposición: si antes de embarcar, durante alguna escala remota o en algún punto todavía no identificado del propio viaje.

La hipótesis resulta especialmente delicada porque algunos pasajeros habían viajado por Sudamérica antes de subir al barco. En esa región circulan variantes capaces de causar síndrome pulmonar por hantavirus, una enfermedad rara, pero grave. La transmisión entre personas es poco frecuente, aunque se ha descrito de forma limitada con el virus Andes, sobre todo entre contactos muy estrechos y prolongados.

Por eso el MV Hondius dejó de ser solo un barco en tránsito y se convirtió en una escena sanitaria cerrada. Los pasajeros fueron aconsejados a permanecer en sus cabinas siempre que fuera posible, mantener distancia física, vigilar síntomas y extremar la higiene. A bordo, el lujo de un crucero polar quedó reemplazado por instrucciones, mascarillas, limpieza ambiental y espera.

Cabo Verde, con el barco frente a Praia, quedó ante una decisión difícil: permitir el desembarco o proteger su salud pública mientras se coordinaban evacuaciones médicas. Las autoridades internacionales, junto con Países Bajos, Reino Unido, Sudáfrica, España y la propia OMS, empezaron a buscar una salida que no pusiera en riesgo ni a los enfermos ni a quienes estaban en tierra.

Canarias apareció entonces como posible destino para evaluar y gestionar a los pasajeros, con Las Palmas o Tenerife sobre la mesa. Pero la decisión no era simple. España insistió en que cualquier escala dependería de los datos epidemiológicos recogidos en Cabo Verde y de las garantías sanitarias. En el barco había españoles esperando una respuesta, pero también un brote que todavía estaba bajo estudio.

El origen seguía sin cerrarse. Las investigaciones incluían pruebas de laboratorio, secuenciación del virus, análisis epidemiológico, rastreo de contactos y toma de muestras adicionales. También se valoraban medidas de saneamiento del buque, porque un brote así obliga a mirar cada rincón: bodegas, áreas de servicio, ventilación, restos de roedores o cualquier exposición previa en tierra.

Lo más angustioso del caso no está solo en las cifras, sino en el tiempo suspendido. Una persona murió en el barco el 11 de abril; otra murió tras bajar en Santa Elena; otra falleció el 2 de mayo; un pasajero seguía en UCI en Johannesburgo. Entre una fecha y otra, los demás continuaron navegando sin saber si aquello era una tragedia aislada o el principio de algo mayor.

La OMS valoró el riesgo para la población general como bajo, y ese dato importa para no convertir el miedo en ruido. Pero bajo riesgo no significa ausencia de tragedia. En el MV Hondius, tres familias ya quedaron marcadas por un viaje que no terminó como debía, y más de un centenar de personas descubrieron que el océano puede volverse una sala de espera sin puertas.

La imagen final es la de un crucero detenido frente a Cabo Verde, con la ruta a Canarias interrumpida y una pregunta flotando sobre la cubierta: cómo un viaje diseñado para mirar el mundo desde la seguridad de un barco acabó convertido en una investigación sanitaria donde cada fiebre podía cambiarlo todo.

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