La escena se fue recomponiendo a golpes. El coche no aparecía en superficie. Tres días después de la denuncia se localizó el kayak; al día siguiente, buzos y agentes confirmaron que el Opel Zafira yacía en el fondo del embalse, con una marcha engranada y una ventanilla bajada. Ese detalle —junto a la dispersión de objetos en el agua— fue clave para descartar un simple siniestro recreativo. La mecánica del hallazgo apuntaba, más bien, a una ocultación deliberada.
Pasaron 27 días hasta que el agua devolvió la verdad. A finales de septiembre emergieron los cuerpos: primero Marc, luego Paula, ambos desnudos. El informe forense estableció que Paula presentaba un disparo en la cabeza; sobre Marc, la degradación de los tejidos en el medio acuático impidió una certeza absoluta sobre la causa de la muerte, aunque los investigadores siempre manejaron la hipótesis del arma de fuego. Junto al cuerpo masculino se localizó una mochila lastrada con piedras, un recurso para mantener el cadáver sumergido. Todo esto cuadraba mucho menos con “accidente” y mucho más con “homicidio y ocultación”.
La autopsia introdujo un dato que heló a los Mossos d’Esquadra: las víctimas habrían estado fuera del agua entre 24 y 48 horas antes de su inmersión definitiva. Es decir, alguien gestionó tiempos y escenarios. La colocación de lastres, la maniobra con el coche y el estado del kayak indicaban intervención humana experta o, al menos, determinada. A partir de ahí, la investigación abandonó definitivamente la orilla del accidente y se adentró en la del crimen planificado.
Las miradas confluyeron en un nombre: Jordi Magentí Gamell, vecino de la zona, con antecedentes por un homicidio cometido en Colombia a finales de los 90. Las cámaras y testigos situaron su vehículo en el entorno del embalse en la ventana crítica. En febrero de 2018 fue detenido y enviado a prisión preventiva. Pero el caso, sin arma recuperada ni ADN incriminatorio directo, iba a exigir una aritmética probatoria de indicios muy fina.
En noviembre de 2018, la Audiencia de Girona revocó la prisión incondicional y dejó a Magentí en libertad provisional: seguía investigado, pero los jueces entendieron que el sumario no justificaba prolongar la cautelar más gravosa. Aquella decisión dejó a la familia con una sensación de vacío: el principal sospechoso en la calle y un rompecabezas sin pieza maestra. Desde entonces, la causa ha seguido avanzando a trompicones —con ampliaciones de diligencias y nuevas pericias— sin que, a fecha de hoy, se haya celebrado un juicio que cierre definitivamente la autoría.
El agua, entretanto, siguió entregando migas de pan. En enero de 2023, los GEAS y equipos de buceo localizaron bajo el embalse material compatible con el kayak y enseres de la pareja que no habían sido recuperados en 2017. Aunque no aportaron la “prueba de oro”, sí reforzaron el relato de manipulación del escenario y de una secuencia que no casa con un vuelco accidental.
La fotografía forense consolidada es nítida en lo esencial: pareja joven; llegada al Susqueda el 24 de agosto; elementos de acampada y kayak detectados en superficie; vehículo hundido con signos compatibles con una maniobra de ocultación; dos cadáveres desnudos que emergen un mes después; disparo en la cabeza de Paula; indicios de que los cuerpos estuvieron fuera del agua antes de ser sumergidos; lastre de piedras en el cuerpo masculino. Un hilo común: voluntad, tiempo y conocimiento del terreno.
Lo que falta —y explica la lentitud judicial— es el eslabón que una el dónde con el quién sin fisuras: el arma, una traza biológica, un testigo de cargo que no se desdiga. La zona es agreste, con accesos discretos y sin cobertura amplia; el embalse ha sido un cómplice silencioso que degradó evidencias y pospuso certezas. En paralelo, los movimientos del sospechoso, sus antecedentes, su posición en el lugar y las contradicciones detectadas constituyen un armazón indiciario potente, pero que todavía no ha cristalizado a prueba de jurado.
Ocho años después, el “caso Susqueda” es memoria y herida: flores en la orilla, una Opel Zafira rescatada con ventanillas bajadas que se convirtió en icono del expediente, y dos nombres —Paula y Marc— que la crónica no consigue pronunciar sin un nudo en la garganta. Vinieron buscando silencio y montaña; encontraron a alguien que decidió escribir su final en el agua. La justicia, todavía, sigue peleando por sacarlo a flote.
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