Steven Mattaboni salió al mar frente a la isla Rottnest, en Australia Occidental, para practicar pesca submarina con amigos. Tenía 38 años, una familia y una vida ligada al océano. La mañana del 16 de mayo de 2026, ese mismo mar que conocía y amaba se convirtió en el escenario de una muerte repentina.
El grupo se encontraba en la zona de Horseshoe Reef, cerca de Rottnest Island, una isla situada frente a Perth y conocida por sus playas, sus calas y su atractivo turístico. Era un lugar asociado al descanso y al agua clara, no a una escena de emergencia que acabaría movilizando a policía, paramédicos y patrullas marítimas.
Steven practicaba pesca submarina cuando fue atacado por un gran tiburón blanco. Según la información policial difundida, el animal medía alrededor de cuatro metros y lo mordió en ambas piernas. Él se encontraba en la superficie, a unos 20 metros de la embarcación en la que viajaba con sus amigos.
Esa distancia es una de las imágenes más duras del caso. Veinte metros pueden parecer nada desde tierra, pero en el agua, después de un ataque así, se vuelven interminables. Sus amigos presenciaron la escena y reaccionaron como pudieron: lo sacaron del mar, lo subieron a la embarcación y corrieron hacia el muelle más cercano.
La carrera contra el tiempo continuó en tierra. Quienes estaban con él intentaron ayudarlo y los servicios de emergencia trabajaron durante aproximadamente media hora para reanimarlo. La magnitud de las heridas hizo imposible salvarlo. Steven murió en un lugar donde hasta unos minutos antes todo formaba parte de una salida entre amigos.
La policía describió la escena como horrífica para todos los implicados. No era solo una frase de protocolo: sus amigos habían visto el ataque, habían sostenido el cuerpo herido y habían esperado una respuesta que no llegó. En tragedias así, los testigos también quedan atrapados en una imagen que difícilmente se borra.
La víctima fue identificada después como Steven Mattaboni, un hombre de Perth recordado por su familia como un padre dedicado y una persona profundamente vinculada al océano. Su esposa lo describió como un caballero único. Le sobreviven dos hijas pequeñas, una de ellas de apenas cuatro meses, un dato que vuelve aún más cruel la pérdida.
El caso golpeó porque no ocurrió en una playa remota e ignorada, sino cerca de uno de los destinos más conocidos de Australia Occidental. Rottnest Island recibe turistas, familias y amantes del mar. Su imagen habitual es la de ferris, arena blanca y quokkas; aquel sábado quedó atravesada por una muerte que alteró toda esa postal.
Tras el ataque, las autoridades mantuvieron patrullas marítimas y pidieron a residentes y visitantes evitar la zona donde ocurrió la agresión. Las playas de la isla permanecieron abiertas, aunque la advertencia bastó para cambiar el ánimo del lugar. El peligro no estaba en la orilla, pero la noticia viajó rápido entre quienes estaban allí.
Surf Life Saving WA informó al día siguiente del avistamiento de un tiburón blanco a unos 80 metros de la costa. Ese dato alimentó la inquietud sin resolver del todo la pregunta central: si era el mismo animal, si seguía cerca o si el mar simplemente recordaba que allí conviven turistas, pescadores y depredadores imposibles de controlar.
Australia conoce bien el miedo a los tiburones, pero cada ataque mortal vuelve a abrir una herida pública. En este caso, la víctima practicaba pesca submarina, una actividad que coloca al buceador dentro del territorio de caza y cerca de peces heridos o capturados. Aun así, ninguna explicación técnica reduce el impacto humano del desenlace.
La isla Rottnest está a unos 31 kilómetros al oeste de Perth y forma parte de la memoria turística de la región. Para muchos, es un sitio de excursiones, fotografías y agua transparente. Para la familia de Steven, desde ahora será también el nombre del lugar donde una mañana común se quebró sin aviso.
Los ataques de tiburón son estadísticamente raros, pero su violencia deja una marca desproporcionada. No hay preparación emocional para imaginar a alguien a pocos metros de un barco, rodeado de amigos, y de pronto fuera del alcance de cualquier rescate eficaz. La muerte llega en segundos; el duelo queda para años.
La tragedia también recordó otros incidentes recientes en Australia, incluido el fallecimiento de un niño de 12 años hospitalizado tras otro ataque en Sídney. Cada caso es distinto, pero todos alimentan la misma mezcla de fascinación y terror: el mar como lugar de libertad y, al mismo tiempo, como espacio donde el ser humano no manda.
Recordar a Steven solo como víctima de un tiburón sería quedarse en la superficie del horror. También fue esposo, padre de dos niñas y amante del océano. Esa contradicción es lo que más duele: murió en el mismo entorno que formaba parte de su vida, no por imprudencia evidente, sino por una coincidencia fatal en el agua.
En Horseshoe Reef, el mar volvió a cerrar después de la emergencia, como si nada hubiera pasado. Pero para quienes lo conocían, para sus amigos y para su familia, esa mañana quedó fija para siempre. Un barco, veinte metros de distancia, un tiburón blanco y una vida que no regresó a la costa.
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