La noche del 26 de julio de 2017, en Pizarra (Málaga), parecía una noche de verano cualquiera: un bar de carretera, una terraza llena de familiares, niños jugando alrededor de las mesas y el traqueteo lejano de los trenes de Cercanías. Entre esos niños estaba Lucía Vivar Hidalgo, 3 años. Poco antes de las 23:30, sus padres se dieron cuenta de que ya no la veían corriendo entre las sillas del bar La Estación. Horas después, a las 6:43 de la mañana del día 27, un maquinista encontraba su cuerpo junto a las vías, a unos cuatro kilómetros del lugar donde se le perdió la pista. El caso Lucía Vivar se convirtió en una de las historias más inquietantes y discutidas de la crónica reciente española.
Antes de ser “la niña de las vías del tren”, Lucía era simplemente la pequeña de la casa: tres años, apenas 95 centímetros y unos 11 kilos de peso, hija de Almudena Hidalgo y Manuel Vivar. Aquella noche estaba de vacaciones con sus padres y otros familiares en el bar anexo al apeadero de Cercanías de Pizarra. Los adultos cenaban en la terraza mientras los peques jugaban muy cerca, en una zona aparentemente controlada. No había nada, a simple vista, que hiciera pensar que ese lugar se convertiría en escenario de una desaparición y una muerte nunca del todo explicadas.
Según el relato oficial, alrededor de las 23:20–23:30 los padres se percatan de que Lucía ya no está entre las mesas. Primero la buscan por el bar, luego por el apeadero y la zona de aparcamiento. Al no encontrarla, avisan a la Guardia Civil y se activa una búsqueda contrarreloj. Centenares de vecinos se suman a los agentes, peinando descampados, márgenes, caminos y la propia estación durante toda la madrugada. Se barajan desde el primer momento dos escenarios: que la niña se haya desorientado y se haya ido andando… o que alguien se la haya llevado.
La respuesta llega al amanecer, pero no la que nadie esperaba. A las 6:43–6:45 de la mañana del 27 de julio, un maquinista de Cercanías detecta “un bulto” junto a la vía, entre Pizarra y Álora, a unos 4 kilómetros del bar La Estación. Detiene el tren y avisa: es el cuerpo de una niña. Es Lucía. La primera autopsia concluye que presenta un traumatismo craneoencefálico severo compatible con el impacto de un tren y pequeñas erosiones en piernas y talones, sin otras lesiones mayores ni signos de participación de terceras personas. Para la Guardia Civil, desde muy pronto, la explicación es un accidente ferroviario.
La hipótesis oficial se asienta sobre tres pilares: las cámaras, las huellas y el golpe. Una cámara de seguridad de Adif, situada a unos 50 metros del apeadero, graba a una pequeña figura que los investigadores identifican como Lucía caminando sola por la vía, en dirección a Álora, nada más desaparecer de la terraza. La reconstrucción sostiene que la niña habría recorrido unos 3,5–4 kilómetros pegada a las vías, desorientada y en la oscuridad, hasta tumbarse exhausta junto a la línea. Allí, siempre según esta versión, la habría golpeado el primer tren de la mañana, causándole la herida fatal en la cabeza.
En junio de 2018, la jueza de Instrucción nº10 de Málaga dicta un auto clave: archiva la causa penal. Considera que, tras “múltiples diligencias”, no existen indicios de que terceras personas participaran en la desaparición y fallecimiento de la niña, y que en su cuerpo no se hallan restos biológicos ajenos. En febrero de 2019, la Audiencia Provincial de Málaga confirma el archivo. A ojos de la Justicia, el caso Lucía Vivar queda cerrado como un accidente de tren: una cadena de desgracias, pero sin crimen.
La familia nunca aceptó esa conclusión. Para Almudena, la madre, hay preguntas que no encajan en el relato de la “niña que caminó sola”: ¿cómo iba a recorrer 4 kilómetros sobre balasto, de noche, con solo tres años, sin caerse una y otra vez? ¿Por qué no se suspendió la circulación de trenes cuando ya se sabía que podía estar cerca de la vía? ¿Por qué solo presenta un gran golpe en la cabeza y no un cuerpo destrozado por un convoy de 80 metros y 131 toneladas? Para intentar responder a esas dudas, los padres encargan informes periciales alternativos a expertos de prestigio como el forense Luis Frontela.
Esos estudios apuntan en otra dirección. Los informes de Frontela y otros especialistas sostienen que Lucía presentaba dos impactos en la cabeza, uno anterior al supuesto atropello del tren, y plantean que la niña ya podría estar muerta cuando el convoy la golpeó, lo que convertiría el escenario en algo más parecido a un encubrimiento que a un simple accidente. En paralelo, se cuestiona la distancia y la ausencia de lesiones de arrastre o de caída que cabría esperar tras caminar tanto tiempo sobre las piedras de la vía. Para estos peritos, el caso se parece mucho más a un homicidio disfrazado de accidente.
Lejos de resignarse, los padres de Lucía se convierten en motor de una batalla larga. En julio de 2020, entregan en la Ciudad de la Justicia de Málaga 127.000 firmas recogidas por toda España para pedir la reapertura del caso, acompañadas de nuevas pruebas periciales y testimonios que, a su juicio, pueden arrojar luz sobre lo ocurrido. En 2021, la Audiencia malagueña admite practicar algunas diligencias complementarias, y la familia habla en medios como COPE y laSexta para explicar que no buscan venganza, sino algo tan básico como saber la verdad de cómo murió su hija.
En el frente civil, la batalla se traslada a la responsabilidad del gestor ferroviario. En marzo de 2022, un juzgado contencioso de la Audiencia Nacional condena inicialmente a Adif a indemnizar con 176.239 euros a los padres de Lucía, señalando negligencias como el deficiente visionado de las cámaras o la decisión de no suspender el tráfico ferroviario pese a la búsqueda. Pero el giro llega en febrero de 2024: la Sala de lo Contencioso de la Audiencia Nacional revoca la sentencia, concluye que no hay responsabilidad patrimonial de Adif y que, con la información disponible aquella noche, era “razonable” no parar los trenes. Otro golpe judicial para la familia.
El terremoto más reciente llega en septiembre de 2023 con un nuevo informe pericial firmado por la investigadora Miryam Moya. Usando herramientas de inteligencia artificial, análisis de imagen y biomecánica, Moya sostiene que “no hay evidencia forense de que Lucía caminara 4 kilómetros ni de que fuera arrollada como dice la versión oficial”. Señala que solo presenta un traumatismo craneal, incompatible con un arrollamiento completo, y reanaliza las cámaras de la estación: en una de ellas, de 12 segundos, la niña camina por las vías y, al llegar a una caseta, reduce la marcha y se ve un destello, tras el cual ya no aparece. Para esta perito, hay indicios de la presencia de un adulto y de una intervención de terceros.
A pesar de ese informe, el Juzgado de Instrucción nº10 de Málaga rechaza reabrir las diligencias. En un auto de septiembre de 2023, la jueza concluye que los nuevos datos “no aportan indicios suficientes” de que la muerte no fuera consecuencia de la acción del tren ni señalan a un posible autor concreto; la Audiencia de Málaga respalda esa decisión. En paralelo, sale a la luz que la Guardia Civil ha recibido un anónimo sobre un vehículo que podría coincidir con el descrito por un testigo la noche de los hechos, situado a escasos metros del lugar donde apareció el cuerpo, pero con la causa archivada, investigar a fondo esa pista resulta jurídicamente muy limitado.
Mientras la Justicia cierra puertas, el pueblo de Pizarra abre espacios de memoria. En julio de 2025, el Ayuntamiento inaugura en el Parque Rojo una escultura en homenaje a Lucía Vivar, obra del escultor Suso de Marcos: la representa en un columpio, “feliz y eterna”, como símbolo de luz, juego y esperanza. Vecinos, familiares y autoridades participan en un acto emotivo que intenta fijar algo bello sobre una historia profundamente dolorosa. “Es nuestra manera de decir que aquí nadie la olvida”, explican desde el Ayuntamiento.
Siete, ocho años después, el caso Lucía Vivar vive en una especie de doble realidad. Para la versión oficial, ratificada por autos y sentencias, la niña se alejó sola de la terraza, caminó por las vías, se tumbó agotada y el tren de la mañana la golpeó. Un accidente ferroviario sin delito detrás. Para sus padres y quienes han revisado el caso desde fuera, en cambio, los datos encajan mejor con un ataque previo, un traslado del cuerpo y un escenario montado al borde de la vía. Entre esas dos verdades –la judicial y la íntima– hay un abismo que ninguna escultura consigue cerrar.
La verdadera pesadilla de esta historia no está solo en las últimas horas de Lucía, que quizá nunca sepamos reconstruir al detalle. Está en todo lo que vino después: expedientes archivados, informes contradictorios, años de lucha para que alguien vuelva a mirar pruebas que parecen olvidadas, indemnizaciones que van y vienen, y una familia que cada 26 de julio vuelve mentalmente al mismo bar de estación. Hablar hoy de Lucía Vivar es hablar de una niña de tres años que salió a jugar a pocos metros de sus padres y, según la versión oficial, recorrió sola kilómetros de vía en la oscuridad sin que nadie la viera. Es también hablar de una pregunta que, por más autos que se dicten, sigue sin apagarse: ¿fue realmente un accidente… o alguien se llevó a Lucía aquella noche en Pizarra?
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