El nombre de Óscar González Barco suena desde hace años por las calles de Santa Coloma de Gramenet: en carteles pegados a las farolas, en concentraciones silenciosas frente al Ayuntamiento, en podcasts y reportajes sobre personas desaparecidas. Tenía 38 años cuando, en el verano de 2018, se desvaneció sin dejar rastro. No había móvil que rastrear, ni coche, ni movimiento de dinero. Solo una vida rota por la enfermedad mental, la pérdida de sus padres y un entorno donde la pequeña delincuencia y el silencio se mezclan con demasiada facilidad. A día de hoy, su caso sigue abierto, sin una sola respuesta definitiva.
Antes de convertirse en ficha del Centro Nacional de Desaparecidos, Óscar era “el Chapa”, el chico rubio de ojos azules al que le encantaban las motos, los coches, las pachangas de fútbol con los colegas y el flamenco a todo volumen. Creció y vivió en Santa Coloma, llegó a trabajar en distintos oficios hasta que, entre 2013 y 2014, le diagnosticaron esquizofrenia y se le reconoció una pensión de invalidez de unos 700 euros mensuales. Era conocido por los Mossos d’Esquadra: pequeñas detenciones por hurtos, robos a la autopista o algún vehículo, pero sin violencia, según la unidad de investigación de la comisaría. Para la policía, un delincuente menor; para su familia, un hombre vulnerable que necesitaba ayuda y tratamiento.
Los golpes emocionales terminaron de hundirlo. Su madre murió en 2016 y su padre en 2018; con esas pérdidas, el consumo de cocaína se disparó y Óscar empezó a moverse con gente “más peligrosa” que sus amigos de siempre, como admiten sus propias hermanas. Vivía de forma relativamente autónoma en una habitación alquilada a una familia de Santa Coloma: ellos hablaban de convivencia correcta, alquiler pagado puntualmente al cobrar la pensión y una rutina sencilla. No tenía móvil —el último lo había vendido para conseguir droga—, no tenía coche y le habían retirado el carnet.
La última vez que su familia lo vio fue el 20 de julio de 2018, durante el baile de la fiesta de Santa Rosa. Llegó contando que había estado haciendo una pequeña obra en casa de un amigo; después, dijo que se iba a quedar con otro chico, conocido de todos. Parecía una noche más en un verano más. Nadie imaginó que sería la última imagen nítida que tendrían de él: una conversación aparentemente normal, un “luego nos vemos” flotando en el aire… y luego, nada.
A partir de ahí, el calendario se vuelve difuso. Los artículos y fichas oficiales manejan dos fechas: 29 de julio de 2018, cuando sus compañeros de piso dicen verlo por última vez, y el 1 de agosto, día en que los Mossos acreditan que estuvo en el Hospital del Mar haciéndose pruebas dentro de un proceso de desintoxicación. La familia nunca supo nada de esa visita médica y, para ellas, hay un dato que pesa más que cualquier informe: Óscar tenía la costumbre férrea de retirar toda su pensión el día 24 o 25 de cada mes. En julio de 2018, ese dinero nunca se tocó.
El aviso de que algo iba muy mal llegó tarde. A finales de agosto de 2018, la familia con la que vivía lo llamó: se iban a mudar y necesitaban que alguien vaciara la habitación de Óscar, porque hacía un mes que no aparecía. Sus hermanas, Conchi y Soraya, fueron al banco: el dinero de la pensión seguía íntegro. En el cuarto encontraron toda su documentación, su ropa, su medicación, como si se hubiera levantado una mañana y hubiera salido con lo puesto… para no volver. Llamaron a hospitales, centros sociales, prisiones. Nadie sabía nada. Entonces presentaron la denuncia por desaparición ante los Mossos d’Esquadra.
Ese retraso de tres o cuatro semanas en denunciar es, según la propia policía, una losa para la investigación. Lo explican con crudeza en el podcast “Codi 6” de Ràdio 4: cuando quisieron tirar del hilo, ya era tarde para revisar muchas cámaras, reconstruir recorridos o identificar con quién se movía esos días. Sin móvil que geolocalizar, sin coche que rastrear y con una vida social irregular, las primeras 72 horas —las más críticas en cualquier desaparición— se habían ido sin que nadie levantara la voz.
Aun así, la unidad de investigación de Santa Coloma abrió varias líneas. Miraron a su entorno: amigos con antecedentes por pequeños robos, trapicheos, consumo de droga. Confirmaron sus antecedentes por delitos contra el patrimonio, todos sin violencia directa, y su condición de informador ocasional: cuando lo detenían, colaboraba, no ponía problemas. Cruzaron bases de datos, comprobaron que no hubiera sido identificado como “cadáver sin nombre”, investigaron hospitales y centros de salud mental. Pero nada encajaba en un relato claro: ni una imagen suya en cámaras, ni un último movimiento de dinero, ni una llamada registrada en ningún lado.
Las hipótesis que se han barajado desde entonces se mueven entre tres ejes: desaparición voluntaria, muerte accidental o por sobredosis sin localizar el cuerpo, o delito violento con ocultación de cadáver. El propio jefe de investigación admite en RTVE que en esta historia “se cruzan la delincuencia, el consumo de cocaína y el diagnóstico de una enfermedad mental”. Sus hermanas, en cambio, miran sobre todo a la ventana temporal entre el 20 y el 24 de julio, cuando debería haber cobrado y no lo hizo, y temen algo más oscuro: que lo hayan matado y escondido su cuerpo para que nadie los descubra.
Mientras el sumario duerme a la espera de una pista nueva, la familia de Óscar se niega a que su nombre se diluya. Desde hace años, cada 29 de mes organizan una concentración frente al Ayuntamiento de Santa Coloma, con el apoyo de asociaciones como QSDglobal y Afades. En 2025, al cumplirse siete años sin noticias, el diario El Punt Avui recogía una nueva vigilia en la plaza, con Conchi y Soraya sosteniendo carteles con la imagen de su hermano: rubio, gafas, tatuajes con su nombre en el brazo y los de sus padres, Flora y Alberto, en las muñecas.
La lucha no se queda en la calle. El caso de Óscar González Barco ha aparecido en el espacio radiofónico “Diario de Ausencias” de RNE, en programas como Noche de Crímenes y en podcasts especializados en desaparecidos, donde su hermana insiste siempre en lo mismo: “no quiero que mi hermano caiga en el olvido”. La fundación QSDglobal lo menciona como ejemplo de desaparición donde la salud mental y la vulnerabilidad juegan un papel clave y subraya que lleva sin cobrar su pensión desde agosto de 2018, algo incompatible con una vida “normal” en la sombra.
En ese espejo más amplio, el caso de Óscar habla también de sistema: de lo difícil que es activar recursos cuando desaparece un adulto con trastorno mental y adicciones, de lo mucho que penalizan los retrasos en denunciar, de cómo la falta de teléfono o de vida digital deja a los investigadores casi ciegos. El expediente sigue abierto en el Centro Nacional de Desaparecidos, como tantos otros donde, a veces décadas después, un cotejo de ADN o una llamada anónima han resuelto misterios que parecían eternos.
Para la familia, sin embargo, la estadística importa menos que la ausencia. Sus hermanas agradecen públicamente el trato de los Mossos y su esfuerzo en un caso tan complicado, pero señalan otra herida que duele más que cualquier informe: el silencio de algunos amigos y conocidos de Óscar, gente que, según ellas, podría saber algo y no habla. En cada entrevista, Conchi repite una idea que suena a súplica y a reproche a la vez: “No creo que mi hermano desapareciera porque sí. Alguien tiene que saber qué le pasó”.
Hoy, la desaparición de Óscar González Barco en Santa Coloma de Gramenet es una de esas pesadillas abiertas que resumen lo peor del miedo urbano: alguien sale un día de casa, sin teléfono, sin coche, con la intención quizá de hacer una chapuza, de ver a un amigo, de ir a una cita médica… y no vuelve nunca. No hay cámaras que lo despidan, no hay cajeros que lo delaten, no hay mensaje de despedida. Sólo una habitación intacta, una pensión sin tocar y una familia que se niega a aceptar que el tiempo pueda ser una explicación. Hasta que aparezca una pista, un testigo que rompa el pacto de silencio o un hallazgo fortuito en algún lugar que todavía no se ha mirado, la pregunta seguirá golpeando las paredes de Santa Coloma como un eco obstinado:
¿dónde está Óscar González Barco?
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