La mañana del lunes dejó una escena devastadora en Palma, donde una mujer de 78 años fue hallada muerta en su casa después de llevar semanas sin que nadie supiera nada de ella.
El hallazgo se produjo en una vivienda situada en el número 10 de la calle Sant Damas, en la barriada de La Soledat, un punto al que acudieron los servicios de emergencia tras el aviso de los vecinos.
Las personas que vivían cerca llevaban aproximadamente un mes sin ver a la anciana y acabaron alertando a la Policía cuando la ausencia se volvió demasiado larga y del interior del domicilio empezó a salir un olor insoportable.
Cuando los agentes llegaron al lugar comprobaron que no podían acceder con normalidad a la vivienda y fue necesaria la intervención de los Bombers de Palma para abrir la puerta.
Dentro de la casa apareció el cuerpo de la mujer en avanzado estado de descomposición, una imagen que confirmó que la muerte no se había producido en las horas previas, sino mucho antes.
Las primeras comprobaciones realizadas en el inmueble no detectaron signos visibles de violencia sobre el cadáver, un dato que orientó desde el primer momento la investigación hacia una posible muerte por causas naturales.
Aun así, el protocolo judicial siguió su curso y el fallecimiento fue comunicado al juzgado de guardia para autorizar las diligencias necesarias en un caso con tanto tiempo transcurrido desde la muerte.
Una médica forense acudió al domicilio para certificar el deceso y ordenar el traslado del cuerpo al Instituto de Medicina Legal de Palma, donde debe practicarse la autopsia.
Ese examen será el que determine con precisión la fecha aproximada del fallecimiento y confirme si la anciana murió por una causa natural a mediados de junio, como apuntan las primeras estimaciones.
La intervención también quedó en manos del Grupo de Homicidios, no porque existan indicios firmes de criminalidad, sino porque en estos hallazgos resulta obligatorio reconstruir el contexto completo de la muerte.
La escena volvió a exponer una realidad áspera y repetida: personas mayores que mueren solas en sus casas y cuyo silencio solo se rompe cuando la ausencia se convierte en sospecha.
En este caso, la alarma no llegó por una llamada familiar inmediata ni por una revisión asistencial, sino por la vigilancia tardía de un vecindario que acabó notando que algo no encajaba.
La Soledat quedó marcada durante horas por la presencia policial, la entrada de los bomberos y la retirada del cuerpo, mientras el barrio intentaba asimilar cuánto tiempo llevaba esa muerte encerrada tras la puerta.
Lo que queda ahora es una casa abierta a destiempo, una investigación pendiente de autopsia y una mujer cuyo final pasó inadvertido durante casi un mes en plena ciudad.
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