Aquella mañana del 16 de marzo de 2011, en la costa guipuzcoana parecía todo absolutamente normal. Amaia Azkue Aldabaldetreku, 39 años, vecina del alto de Meagas (entre Getaria y Zarautz), dejó a sus dos hijas en la escuela, bajó a Zarautz a hacer recados y pensó en la comida de ese día. Ama de casa, natural de Orio, volcada en su familia, era de esas mujeres descritas por su entorno como “normal, alegre, sencilla”. Nadie imaginaba que, antes de la tarde, su cuerpo aparecería flotando en un embalse con el cráneo destrozado… y que el responsable sería un chico de 17 años al que el sistema solo podría retener una década.
Amaia dejó a las niñas en el colegio y se dirigió a Zarautz a comprar en el Eroski y hacer recados. Hacia las 12:00 se tomó un café con una amiga en una cafetería del centro; charlaron de cosas cotidianas y se despidieron con la idea de verse pronto. Esa amiga sería la última persona de su entorno en verla con vida. A partir de ese momento, la reconstrucción de su ruta ya no la hacen sus palabras, sino las cámaras y, después, la confesión del asesino.
Según la sentencia, casi en paralelo a esa despedida, un joven de Azpeitia, Ander Etxeberria, 17 años, llegaba al aparcamiento del Eroski entre las 12:35 y las 12:37. Era un chico alto y fuerte, de “buena familia”, que vivía en una urbanización a las afueras del pueblo, pero con un historial de conductas problemáticas para conseguir dinero: había vendido un burro que era de su abuelo, una trikitixa de la escuela y hasta un anillo de su madre en un compro-oro. Aquel día, según quedó probado, decidió que Amaia, una desconocida que salía del súper con bolsas y tarjetas, iba a ser su objetivo.
En el parking del Eroski, Ander la abordó con una pistola de balines. La amenaza no era letal, pero el miedo sí. La obligó a subir al interior de su propio coche y la forzó a conducir hacia el embalse de Ibai-Eder, en el barrio rural de Nuarbe, término de Azpeitia, un paraje montañoso y solitario escondido entre bosques y pistas estrechas. Durante el trayecto, según la sentencia, la agredió en al menos dos ocasiones dentro del vehículo hasta conseguir el PIN de sus tarjetas bancarias. La violencia no fue un arrebato; fue un método para exprimir dinero de una víctima aterrorizada.
Cuando llegaron al embalse, el plan de Ander se volvió definitivamente brutal. La sacó del coche, la sujetó y le destrozó el cráneo a golpes con una piedra de gran tamaño, provocándole la muerte prácticamente en el acto, según el informe forense. Después, utilizó el cordón de una de sus zapatillas deportivas para atarle las manos, acabó de maniatar el cuerpo con una cuerda y lo arrojó al agua, convencido de que se hundiría y desaparecería en la profundidad del embalse de Ibai-Eder. Acto seguido, tiró su documentación y pertenencias en un lugar próximo, se lavó la sangre en la propia lámina de agua y se marchó.
El siguiente movimiento tuvo una frialdad casi rutinaria. Ander condujo el coche de Amaia —sin carnet, siendo menor— hasta el santuario de Loyola, a las afueras de Azpeitia, y lo abandonó allí, como si fuese un vehículo cualquiera aparcado por un visitante. Ese mismo día extrajo 300 euros de un cajero de Azpeitia con la tarjeta de la víctima, y días después intentó un nuevo reintegro en Zarautz, esta vez sin éxito. Las cámaras de los cajeros grabaron a un joven alto usando la tarjeta de una mujer que a esas horas ya no podía estar viva.
A esa misma hora, en Zarautz y Getaria empezaba la angustia. Amaia no volvió a casa a comer, no respondió al teléfono y, lo más grave, no fue a recoger a sus hijas al colegio. Su marido acudió a denunciar la desaparición, sin saber que, hacia las 17:00, dos vecinas que paseaban por la zona de Nuarbe ya habían encontrado un cadáver flotando en el embalse de Ibai-Eder: una mujer con el cráneo aplastado, atada de manos con una cuerda. La Ertzaintza, desde el inicio, habló de muerte violenta; la autopsia confirmaría una paliza brutal en la cabeza antes de ser arrojada al agua.
La investigación arrancó con muy poco: un cuerpo apaleado, una pistola de balines cerca de la escena y el trozo de cuerda con el que Amaia estaba maniatada. No había testigos: el lugar es recóndito, sin casas ni tráfico habitual. Los especialistas de Policía Científica determinaron que aquella “cuerda” era, en realidad, el cordón de unas zapatillas deportivas concretas. A partir de ahí, solicitaron por orden judicial el listado de personas que habían comprado ese modelo. Cruzando ese dato con las imágenes de los cajeros donde se extrajo dinero con la tarjeta de Amaia, el círculo empezó a estrecharse alrededor de un nombre: Ander Etxeberria, 17 años.
Cuando los agentes acudieron a su casa, la madre del chico les confirmó dos cosas clave: que le había comprado ese modelo de zapatillas y que su hijo se correspondía con la descripción del joven alto y fuerte que buscaban. El 17 de agosto de 2011, cinco meses después del crimen, Ander fue citado a declarar en la comisaría de Azkoitia. Se presentó acompañado de su padre y de un abogado, un gesto que aumentó las sospechas. Esa misma tarde, dio el paso definitivo: se entregó en la sede de la Fiscalía de Menores de Gipuzkoa y confesó ser el autor de la muerte de Amaia Azkue. Lo hizo justo un día antes de cumplir los 18 años, quedando bajo el paraguas de la Ley del Menor.
La confesión duró menos que el miedo que había sembrado. No mucho después, Ander cambió de versión: primero sugirió que todo estaba relacionado con unas personas que habían atracado a la abuela de su novia; luego elaboró una historia todavía más delirante: según él, un hombre que le recogió haciendo autostop llevaba a Amaia maniatada en el maletero, le obligó a tocar todas las partes del coche para dejar sus huellas y le amenazó con “hacerle lo mismo” si decía algo. El juez definió esa narración como “inverosímil, extravagante y no merecedora de crédito”, pero el joven se aferró años a ese relato paralelo.
En abril de 2012, el Juzgado de Menores de San Sebastián lo declaró culpable de asesinato, detención ilegal, robo, sustracción de vehículo y un delito contra la seguridad vial (por conducir sin permiso), y le impuso la pena máxima prevista por la Ley del Menor: 10 años de internamiento en régimen cerrado en el centro de menores Ibaiondo de Zumárraga y 5 años de libertad vigilada. La Audiencia de Gipuzkoa confirmó la condena pocas semanas después. Para la familia de Amaia, que pedía proporcionalidad con la brutalidad del crimen, el castigo sonó a poco: una década entre cuatro paredes por arrasar la vida de una madre y dejar huérfanas a dos niñas.
En 2014, durante una vista para revisar su situación, Ander Etxeberria hizo algo que hasta entonces había evitado en público: reconoció el crimen, pidió perdón a la familia y dijo sentirse arrepentido. La jueza de Menores decidió que siguiera en el centro de Zumárraga, a pesar de que ya había cumplido 21 años, para completar el programa de reeducación. En 2018, tras varias revisiones, se le concedió el régimen semiabierto y, poco después, fue puesto en libertad por su buen comportamiento, cerrando así su deuda penal con el sistema. Mientras tanto, la Audiencia negó a la familia de Amaia una indemnización adicional por responsabilidad patrimonial del Estado.
El caso Amaia Azkue dejó una cicatriz profunda en Zarautz, Getaria, Orio y en todo Euskadi. No solo por la violencia del crimen —una mujer secuestrada al mediodía en el parking de un supermercado, llevada a un embalse y ejecutada a pedradas por 300 euros—, sino porque el autor era un menor de “buena familia”, un chico que podría haber cruzado contigo en la calle sin llamar la atención. El contraste entre la normalidad aparente y la crueldad del acto abrió un debate en torno a la Ley del Menor, la proporcionalidad de las penas y el equilibrio entre reeducación y justicia para las víctimas. Podcasts, documentales y programas como El Lector de Huesos, Código 10 o ¿Por qué matamos? han vuelto una y otra vez sobre el caso, analizando hasta el último detalle de una historia que sigue helando la sangre.
Hoy, cuando hablamos del asesinato de Amaia Azkue, ya no hablamos solo de un expediente resuelto y de un culpable identificado. Hablamos de una mujer que salió una mañana a comprar comida y tomar un café y nunca volvió; de dos niñas que se quedaron sin madre por culpa de un robo convertido en carnicería; de un chico que eligió apalear a una desconocida en un embalse para sacar dinero de un cajero; y de un sistema que, por la edad del agresor, solo pudo retenerlo diez años. La auténtica pesadilla de este caso no está solo en los golpes junto al agua helada de Ibai-Eder, sino en lo cotidiano del punto de partida: un parking de supermercado, una mañana cualquiera, y la sensación de que cualquiera puede convertirse en objetivo de alguien que busca dinero rápido y no siente nada cuando destroza una vida.
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