Sevilla: un interno del psiquiátrico penitenciario mata a dos compañeros de celda en una madrugada de horror


La madrugada del 13 de julio de 2026 dejó una escena devastadora en el Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Sevilla, donde dos internos aparecieron muertos dentro de la misma celda del módulo residencial número 3.

El presunto autor era el tercer ocupante de esa habitación, un interno de 26 años que, tras el ataque, permaneció en la cama hasta que los funcionarios descubrieron los cuerpos durante una ronda nocturna.

Uno de los fallecidos presentaba gravísimas lesiones en la cabeza, un rastro de violencia que apunta a una agresión brutal y concentrada en pocos minutos dentro de un espacio cerrado.

La otra víctima fue hallada asfixiada en la cama, una diferencia en la forma de morir que agrava la crudeza del caso y ensancha la investigación sobre la secuencia exacta del ataque.

Los intentos de reanimación no lograron salvar a ninguno de los dos hombres, y la escena obligó a activar de inmediato el protocolo judicial para el levantamiento de los cadáveres.

La Policía Científica y el grupo de homicidios asumieron las primeras diligencias, mientras la comisión judicial se desplazaba al centro para documentar el estado de la celda y fijar las primeras pruebas.

El presunto agresor fue trasladado al módulo de agudos poco después del hallazgo, una medida inmediata en un recinto donde conviven privación de libertad, enfermedad mental grave y un nivel de tensión constante.

Las informaciones conocidas durante la mañana situaron a las víctimas en un perfil muy concreto: un interno de 25 años natural de Las Palmas de Gran Canaria y otro hombre de 54 años vinculado a Sevilla capital.

La Subdelegación del Gobierno en Sevilla confirmó que la principal hipótesis manejada en esas primeras horas era el estrangulamiento en un caso y los fuertes golpes en el otro.

El crimen reabrió de golpe la discusión sobre la seguridad en los psiquiátricos penitenciarios españoles, donde la combinación de escasez de personal y patologías severas multiplica el riesgo cuando falla cualquier control.

Sindicatos de prisiones venían advirtiendo desde semanas antes del deterioro de estos centros, con plantillas tensadas, recursos insuficientes y un aumento sostenido de internos con trastornos mentales complejos.

Esa presión estructural convierte cada turno de noche en un punto ciego especialmente delicado, porque basta una ruptura mínima en la vigilancia para que una situación inestable termine en una catástrofe irreversible.

A medida que avanzaba el día, la investigación seguía centrada en reconstruir qué ocurrió dentro de la celda, cuánto tiempo duró la agresión y por qué nadie pudo frenarla antes del desenlace fatal.

Lo que queda al final es una imagen helada: dos hombres muertos en un recinto concebido para tratar y contener, y un sistema obligado a explicar cómo una madrugada terminó convertida en una doble muerte salvaje.

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