La sala volvió a escuchar una frase que pesa como una losa. Dos policías declararon este jueves en la Audiencia Provincial de Pontevedra que el acusado de quemar a su expareja en Vigo se identificó ante ellos en el momento del arresto con una confesión seca, inmediata y brutal.
Según relataron, todo ocurrió después de que fueran alertados de que una mujer había sido atacada en la parroquia viguesa de Valladares en septiembre de 2024. Ya tenían el nombre del sospechoso y una imagen para localizarlo cuando un coche se cruzó en su camino y les hizo señas para que se detuvieran.
El conductor les dijo que su primo lo había llamado porque acababa de hacer algo grave. Instantes después, el procesado salió del vehículo en el asiento del copiloto y, siempre según los agentes, soltó la frase que ahora centra buena parte del juicio: era el hombre al que estaban buscando y admitía haber prendido fuego a su expareja.
Los policías añadieron que llevaba una botella de cerveza en la mano y que no dejaba de mirar sus armas reglamentarias. Aseguraron también que llegó a pedirles que le dispararan o que le entregaran una pistola para hacerlo él mismo, una escena que dibuja un arresto tan violento como inestable.
Cuando se negaron, uno de los agentes explicó que el acusado se abalanzó sobre ellos y tuvo que ser reducido antes de ser trasladado a comisaría. Allí mantuvo una actitud colaboradora, aunque finalmente se acogió a su derecho a no declarar una vez estuvo ante dependencias policiales.
La vista oral no se ha detenido solo en esa supuesta confesión. Peritos y forenses expusieron que se hallaron restos de gasolina en la ropa de la víctima, en la del procesado y en una botella localizada en el lugar de los hechos, un rastro que refuerza la secuencia del ataque que se juzga.
También declararon personas que estuvieron con el acusado después de los hechos y coincidieron en un detalle difícil de borrar: el fuerte olor a combustible. Ese dato, repetido por distintos testimonios, enlaza el cuerpo del procesado con la escena de una agresión que la acusación presenta como un intento deliberado de matar.
La mujer atacada arrastra todavía las consecuencias de aquella mañana. Las médicas que la han evaluado hablaron de unas diez intervenciones quirúrgicas y de lesiones que la incapacitan para llevar una vida normal en el plano laboral, social y personal, incluso casi dos años después.
Los informes describen además un sufrimiento psíquico grave y un profundo rechazo a su propio cuerpo por la cantidad de cicatrices que le dejaron las quemaduras. A eso se suman secuelas físicas persistentes, entre ellas problemas en una mano que le impiden agarrar objetos con normalidad.
Las especialistas subrayaron un punto especialmente duro: antes del ataque no constaban antecedentes psiquiátricos en la víctima. Por eso atribuyen de forma directa a lo ocurrido su situación psicológica actual, cerrando el paso a cualquier intento de presentar ese daño como previo o ajeno a la agresión.
La Fiscalía mantiene una petición de casi 22 años de cárcel por varios delitos y sostiene que el objetivo del acusado era acabar con la vida de su expareja de la forma más salvaje posible. El Ministerio público rechaza además que pueda apreciarse un verdadero arrepentimiento por el simple hecho de que acabara siendo detenido.
La acusación particular eleva aún más la respuesta penal que reclama y sostiene que no existe atenuante ni por confesión ni por una supuesta intoxicación. En esa línea, se recuerda que ni los policías ni la camarera que lo atendió después de los hechos dijeron haberlo visto claramente bajo los efectos del alcohol u otras drogas.
La defensa, por su parte, busca la absolución apoyándose en una alteración psíquica y en la drogadicción, además de negar algunos de los delitos que se le atribuyen. También ha intentado sostener que hubo una entrega voluntaria, pero la acusación insiste en que ya estaba siendo buscado cuando fue localizado.
El juicio ha quedado visto para sentencia, pero el caso ya deja una imagen difícil de apartar: una mujer marcada por quemaduras de segundo y tercer grado, una vida partida en operaciones y secuelas, y una confesión pronunciada en la carretera que ahora resuena en la sala como prueba y como espanto.
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