Carmen Teresa Navas no buscaba una explicación política: buscaba a su hijo. Durante 16 meses caminó entre cárceles, fiscalías, juzgados y oficinas del Estado venezolano preguntando por Víctor Hugo Quero Navas. La respuesta, una y otra vez, fue el silencio, la negación o una promesa que no llegaba nunca.
Víctor Hugo Quero, de 51 años, fue detenido a comienzos de enero de 2025. Organizaciones de derechos humanos lo identificaron como preso político y denunciaron que su caso quedó atrapado en una zona oscura: no había información clara sobre su paradero, no había contacto familiar y no había una respuesta verificable para la mujer que lo buscaba.
La verdad oficial apareció demasiado tarde. En mayo de 2026, el Ministerio para el Servicio Penitenciario reconoció que Quero había estado recluido en El Rodeo I, que fue trasladado al Hospital Militar Dr. Carlos Arvelo el 15 de julio de 2025 y que murió el 24 de julio de ese año por una supuesta insuficiencia respiratoria aguda secundaria a tromboembolismo pulmonar.
El dato que convirtió el caso en una herida nacional fue otro: Víctor Hugo llevaba casi nueve meses muerto cuando su madre recibió la confirmación. Según la versión oficial, fue enterrado el 30 de julio de 2025. Carmen, mientras tanto, siguió buscando a un hijo que ya estaba bajo tierra, sin que nadie le hubiera informado formalmente su muerte.
Las autoridades alegaron que el detenido no había suministrado datos sobre vínculos familiares y que ningún pariente se presentó a solicitar una visita formal. Pero esa explicación chocó de frente con la historia pública de Carmen Navas, que había acudido repetidamente a organismos del Estado y a centros penitenciarios para exigir información sobre su hijo.
Alfredo Romero, de Foro Penal, afirmó que Carmen fue muchas veces a El Rodeo I y que allí le negaban el paradero de Víctor Hugo. Otros defensores de derechos humanos señalaron que el caso mostraba el patrón más cruel de una desaparición forzada: no solo se priva a una persona de libertad, también se castiga a la familia con incertidumbre calculada.
La contradicción más grave apareció en la cronología. El País reconstruyó que en octubre de 2025, tres meses después de la muerte reconocida por el propio gobierno, un acta de la Defensoría indicaba que Víctor Hugo se encontraba recluido en El Rodeo I y que se le imputaban delitos como traición a la patria, conspiración y terrorismo. Si ya había muerto, alguien seguía escribiendo como si estuviera vivo.
Esa inconsistencia resume el horror del caso. Una madre pedía saber dónde estaba su hijo; un organismo decía que seguía preso; un ministerio terminó admitiendo que había muerto meses antes. La pregunta ya no era solo cómo murió Víctor Hugo Quero, sino por qué el Estado mantuvo a Carmen Navas dentro de una búsqueda imposible.
El cuerpo también abrió nuevas dudas. La madre fue llevada al cementerio donde supuestamente estaba enterrado su hijo, en una tumba señalada de forma precaria. La familia pidió verificación científica y se practicó una exhumación para confirmar la identidad. Antes incluso de llorarlo con certeza, Carmen tuvo que pedir pruebas para saber si esos restos eran de verdad los de Víctor Hugo.
Cuando por fin pudo hablar, lo hizo desde el dolor más simple y devastador: dijo que le habían matado a su hijo, que nunca la dejaron verlo y que el dolor de una madre no lo supera nadie. También pidió saber en qué momento murió y quiénes debían responder por la atención que supuestamente recibió bajo custodia.
La indignación no quedó dentro de Venezuela. Asociaciones venezolanas en España condenaron lo que llamaron el asesinato de Víctor Hugo Quero y exigieron una investigación independiente, transparente e imparcial. También denunciaron que ocultar durante meses la muerte de un detenido constituye una forma de crueldad institucional contra la familia.
El Grupo de Trabajo sobre las Desapariciones Forzadas o Involuntarias de la ONU fue aún más directo al señalar su preocupación por la desaparición y posterior muerte bajo custodia. El organismo pidió pruebas forenses independientes, identificación adecuada del cuerpo, restitución digna a la familia y una investigación pronta, exhaustiva e imparcial.
La ONU también subrayó algo esencial: las autoridades conocían la búsqueda emprendida por la madre y aun así no le permitieron ver a su hijo ni le informaron de su fallecimiento. En un caso así, el sufrimiento no es un daño colateral; es parte de la violencia que produce la ocultación del paradero de una persona desaparecida.
Víctor Hugo Quero fue acusado por el Estado de delitos graves, pero su historia pública terminó marcada menos por un expediente penal que por una ausencia. La detención, la incomunicación, la muerte bajo custodia, el entierro sin aviso y las versiones contradictorias construyeron una secuencia que las ONG y líderes opositores describen como desaparición forzada seguida de encubrimiento.
Para Carmen Navas, cada oficina visitada y cada puerta cerrada añadieron una capa de tortura psicológica. No saber si un hijo está vivo o muerto rompe la vida diaria de una madre; saber después que el Estado tenía una respuesta desde hacía meses transforma esa incertidumbre en una forma de crueldad difícil de medir.
El caso de Víctor Hugo Quero no termina con una tumba ni con un comunicado oficial. Termina, por ahora, con una madre que tuvo que arrancarle al poder la noticia más dolorosa, y con una pregunta que sigue abierta: quién decidió esconder la muerte de un detenido y condenar a Carmen Teresa Navas a buscar, durante meses, a un hijo que ya no podía volver.

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