Valeria Arango Trujillo ha salido de la Unidad de Cuidados Intensivos del Royal Perth Hospital después de casi tres semanas de ingreso por el grave accidente de tráfico que sufrió el 14 de julio en Australia.
La joven biotecnóloga de 22 años ya se encuentra en planta, un cambio que marca el primer avance clínico de peso desde que quedó en estado crítico tras el siniestro ocurrido en Perth.
Los médicos le han retirado por completo la sedación y también ha dejado atrás el respirador que necesitó durante la fase más delicada de su ingreso en cuidados intensivos.
A pesar de ese paso, Valeria sigue dormida y todavía no ha despertado, de modo que la mejoría convive con una incertidumbre que sigue siendo brutal para su familia.
En los últimos días ha empezado a realizar pequeños movimientos, entre ellos leves gestos con los párpados y una mano, señales que apuntan a una reactivación progresiva de la actividad cerebral.
Ese tipo de respuesta no despeja el pronóstico, pero sí introduce un cambio real en una evolución que hasta ahora estaba dominada por el coma inducido, la ventilación mecánica y la extrema gravedad.
Durante su estancia en la UCI fue necesario practicarle una traqueotomía y sostenerla con asistencia respiratoria, una muestra del alcance de las lesiones cerebrales que sufrió tras el impacto.
El cuadro médico sigue condicionado por una lesión axonal difusa, un daño severo que puede dejar secuelas profundas y que obliga a medir cada avance con prudencia, sin promesas ni plazos claros.
La familia espera además una reunión clave con el equipo médico, la trabajadora social y la responsable económica del hospital para saber si podrá acogerse a un programa de apoyo por lesiones catastróficas.
Esa decisión es crucial porque el drama sanitario continúa mezclado con la presión económica que arrastra el caso desde julio, cuando sus padres tuvieron que viajar de urgencia desde España hasta Australia.
Las campañas de ayuda abiertas por el entorno de Valeria siguen activas y ya han reunido más de 210.000 euros para afrontar gastos médicos, rehabilitación y la estancia de sus padres junto a ella.
Antes del accidente, la joven había construido un perfil marcado por la formación científica y la movilidad internacional, con estudios en Biotecnología y experiencia laboral previa en Nueva Zelanda.
Después se trasladó a Australia para continuar esa etapa en el extranjero, pero el viaje terminó convertido en una pesadilla suspendida entre una cama de hospital, un despertar incierto y una recuperación que se anuncia larga.
La salida de la UCI no cierra la historia ni garantiza un desenlace limpio, pero sí rompe por primera vez la sensación de inmovilidad total y deja a su familia aferrada a un progreso tan pequeño como decisivo.
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