En Málaga, la protesta no arrancó con pancartas ni gritos, sino con cubos, fregonas y escobas golpeando la imagen de unas calles que los vecinos dicen soportar sucias desde hace demasiado tiempo.
La escena se concentró en el distrito de Bailén-Miraflores, donde residentes de Camino Suárez, Victoria Eugenia, La Bresca, Arroyo de los Ángeles y Miraflores volvieron a salir para limpiar por su cuenta lo que consideran un abandono sostenido.
La acción fue impulsada por la asociación vecinal Proyecto Dignidad para Miraflores de los Ángeles, que ya encadenaba tres jornadas de limpieza protesta para convertir la suciedad cotidiana en una denuncia visible.
Según el relato vecinal, en esas cinco barriadas viven más de 23.000 personas, y la queja no se limita a una calle concreta, sino a una sensación de degradación extendida que describen como una mezcla persistente de basura, manchas incrustadas y mugre.
Uno de los puntos señalados fue una zona de Victoria Eugenia donde coinciden varios comercios de alimentación, un espacio que los residentes presentaron como ejemplo de un problema mayor que, a su juicio, se repite en muchas otras calles del distrito.
El portavoz Miguel Jiménez sostuvo que el servicio no solo no ha mejorado, sino que ha retrocedido respecto a hace diez o quince años, al asegurar que antes se baldeaba con jabón y ahora el agua apenas aparece.
Los vecinos afirman que las máquinas fregadoras pasan por una parte mínima del entramado del barrio y que hay suelos con manchas negras acumuladas desde hace años, una imagen que ha terminado empujando a la gente a sacar los útiles domésticos a la vía pública.
También denuncian una falta de medios técnicos suficientes, desde cubas de agua pequeñas hasta una planificación que consideran ineficaz, porque obliga a interrumpir continuamente el trabajo de limpieza y deja zonas enteras sin atención real.
Otra de las acusaciones más duras apunta al reparto de recursos, ya que la asociación sostiene que el Ayuntamiento prioriza las áreas turísticas del centro y la costa mientras los barrios obreros quedan relegados a un segundo plano.
Ese malestar se agrava, según la protesta, por el crecimiento de la presión urbana en Málaga durante la última década, con más habitantes, más visitantes y una demanda de limpieza que los residentes consideran incompatible con el servicio que reciben.
Como salida, el colectivo reclama más personal, más maquinaria útil y una reorganización del sistema, además de plantear una tasa ligada a los alquileres turísticos para compensar el impacto añadido que, aseguran, sufre la ciudad en limpieza.
La movilización actual no surge de la nada: los propios vecinos recuerdan que ya el año pasado habían recurrido a limpiar plazas y calles como forma de protesta, convencidos de que el deterioro no solo continúa, sino que se ha ido agravando.
Desde otras coberturas del mismo conflicto también quedó reflejado el choque político alrededor de la suciedad en estos barrios, con reproches cruzados entre responsables municipales y residentes sobre quién carga realmente con el peso del problema.
Al final, la imagen que queda no es la de una simple jornada de aseo improvisado, sino la de un vecindario que decidió convertir la limpieza en acusación pública, dejando al descubierto que, cuando un barrio se siente abandonado, hasta barrer puede sonar a grito.
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