La noche del 26 de noviembre de 1991, el viento del Cantábrico golpeaba con fuerza los acantilados de La Peñona, ese saliente de roca que domina la playa de Salinas (Castrillón, Asturias). Hasta allí subieron María Jesús Jiménez, de unos 28 años, y sus cuatro hijos: Jesús (8), Joaquín (7), Azucena (5) y la bebé María Elena, de 11 meses. Minutos después, el mar se tragaba a los niños y el caso quedaba marcado para siempre en la hemeroteca como el “parricidio de La Peñona”, el mayor episodio de este tipo ocurrido en España hasta hoy.
Antes de ser un caso criminal, eran una familia que sobrevivía como podía en el poblado de Los Pinos, en Avilés, en plena precariedad. María Jesús pertenecía a la comunidad gitana, tenía pocas herramientas educativas, un cociente intelectual limitado y arrastraba problemas de salud mental de los que ya hablaban vecinos y familiares. El padre de los niños, José Antonio Leiva, estaba separado de ella desde hacía años; la relación era conflictiva y marcada por reproches mutuos. Entre discusiones, pobreza y cuatro bocas pequeñas que alimentar, la miseria se fue convirtiendo en caldo de cultivo para una tragedia.
Aquella tarde de noviembre hubo una discusión más fuerte de lo habitual. Después de la pelea, según relataría ella misma, María Jesús decidió salir a “despejarse” y se llevó a los cuatro pequeños a dar un paseo. No eligió un parque ni una calle iluminada: subió con ellos hasta La Peñona, un promontorio escarpado, oscuro a esas horas, donde las olas golpean las rocas con violencia y el camino discurre junto al borde del vacío. Incluso para adultos, de día y con buen tiempo, es un lugar que impone respeto. De noche, con lluvia y cuatro niños, la elección resulta difícil de comprender.
Lo que ocurrió exactamente allí arriba solo lo sabe ella… y el mar. La versión inicial que dio en el cuartel de la Guardia Civil de Salinas fue que un perro asustó a los niños cuando jugaban cerca del borde, los tres mayores tropezaron y cayeron al agua, y la pequeña se le escurrió de los brazos cuando intentó ayudar a sus hermanos. Después de verlos desaparecer en la oscuridad entre las olas, contó, empezó a gritar y a agitar los brazos hasta que una pareja que pasaba en coche se detuvo y la llevó al cuartel. Allí, sobre las 21:40, denunció la desaparición de sus cuatro hijos.
La maquinaria de emergencia se puso en marcha de inmediato. Durante la noche, agentes, vecinos y equipos de rescate rastrearon el acantilado y el agua con focos y cuerdas, buscando cualquier rastro: una prenda, un zapato, un cuerpo. La mañana siguiente, el Cantábrico devolvió el primero: el de Azucena, la niña de cinco años, flotando casi intacta, con apenas un calcetín a medio poner. Los otros tres hermanos seguirían desaparecidos varias horas más. La noticia saltó a la prensa local y, en cuestión de horas, a todos los informativos nacionales. El país se despertaba con una imagen imposible de digerir: cuatro hermanos pequeños caídos al mar en un acantilado de noche, en plena galerna.
Muy pronto, la versión del perro empezó a tambalearse. El propio padre, al ser preguntado por periodistas y agentes, soltó una frase que lo cambió todo: “Mi mujer ha tirado los críos al agua”. Al mismo tiempo, algunos miembros de la familia señalaban que María Jesús tenía problemas mentales, mientras otros insistían en que jamás sería capaz de hacer algo así a propósito. Esa mezcla de sospecha, protección y miedo a hablar complicó desde el inicio la investigación. El juez instructor ordenó su ingreso en un centro de salud mental para evaluación, y poco después en prisión preventiva, mientras se aclaraban los hechos.
El gran problema para los investigadores era el escenario. La Peñona es roca viva y mar abierto: no hay barandillas (en 1991), las olas borran huellas, arrastran ropa y se llevan cualquier objeto que caiga. No había testigos directos de la caída de los niños, solo la narración de la madre y las contradicciones posteriores. Los agentes se preguntaban por qué una madre habría elegido ese lugar, a esas horas y con ese tiempo, para pasear con cuatro críos tan pequeños… y por qué ninguno de ellos presentó marcas compatibles con una larga caída resbalando, como cabría esperar en un accidente tal y como ella lo describía. El mar, más que un testigo, se comportó como un destructor de pruebas.
Conforme avanzó la instrucción, María Jesús fue cambiando de versión. Tras sostener primero que los niños se habían precipitado de forma accidental, pasó a culpar a su marido: afirmó que él los había intimidado lanzándoles piedras, que ella se refugió con los pequeños en La Peñona porque se sentía perseguida y que los menores terminaron cayendo al agua mientras huían asustados. El padre, por su parte, negó estar allí aquella noche, y tras varios careos el fiscal dejó de considerarlo sospechoso. Las versiones cruzadas, la lealtad dividida de algunos testigos gitanos y el miedo a señalar a uno u otro adulto dieron a la causa un aire de rompecabezas imposible.
El juicio se celebró en la Audiencia Provincial de Oviedo en 1992, en medio de una expectación enorme. La Fiscalía presentó a María Jesús como responsable directa de que sus cuatro hijos acabaran en el mar y pidió 28 años de prisión por cuatro delitos de extrema gravedad contra sus propios hijos, mientras la defensa solicitó la absolución o, de forma subsidiaria, una condena muy inferior por imprudencia grave. Durante la vista, la acusada leyó una carta en la que insistía en que el culpable era su marido y que ella solo había intentado proteger a los niños. Varios familiares se negaron a declarar, lo que tensó aún más el ambiente en sala.
El 5 de noviembre de 1992, el tribunal emitió sentencia: 24 años de prisión para María Jesús Jiménez, a razón de 6 años y 1 día por cada uno de sus cuatro hijos, considerándola responsable de que los pequeños acabaran cayendo al mar desde el acantilado de La Peñona. La Audiencia entendió que actuó con plena conciencia de que los estaba exponiendo a un riesgo mortal, aunque reconoció limitaciones intelectuales y circunstancias personales extremadamente duras. La imagen que quedaba en el papel era la de una madre desbordada por la miseria, sin recursos emocionales ni materiales, que había acabado provocando la muerte de sus propios hijos en un escenario imposible de reconstruir al detalle.
La defensa recurrió ante el Tribunal Supremo, alegando falta de pruebas directas y pidiendo rebajar la responsabilidad de María Jesús. En noviembre de 1993, la Sala Segunda confirmó el fondo de la condena pero la redujo a 18 años de cárcel, al apreciar un grave desequilibrio psíquico en la acusada. Al mismo tiempo, el Supremo anunció que se dirigiría al Gobierno para solicitar un indulto parcial, entendiendo que la mujer no había actuado en condiciones emocionales normales. Aun así, la versión judicial quedó fijada: el alto tribunal dio por probado que ella había provocado que los niños se precipitaran al mar desde el acantilado de Salinas.
Desde entonces, la vida de María Jesús se pierde en la discreción obligada que rodea a muchos condenados cuando terminan de cumplir su pena. No hay grandes reportajes sobre su salida de prisión ni detalles de dónde rehízo su existencia, si es que lo consiguió. Sí sabemos otra cosa: La Peñona cambió. Hoy el saliente está protegido por vallas y pasarelas, recordando que aquel mirador aparente es, en realidad, un lugar donde un paso en falso —o una decisión terrible— puede tener consecuencias irreversibles. En la memoria colectiva de Asturias, el nombre del lugar quedó asociado para siempre al de aquellos cuatro hermanos.
En los últimos años, periodistas y criminólogos han vuelto una y otra vez sobre el crimen de La Peñona en Salinas. Artículos como el de La Voz de Asturias, “la miseria hecha tragedia”, recuerdan que este caso no se entiende sin el contexto de pobreza extrema, chabolas, marginalidad y falta de apoyo institucional que rodeaba a la familia. Otros textos, como la columna de Carmen González en El Pespunte, revisan cómo se cubrió periodísticamente aquel suceso y subrayan que, 34 años después, sigue siendo el mayor episodio de hijos muertos a manos de un progenitor en España.
A pesar de la sentencia y de las décadas transcurridas, hay preguntas que nunca se han apagado del todo. ¿Fue todo un acto calculado de alguien que quería acabar con el sufrimiento —el suyo y el de sus hijos— de la forma más brutal? ¿Fue una sucesión de decisiones imprudentes, envueltas en una noche de tormenta, que terminó en una caída sin testigos? ¿O hubo algo más, nunca aclarado, en esa relación con el padre, en esas acusaciones cruzadas y en una familia atrapada entre la pobreza y la enfermedad mental? Cuando el escenario es un acantilado y el mar se lleva casi todas las pruebas, la verdad procesal y la verdad íntima no siempre coinciden.
Hoy, hablar del crimen de La Peñona es hablar de cuatro niños que se asomaron al borde de un precipicio y nunca regresaron, de una madre que sigue siendo para muchos un monstruo y para otros una mujer rota por la miseria y la enfermedad, de un padre que salió libre de cargos pero quedó marcado para siempre, y de un pueblo costero que aprendió a mirar su acantilado con otros ojos. La verdadera pesadilla de Salinas no está solo en la caída al agua aquella noche de 1991, sino en todo lo que la rodea: un paseo a un lugar imposible, explicaciones que no cuadran, una vida entera de carencias… y la certeza de que, incluso con una condena sobre la mesa, nunca sabremos del todo qué ocurrió exactamente en esos metros de roca al borde del Cantábrico.
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