A finales de 1981, Carmen Fraile Muñoz, 24 años, hizo una promesa silenciosa: empezar de cero lejos de una infancia rota y de una familia que nunca la cuidó. Salió de Madrid rumbo a Barcelona con su amante, el escritor de origen alemán Manuel Macarro Thierbach, sin despedirse de casi nadie. Semanas después, desapareció del mapa. Durante 36 años, su hermana Josefa la buscó viva. La realidad que el ADN revelaría décadas más tarde era todavía más cruel: a Carmen la habían matado, embarazada de seis meses, y la habían enterrado en el jardín de un chalé en Sant Salvador de Guardiola (Barcelona).
Para entender el caso de Carmen Fraile hay que empezar mucho antes del crimen. Carmen y su hermana menor, Josefa, crecieron en una familia completamente desestructurada: los padres se separaron, el padre se marchó al extranjero con otra mujer, la madre inició otra relación con un hombre que no quería niñas cerca. Ellas se quedaron literalmente “colgando”: Carmen con la abuela paterna, Josefa en un internado. De muy pequeñas, con seis y cuatro años, se abrazaron y se prometieron que, si algún día las separaban, siempre se buscarían. Esa promesa es el hilo que sostiene esta historia durante casi cuatro décadas.
Ya de jóvenes, las hermanas se reencuentran en Madrid. Carmen consigue trabajo y se independiza en un piso de la zona de Huertas; Josefa rehace su vida con una pareja que se dedica a importar perros desde Alemania. A través de él aparece el hombre que marcará el destino de Carmen: Manuel Macarro, traductor alemán–español, casado, con tres hijos, con fama de encantador… y una biografía llena de sombras. Un día le pide a su amigo que le presente a “una chica”. Quedan en casa de Carmen. Mientras Josefa y su novio se quedan en el salón, Carmen y Manuel desaparecen en el dormitorio. Esa misma noche empiezan una relación.
A partir de ahí, Carmen se va aislando. Mantiene contacto intermitente con su hermana, pero algo cambia en 1981. Ese año se presenta en el trabajo de Josefa “desaliñada, llorando y aparentemente embarazada”, según ella misma declaró al juez. Le dice que tiene que contarle algo muy importante. Josefa le pide que la espere a la salida, pero cuando termina su jornada, Carmen ya no está. Es la última vez que la ve con vida. Poco después, a la abuela paterna le llega una postal supuestamente enviada desde Barcelona, firmada por Carmen, diciendo que está bien. Josefa ni siquiera llega a verla: se la mencionan de palabra. Todo apunta a que Carmen se ha marchado con Macarro a Cataluña… y ahí se corta la señal.
Lo que la investigación reconstruirá muchos años después es inquietante. A mediados de octubre de 1981, Macarro y Carmen viajan en un Seat 124 rojo desde Madrid hasta la urbanización Cal Esteve, en Sant Salvador de Guardiola (Bages), donde él alquila un chalé con jardín. Varios testigos recuerdan ese coche aparcado allí. La Guardia Civil acabará demostrando que la pareja convivió unas semanas en esa casa. Carmen estaba embarazada de él, algo que él ocultaba a su esposa y a su entorno. El auto judicial describe a un hombre sometido a presión por esa doble vida, dispuesto a borrar el problema de raíz.
El 21 de enero de 1999, una excavadora que abría hoyos para plantar olivos en ese mismo jardín golpea algo duro bajo tierra. No eran piedras: era un esqueleto envuelto en una sábana de fabricación alemana, enterrado a unos 70 centímetros de profundidad. Los forenses determinan que se trata de una mujer de unos 25–30 años con un disparo en la base del cráneo, fractura en la mandíbula y restos de un feto de cinco o seis meses en el interior del esqueleto. La entierran como NN en un nicho anónimo del cementerio de Manresa; se conserva su ADN y se investiga a antiguos inquilinos, entre ellos Manuel Macarro, pero no hay manera de unir ese cuerpo sin nombre a ninguna denuncia por desaparición. El caso queda archivado como “mujer embarazada asesinada no identificada”.
Mientras tanto, en Madrid, Josefa se niega a rendirse. En 2011 va a una comisaría y explica que su hermana desapareció en 1981, embarazada, tras irse con un hombre llamado Manuel Macarro. La investigación se cierra rápido y sin resultado. Años después, en 2017, ocurre el giro definitivo: su padre quiere hacer testamento y un juzgado de Madrid necesita saber si Carmen está viva o muerta. El juez ordena que se tome ADN a Josefa y al padre, y se remite a las bases de datos policiales de toda España para cruzarlo con cadáveres sin identificar. Es la ciencia —no el sistema— la que por fin tiende un puente entre las dos hermanas.
La alarma salta en Manresa: el perfil genético de Josefa coincide con el de aquella mujer encinta desenterrada en 1999 en Sant Salvador de Guardiola. Es Carmen Fraile Muñoz. Tras 36 años de búsqueda, Josefa descubre que su hermana fue ejecutada de un tiro en la nuca, enterrada en un jardín y que esperaba una niña de seis meses de gestación. Carmen tendría hoy unos 65 años; su bebé nunca llegó a nacer. Con esa identificación, la Guardia Civil reabre el caso y sigue el rastro del viejo inquilino alemán de la finca: el mismo Manuel Macarro del que Josefa llevaba décadas hablando sin que nadie la escuchara.
En diciembre de 2018, Macarro —ya jubilado, residente en Cataluña y autor de varias novelas autoeditadas— es detenido por orden del Juzgado de Instrucción nº 4 de Manresa. Niega conocer a Carmen por escrito, pero la investigación desmonta esa mentira: testigos, antiguos alquileres y, sobre todo, la prueba de ADN del feto, que confirma que él es el padre del bebé que Carmen llevaba en el vientre. En octubre de 2019, el juez lo procesa por homicidio y aborto ilegal, y describe un relato escalofriante: el escritor habría matado a Carmen de un disparo en la cabeza en 1981 y enterrado su cuerpo —y el de su hija no nacida— en el jardín del chalé, para luego instalar allí a su propia familia durante meses, viviendo literalmente encima de la tumba.
Cuando parece que, por fin, habrá juicio y condena, irrumpe un enemigo abstracto pero letal: la prescripción. En febrero de 2021, la Audiencia de Barcelona dicta un auto que cae como un mazazo sobre Josefa: declara prescrito el delito y archiva el procedimiento contra Manuel Macarro. Según el tribunal, entre la fecha más tardía posible de la muerte (1994, por prudencia forense) y la fecha en que se dirige el procedimiento contra el presunto culpable (18 de diciembre de 2018) han pasado más de 20 años, plazo máximo para perseguir delitos castigados con penas de 15 años o más, como el homicidio doloso en España. En otras palabras: aunque lo hubieran probado todo, ya era “demasiado tarde” para encarcelar al asesino.
La resolución convierte el asesinato de Carmen Fraile Muñoz en un caso casi de manual sobre los límites de la ley. La investigación demuestra que Carmen fue ejecutada de un disparo, embarazada de seis meses; que fue enterrada bajo un jardín; que su pareja sentimental era el inquilino de la finca; que ese hombre es el padre del feto y que mintió sobre conocerla. Aun así, el proceso se cierra sin juicio ni condena porque el reloj legal se ha agotado. Para Josefa, el mensaje es devastador: “Mi hermana fue asesinada y está probado, pero la ley ha decidido perdonar por el simple paso del tiempo”.
Lejos de desaparecer en silencio, Josefa convierte su dolor en memoria. Escribe textos como “Maletas de lágrimas para recordar a mi amada hermana, asesinada embarazada de seis meses”, donde habla de esa maleta imaginaria que arrastra desde 1981, cargada de duelo, rabia y amor. Cuenta cómo se siente “personalidad zombi” que sigue viva solo para que el mundo no olvide el nombre de Carmen y el de la hija que no llegó a nacer, a la que ella llama Montserrat. Programas de radio como Territorio Negro, artículos de prensa y podcasts de true crime han difundido el caso, pero para ella nada compensa el hecho de que el hombre que, según los autos, mató a su hermana jamás pisará la cárcel por ello.
El caso de Carmen Fraile expone una paradoja inquietante de la justicia penal española: los avances tecnológicos permiten resolver crímenes 30 o 40 años después gracias al ADN, pero la ley mantiene plazos de prescripción que, en la práctica, blindan a algunos asesinos cuando por fin se consigue probar lo que hicieron. La misma lógica se ha aplicado en otros asuntos de alto impacto donde, pasada la barrera de los 20 años sin imputación firme, el delito queda extinguido penalmente. En la calle, la sensación es otra: ¿cómo puede caducar el derecho a pedir justicia por alguien enterrado bajo tierra durante décadas?
Hoy, cuando hablamos del caso de Carmen Fraile Muñoz, no hablamos solo de una mujer asesinada en 1981 y hallada en 1999 en un jardín de Sant Salvador de Guardiola. Hablamos de dos hermanas abandonadas de niñas que se prometieron no dejarse nunca, de una que desapareció embarazada y de otra que la buscó durante 36 años, de un sistema que archivó un esqueleto sin nombre y de un ADN que llegó como un rayo… demasiado tarde para encarcelar a nadie. Hablamos de una tumba anónima, de un jardín que escondía un crimen y de una ley que, al final, protegió más al asesino que a la víctima.
La pesadilla de Carmen no termina en el disparo ni en la fosa improvisada. Está también en los años en que fue tratada como una “joven que se fue a hacer su vida”, en el esqueleto enterrado como NN mientras su hermana seguía pegando su nombre en comisarías, en la postal que nunca leyó, en los autos judiciales que reconocen el horror pero levantan los hombros porque “ya ha pasado demasiado tiempo”. El nombre de Carmen Fraile Muñoz queda, así, como advertencia incómoda: hay crímenes que la ciencia puede resolver… pero que la ley, tal y como está escrita, ha decidido no castigar nunca.
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