La tarde del viernes 1 de mayo de 2026, Maruja Miguéns Núñez salió de su casa en Portosín como tantas otras veces. Tenía 89 años, era vecina del entorno de Beneso, en Eiravedra, y aquel paseo habitual parecía uno más dentro de una rutina conocida por la familia y por el barrio. Pero esa vez no regresó.
Maruja era conocida en la zona como Maruja da Fidalga, un nombre de pueblo, de cercanía, de esos que explican mejor una vida que cualquier documento. Vivía en la parroquia de Goiáns, en el municipio coruñés de Porto do Son, y se movía por un paisaje de casas, parcelas, caminos y pequeños cursos de agua que formaban parte de su día a día.
La alarma empezó a crecer cuando pasaron las horas y no volvió a la vivienda familiar. Hacia las diez de la noche, el 112 Galicia tuvo constancia de la desaparición. La noche ya había caído sobre Portosín, y lo que podía haber sido un retraso empezó a convertirse en una búsqueda urgente por el entorno de la casa.
La Guardia Civil y el Grupo de Emerxencias Supramunicipal de Noia se sumaron a las primeras tareas de rastreo. También lo hicieron personas del entorno, vecinos que conocían los caminos, las fincas, las entradas estrechas y los puntos donde una mujer mayor podía desorientarse o caer sin que nadie la viera desde la carretera.
Durante la noche, el operativo no consiguió encontrarla. Esa falta de respuesta dejó a la familia suspendida entre la esperanza y el miedo. En casos así, cada hora pesa de una forma distinta: se revisan cunetas, muros, senderos, huertas, entradas de fincas y cualquier rincón donde el silencio pueda estar escondiendo una pista.
Al amanecer del sábado, la búsqueda se reanudó con más medios y más ojos. Se amplió el dispositivo y se incorporó la Unidade Operativa de Drones de la Axencia Galega de Emerxencias. La posibilidad de usar un helicóptero llegó a barajarse, aunque la lluvia y la niebla dificultaban la visibilidad en una zona donde el terreno ya era complicado.
El alcalde de Porto do Son, Luis Oujo, se desplazó al lugar mientras continuaban los trabajos. Personal municipal, Guardia Civil, GES de Noia y vecinos formaron un mismo frente alrededor de Eiravedra. No era una búsqueda anónima: se buscaba a una mujer reconocida en el lugar, alguien cuya ausencia se notaba en una comunidad pequeña.
El hallazgo llegó hacia el final de la mañana del sábado. Unos vecinos que participaban en el dispositivo encontraron el cuerpo sin vida de Maruja en un regato, a unos ochenta metros de su vivienda. Estaba muy cerca de casa, demasiado cerca para que el desenlace no resultara aún más doloroso.
El cuerpo apareció en el entorno de Beneso, en una zona de arroyo y maleza abundante. La imagen deja una sensación difícil de asumir: una mujer que había salido a caminar, una casa esperando su regreso y un pequeño curso de agua a menos de cien metros convertido en el punto final de la búsqueda.
Las primeras hipótesis apuntaron a que Maruja pudo caer al riachuelo y morir ahogada, aunque la causa exacta quedaba pendiente de la autopsia. Ese matiz importa, porque en medio del dolor también hay preguntas que solo pueden responder los análisis forenses y la reconstrucción completa de sus últimos movimientos.
Lo que sí se sabe es que el terreno no era sencillo. El propio alcalde señaló que el cuerpo se encontraba en una finca con mucha maleza y que los vecinos no se explicaban cómo pudo llegar hasta allí. En esos espacios rurales, un paso fuera del camino, una pérdida de equilibrio o una desorientación pueden bastar para que lo cercano se vuelva inaccesible.
Portosín vivió la búsqueda con la angustia de los lugares donde todos conocen a alguien que conoce a la familia. No era solo una noticia de sucesos, sino una preocupación compartida: una mujer mayor, una salida habitual, una noche sin respuestas y una mañana en la que cada vecino que se sumaba esperaba encontrarla con vida.
El desenlace convirtió el operativo en duelo. Las mismas personas que habían recorrido caminos para ayudar terminaron encontrando lo que nadie quería encontrar. A veces la tragedia no ocurre lejos ni en un escenario desconocido; ocurre al lado de casa, en un tramo que parecía familiar, en un sitio por el que quizá se había pasado muchas veces sin miedo.
La muerte de Maruja deja también una advertencia silenciosa sobre la fragilidad de las rutinas. Lo que para una persona mayor puede ser un paseo de siempre, para su familia puede convertirse en una cuenta atrás cuando cae la noche. En pueblos y parroquias, esa vigilancia afectiva muchas veces depende de detalles mínimos: una hora, una llamada, una puerta que no se abre.
Nada devuelve a Maruja a su casa de Eiravedra ni borra la imagen del regato donde fue hallada. Pero su historia queda unida a la respuesta de quienes salieron a buscarla: familiares, vecinos, emergencias y agentes que no dejaron que su ausencia pasara inadvertida. En esa movilización hay dolor, pero también una forma de cuidado colectivo.
Maruja salió a pasear y el camino terminó a ochenta metros de casa. Esa distancia tan corta es, quizá, lo que más golpea: la tragedia no siempre necesita un lugar lejano para romper una vida. A veces basta un arroyo, un tramo de maleza y una tarde en la que alguien no vuelve a cruzar la puerta.
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