El 25 de noviembre de 2025, en Telde (Gran Canaria), un vecino mayor salió de casa y no regresó. Se llama Manuel S.M., tiene 86 años y, desde ese martes, su nombre se repite en boletines, redes sociales y grupos de WhatsApp de la isla. Lo que empezó como una ausencia preocupante se ha convertido, días después, en una desaparición inquietante: no ha vuelto a casa, no ha contactado con su familia y ninguna de las batidas organizadas hasta ahora ha dado con su rastro.
Las primeras alertas públicas llegaron a través de la organización SOS Desaparecidos, que lanzó una alerta urgente para localizarlo. En esa ficha, distribuida por medios y redes, se detallan sus rasgos físicos: mide entre 1,60 y 1,65 metros, complexión delgada, pelo canoso y ojos castaños. El día que desapareció vestía pantalón de deporte gris, sudadera negra y chanclas, y hay un dato que se repite en todos los avisos: presenta un hematoma visible en el rostro, algo clave para reconocerlo si alguien se cruza con él.
SOS Desaparecidos lo describe como una persona en “condición vulnerable”, una etiqueta que en estos casos suele englobar la edad avanzada y posibles problemas de salud física o cognitiva. No han trascendido diagnósticos médicos concretos, pero a nadie se le escapa que un hombre de 86 años, delgado, en chanclas y con un golpe en la cara, expuesto a la intemperie durante horas o días, está en una situación de riesgo extremo. Por eso, desde el primer momento, la alerta se ha tratado como una desaparición de alto riesgo.
Los medios locales han marcado la cronología con precisión: Manuel fue visto por última vez el martes 25 de noviembre en el municipio de Telde. La denuncia se presentó a primeras horas del día siguiente, y de inmediato se difundieron su fotografía y descripción por toda la isla. No se ha hecho público el punto exacto donde se perdió su pista; solo que se trata de una zona del término municipal, a partir de la cual se ha ido ampliando el círculo de búsqueda, desde áreas urbanas hasta tramos de barrancos y descampados.
En cuestión de horas, la desaparición dejó de ser solo una ficha en redes para convertirse en operativo sobre el terreno. La Policía Nacional, competente en la investigación, activó la alerta en toda Gran Canaria, mientras que el Ayuntamiento de Telde puso a disposición todos sus recursos municipales para colaborar. Tanto las autoridades como la propia familia han insistido en algo muy sencillo: cualquier detalle, por pequeño que parezca, puede ser la pieza que falta para reconstruir los últimos pasos de Manuel.
Desde el jueves posterior a la desaparición, el Consistorio ha desplegado un dispositivo municipal de búsqueda en el que participan la Policía Local, el equipo de Voluntarios de Protección Civil de Telde y la Unidad de Drones Unidron, adscrita al cuerpo policial. Esta unidad, especializada en rastreos aéreos, está sobrevolando zonas de difícil acceso, llenas de vegetación y poco tránsito, especialmente alrededor del lugar donde se le vio por última vez.
La tecnología de drones se ha convertido en los “ojos” que permiten revisar barrancos, laderas y parcelas privadas sin invadir propiedades ni poner en riesgo a los equipos en tierra. Desde el aire, Unidron busca rastros de movimiento, prendas de ropa, siluetas inmóviles que puedan coincidir con la descripción de Manuel. Cada vuelo genera vídeos y fotografías que luego se revisan con calma, escena a escena, en busca de algo que llame la atención. Hasta ahora, al menos públicamente, no se ha informado de ningún hallazgo concluyente.
En paralelo, el alcalde de Telde, Juan Antonio Peña, ha querido poner la parte humana por delante de los partes técnicos. Tanto en comunicados oficiales como en declaraciones recogidas por los medios, ha subrayado que el Ayuntamiento mantiene sus puertas abiertas a la familia y que seguirá acompañándola “en estos momentos tan complicados”, además de garantizar la coordinación con todos los cuerpos de seguridad implicados. En la práctica, esto se traduce en contacto permanente con los allegados de Manuel, apoyo emocional y ayuda burocrática para cualquier gestión que tengan que afrontar.
Mientras las instituciones mueven recursos, la respuesta ciudadana también ha sido notable. Vecinos, conocidos y voluntarios se han sumado a las batidas o han recorrido por su cuenta caminos, solares y alrededores de sus barrios, atentos a cualquier anciano solo que encaje con la descripción. Los medios locales recogen que la desaparición ha generado una preocupación especial en Telde, donde se insiste una y otra vez en que Manuel es “uno de los nuestros”, un vecino mayor que de un día para otro ha dejado de estar en su sitio habitual.
En este punto, la gran pregunta —y también el límite— es qué pudo ocurrir. Las autoridades no han señalado públicamente ninguna hipótesis concreta: ni se habla de delito acreditado ni se descarta un accidente, una desorientación grave o incluso una salida voluntaria que, por su edad y estado, se haya ido de las manos. En los comunicados oficiales se cuida mucho el lenguaje: se habla de “persona desaparecida”, de “condición vulnerable” y de “operativo activo”, pero no se entra en especulaciones que puedan dañar a la familia o entorpecer la investigación.
Sí hay, sin embargo, elementos que inquietan. El hematoma visible en el rostro de Manuel, destacado en la imagen difundida por SOS Desaparecidos y reproducido por la prensa, abre interrogantes inevitablemente: ¿se trata de una caída reciente, de un golpe fortuito en casa, de una agresión previa? No hay datos públicos que respondan a esa pregunta, pero el detalle es lo bastante importante como para que las autoridades lo hayan resaltado en todos los avisos. Por ahora, solo se sabe que ese moratón es una seña de identidad clave para identificarlo con rapidez si alguien lo ve.
El caso de Manuel S.M. ha servido también para poner el foco en una realidad silenciosa: la de los mayores que desaparecen. Cada año, asociaciones como SOS Desaparecidos y las fuerzas de seguridad gestionan decenas de alertas relacionadas con personas de edad avanzada, muchas con posibles deterioros cognitivos o necesidades especiales. La diferencia entre encontrarlos a tiempo o no suele estar en minutos, en que alguien se fije en una cara, en que una descripción llegue a la persona adecuada, en que un número de teléfono se marque sin pensar demasiado.
A finales de noviembre de 2025, cuando se escriben estas líneas, la desaparición de Manuel S.M. en Telde sigue sin resolverse. El operativo municipal continúa en marcha, la Policía Nacional mantiene la alerta activa en toda Gran Canaria y SOS Desaparecidos no ha retirado su ficha. En un mapa lleno de casos, su nombre ha pasado a ser uno más… pero para su familia, para su barrio y para quienes salen a buscarlo cada día, es el centro de todo: un hombre de 86 años, delgado, canoso, con un moratón en la cara y unas chanclas en los pies, al que de repente se lo ha tragado el paisaje cotidiano de Telde.
La pesadilla, en esta historia, no tiene todavía el cierre que suelen tener los “casos resueltos”. No hay escena final, ni culpable, ni hallazgo, ni explicación. Solo un calendario que avanza, un operativo que sigue, una familia que mira el teléfono a cada rato y una ciudad que ha aprendido a fijarse un poco más en cada anciano que camina solo por la calle. Hasta que aparezca una pista —un testimonio, una cámara, una llamada— que explique qué pasó aquel martes 25 de noviembre, el caso de la desaparición de Manuel S.M. en Telde seguirá siendo una de esas historias que convierten lo cotidiano en algo inquietante: un paseo cualquiera, una puerta que se cierra… y un vecino que, simplemente, no vuelve.
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