La mañana del lunes 27 de julio estuvo a punto de romperse en tragedia en Puerto de la Cruz. Un turista de 26 años se lanzó al mar en la zona de El Penitente y acabó al borde del ahogo después de no encontrar la forma de regresar a tierra.
El episodio ocurrió en torno a las 11:00 horas en un punto del litoral situado junto al Ayuntamiento y la Plaza de Europa. Lo que empezó como un baño terminó convirtiéndose en una escena de tensión delante de varios testigos y de la pareja del joven.
Según la reconstrucción disponible, el bañista se arrojó desde el risco más alto del enclave e hizo una especie de pirueta antes de entrar en el agua. El salto salió bien, pero el verdadero problema apareció después, cuando trató de volver y el mar le cerró la salida.
El joven intentó alcanzar las escaleras de la zona, pero la fuerza del agua se lo impidió. Cada maniobra para aproximarse a tierra acabó en desgaste, y en pocos minutos empezó a mostrar señales claras de agotamiento y nerviosismo.
Algunos testigos aseguraron que estuvo a punto de hundirse varias veces. Ese detalle explica la gravedad real del momento: no se trataba de un simple susto en el agua, sino de una situación en la que la resistencia física del bañista estaba ya muy cerca del límite.
La alarma salió desde la orilla cuando quienes presenciaban la escena comprendieron que el joven ya no podía resolverla por sí solo. La cercanía de la Jefatura de la Policía Local resultó decisiva para que la respuesta llegara en cuestión de minutos.
Dos agentes acudieron al lugar y activaron un sistema de salvamento Oneup, un dispositivo de flotación unido a una cuerda que permite asistir a una persona en apuros y arrastrarla hacia una zona más segura. Ese recurso fue clave para evitar que el bañista terminara hundiéndose.
Los policías lograron que el turista se aferrara al flotador en medio del desgaste extremo. A partir de ahí lo fueron guiando hasta el punto donde se encuentran las escaleras, en una maniobra de precisión hecha contrarreloj y con el mar todavía empujando en contra.
Cuando por fin alcanzó la salida, el joven necesitó ayuda para mantenerse en pie. Había gastado casi toda su fuerza intentando mantenerse a flote y salir por sus propios medios, y el impacto físico de esos minutos le dejó sin capacidad para seguir caminando con normalidad.
Ya en tierra, tuvo que sentarse y acostarse para recuperarse del esfuerzo y del estrés acumulado. La escena dejó la imagen de una imprudencia que por muy poco no acabó en una muerte frente a una zona muy transitada del municipio.
La maniobra de rescate fue adelantada por Socorristas y Guardavidas del Puerto de la Cruz en sus redes, donde también se apuntó el uso del dispositivo de flotación. Ese detalle coincide con el contexto operativo conocido en ese tramo de costa, donde ya se han producido otros rescates de alta complejidad.
La zona de El Penitente no es un decorado inocente. En los últimos meses ya ha aparecido vinculada a intervenciones de emergencia en el litoral portuense, un dato que refuerza la idea de que cualquier salto al mar en ese punto puede convertirse en una trampa en segundos.
El caso vuelve a colocar el foco sobre una conducta tan antigua como peligrosa: lanzarse al agua confiando en que la vuelta será sencilla. En mar abierto, la entrada puede durar un instante, pero la salida depende de corrientes, fuerza física, puntos de apoyo y sangre fría.
Esta vez el desenlace no fue fatal porque hubo testigos, reacción inmediata y dos agentes a pocos metros de la escena. En Puerto de la Cruz queda la estampa de un rescate al límite y de un turista que estuvo varias veces a punto de desaparecer bajo el agua.
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