La tarde del domingo 26 de julio de 2026 se quebró en Seattle Center cuando una ráfaga de disparos atravesó el cierre del Bite of Seattle, uno de los festivales gastronómicos más concurridos de la ciudad, levantado junto al Space Needle.
Lo que hasta ese momento era un recinto lleno de familias, puestos de comida, vendedores y música se convirtió en segundos en una estampida de gritos, carreras y cuerpos buscando suelo o cualquier escondite posible.
El balance inicial dejó tres personas muertas y cuatro heridas, entre ellas un niño de 2 años, todos trasladados a hospitales mientras la zona era vaciada a la fuerza por decenas de agentes y equipos de emergencia.
Dos de las víctimas murieron en el propio lugar del ataque y una tercera falleció más tarde en el hospital, una secuencia que terminó de hundir el tono de una noche que había empezado como celebración pública.
La Policía sostuvo desde las primeras horas que el festival no parecía haber sido el objetivo directo, sino el escenario de un enfrentamiento armado entre personas concretas que acabó explotando en medio de una multitud atrapada.
Uno de los sospechosos fue detenido en el lugar, pero otro logró escapar, lo que abrió una cacería inmediata dentro y fuera del recinto mientras los agentes peinaban la zona sin lograr encontrarlo esa misma noche.
Las autoridades situaron el estallido de violencia alrededor de las seis de la tarde, justo en las últimas horas del evento, cuando la afluencia seguía siendo alta y la salida del público hacía todavía más vulnerable cualquier punto de fuga.
Testigos describieron una escena dominada por una cadena de detonaciones rápidas, con personas agachándose detrás de carpas, abandonando comida, bolsas y carritos, y corriendo sin saber de dónde venían exactamente las balas.
La presencia policial en el festival era amplia incluso antes del ataque, pero ni ese despliegue evitó que los disparos se abrieran paso entre la multitud ni que una parte del caos se extendiera durante la evacuación.
La gravedad del caso aumentó al confirmarse que entre los heridos había un menor de apenas dos años, un detalle que convirtió la tragedia en algo todavía más brutal por el tipo de espacio en el que ocurrió y por quiénes estaban allí.
Seattle Center, acostumbrado a recibir grandes actos culturales y familiares, quedó cercado por cintas policiales, vehículos de emergencia y una imagen de desconcierto que contrastaba con el carácter turístico y festivo del recinto.
En las horas posteriores, la investigación se centró en reconstruir la trayectoria de los tiradores, revisar cámaras, recoger vídeos de asistentes y determinar qué relación existía entre quienes abrieron fuego en medio del gentío.
La ciudad amaneció con la presión añadida de responder a una pregunta inmediata: cómo un evento masivo con seguridad visible terminó convertido en un escenario mortal bajo uno de los iconos más reconocibles de Seattle.
El resultado fue una clausura brutal para el Bite of Seattle: tres vidas perdidas, varios heridos, un niño alcanzado por la violencia y una segunda figura armada todavía ausente del mapa cuando la ciudad intentaba entender lo ocurrido.
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