El mamotreto de Añaza volvió a imponerse sobre una familia el 18 de julio de 2026. Matías, de 27 años, murió tras precipitarse al vacío desde ese edificio abandonado de la costa de Santa Cruz de Tenerife, una mole inacabada que lleva décadas acumulando ruina, accesos prohibidos y tragedias.
Su madre, Xiomara, llegó después del golpe con una tarea insoportable: enterrar a su hijo, recoger sus cenizas y entender cómo aquel lugar seguía abierto, expuesto y disponible para otra caída. Desde entonces ha convertido el duelo en una exigencia concreta: que el edificio sea derribado de una vez.
La secuencia conocida sitúa el desenlace en la tarde del sábado 18 de julio. Según el relato difundido sobre el caso, Matías atravesaba una depresión ligada a una ruptura sentimental y ese mismo día había sufrido una recaída después de ver en redes sociales imágenes de su expareja con otra persona.
Horas antes de morir había hablado con su madre. Xiomara reside en el País Vasco y su hijo vivía solo en Bajamar, pero mantenían contacto y ella sabía que estaba en tratamiento. Esa mañana, según su testimonio, nada hacía pensar con claridad en un desenlace inmediato, aunque el malestar seguía ahí, latiendo por debajo.
Cuando dejó de responder al teléfono, la inquietud se convirtió en vacío. Después llegó la confirmación de que se había desplazado en coche hasta la zona de Añaza y había entrado en el edificio abandonado, un recinto cuyo acceso está prohibido pero cuya presencia lleva años funcionando como una amenaza conocida en el litoral tinerfeño.
La dimensión del lugar pesa también en la historia. El mamotreto de Añaza no es una ruina cualquiera, sino una estructura inacabada que domina el paisaje desde hace más de medio siglo y que arrastra un historial oscuro de accidentes, intrusiones y muertes, hasta el punto de haberse convertido en un símbolo del abandono institucional.
La muerte de Matías no llegó en un vacío informativo. El 17 de julio, un día antes, los servicios de emergencia habían intervenido en el mismo edificio para evacuar a un joven que había accedido con intención de autolesionarse. La rápida actuación evitó entonces el final, pero dejó otra vez a la vista el riesgo permanente del recinto.
Ese contraste es brutal: un rescate el viernes, una muerte el sábado. En apenas veinticuatro horas, el edificio volvió a situarse en el centro de una alarma que ya no puede presentarse como episodio aislado. La repetición ha convertido cada nuevo caso en una acusación silenciosa contra la inacción.
Xiomara no está hablando solo de su hijo. Su petición nace de una certeza dolorosa: mientras la estructura siga en pie y siga siendo accesible, otras personas en situación límite podrán verla como un último lugar. Por eso insiste en que ninguna otra familia debería atravesar el mismo recorrido de llamada sin respuesta, viaje urgente y confirmación final.
Derribar el edificio no borraría la depresión, el sufrimiento ni la complejidad que rodea a cada suicidio. Pero sí eliminaría un escenario concreto asociado una y otra vez al mismo desenlace, un punto negro que en Tenerife lleva demasiado tiempo acumulando advertencias sin cierre material.
La historia de Matías también expone la violencia lenta de ciertas recaídas. No hubo una desaparición de días ni una cadena larga de incógnitas; hubo unas horas. Una conversación por la mañana, silencio por la tarde y un trayecto final hacia un lugar que ya estaba señalado por su peligro mucho antes de que él llegara allí.
En el centro de todo queda una madre rota y, al mismo tiempo, firme. Xiomara ha explicado que sabe que una demolición exige trámites, permisos y tiempos administrativos, pero ya no acepta esa lentitud como respuesta suficiente cuando el precio se mide en vidas perdidas y familias destrozadas.
Contar este caso obliga a no reducirlo a una imagen de vértigo o a una ruina famosa. Matías tenía 27 años, estaba en tratamiento y atravesaba un momento de fragilidad extrema. Su muerte no es una postal del abandono urbano, sino una pérdida concreta con nombre, edad, contexto y una madre intentando impedir que el patrón se repita.
El mamotreto de Añaza sigue en pie, visible desde la costa como si el tiempo no hubiera pasado por él. Pero para Xiomara el tiempo se partió el 18 de julio de 2026, y desde esa fecha cada día que el edificio continúa intacto pesa como una pregunta insoportable: cuántas señales más harán falta antes de que alguien lo derribe.
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