Helena Laserna: tratamientos milagro, un cuerpo incinerado y la ambición que devoró a la nieta del fundador de la Universidad de los Andes




Helena Laserna nació rodeada de privilegios… y de vulnerabilidad. Nieta de Mario Laserna Pinzón, fundador de la Universidad de los Andes, creció marcada por un trastorno del espectro autista y por una familia atravesada por el dinero, la enfermedad mental y las disputas de poder. En 2016, cuando tenía 17 años, desapareció del mapa envuelta en la promesa de un “tratamiento experimental” con células madre en Chile. Años después, la verdad fue todavía más cruel: nunca salió de Colombia, habría muerto de inanición escondida en una finca, y su cuerpo fue incinerado para borrar cualquier rastro.

Helena —registrada como Jesseca Helena Laserna Jaramillo— nació en 1998. Su madre, María Liliana Laserna Jaramillo, hija de Mario Laserna, fue descrita en los expedientes como una mujer con esquizofrenia y paranoia, emocionalmente frágil. En 2007, mientras vivía en Ibagué, dejó entrar a casa a un técnico para reparar el televisor: Camilo Fidel Pinzón Gómez, un electrónico carismático que pronto se convirtió en su pareja y padrastro de Helena. Esa puerta que se abrió para arreglar un aparato terminó abriendo paso a una historia de control, manipulación y muerte.

La relación entre Liliana y Camilo fue conflictiva desde el principio. Ella, con problemas psiquiátricos; él, descrito por la familia como dominante y manipulador. Los hermanos Laserna empezaron a preocuparse por Helena: una adolescente autista que necesitaba cuidados constantes y que dependía totalmente de los adultos a su alrededor. En 2008, pidieron la intervención del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF). La entidad encontró indicios de maltrato y decidió separar a la niña de sus padres, internándola en una institución social en Bogotá (Acphes).


Pero esa protección duró poco. Con el tiempo, tras salidas de una clínica psiquiátrica y una aparente mejoría, el ICBF terminó devolviendo la custodia de Helena a Liliana y Camilo. En paralelo, la relación de la pareja se hacía más errática: episodios de violencia, intentos de entrar por la fuerza a la institución donde estaba la menor, internamientos en clínicas, salidas, regresos… un vaivén que dejó claro que ese hogar no era un lugar seguro para una joven en condición de discapacidad.

El verdadero giro oscuro llegó en 2014–2016. Camilo empezó a vender dentro y fuera de la familia una idea peligrosa y seductora: un tratamiento experimental con trasplante de células madre en Chile que —según él— podía “curar” el autismo de Helena. Bajo ese pretexto, y tras una dura pelea legal por la custodia, logró autorización para sacar a la joven del entorno familiar. En los papeles, la versión era clara: Helena y su madre viajarían al extranjero para recibir una terapia de vanguardia. En la práctica, Migración Colombia jamás registró un viaje de Helena a Chile.

Según la investigación de la Fiscalía, Helena nunca salió del país. En lugar de clínicas y laboratorios, terminó encerrada en una finca de la familia de Camilo en Mosquera (Cundinamarca), bajo el supuesto “cuidado” de la hermana del agresor. Allí habría pasado unos dos años oculta, sin controles médicos, sin supervisión estatal, sin voz. Cuando por fin se reconstruyó parte de lo ocurrido, los peritos del CTI fueron contundentes: Helena no mostraba signos de un ataque directo, pero sí de malos tratos y muerte por inanición. La dejaron morir lentamente, de hambre, sin capacidad de pedir ayuda.


Mientras tanto, Camilo seguía tejiendo su red de mentiras. A Liliana —cada vez más frágil— le dijo que el tratamiento en Chile había salido mal, que Helena había muerto junto a otros ocho niños, que los médicos se habían suicidado por el fracaso de la terapia. No había certificados, ni clínica, ni registro migratorio, pero sí una narrativa novelesca perfecta para mantener a todos confundidos. Bajo ese cuento, exigía grandes sumas de dinero a nombre del supuesto tratamiento y la estadía de la joven en el extranjero. Helena, en realidad, ya no estaba en ninguna clínica: moría de abandono mientras su nombre se usaba como excusa para vaciar cuentas.

El castillo de cartas empezó a tambalearse en 2018. Una amiga contó a Dorotea Laserna, hermana mayor de Liliana, que esta le había confesado que Helena había muerto en el supuesto tratamiento. Dorotea, que nunca creyó del todo la historia del milagro médico, entendió que ya no podía seguir confiando en la palabra de Camilo. En febrero de 2019, un allegado a la familia, Yann Serge Schonwald, presentó formalmente la denuncia ante la Fiscalía. El “caso Helena Laserna” dejaba de ser un drama familiar para convertirse en un expediente penal de alto voltaje.

La investigación destapó un horror sin cuerpo, pero con demasiadas pistas. Las interceptaciones telefónicas mostraron a Camilo intentando mantener a Liliana en un estado de confusión y miedo, insistiendo en que todo era una conspiración económica de sus hermanos para quitarle la herencia. Un mayordomo de la finca de Sesquilé declaró que vio a Camilo llegar en 2016 con una camioneta que llevaba un “bulto” dentro; cuando quiso acercarse, Camilo le dijo que era “material radioactivo” y que no se aproximara. Años después, los investigadores concluirían que ese “bulto” habría sido el cuerpo de Helena, trasladado desde Mosquera para ser incinerado en la finca familiar.


No hubo restos óseos recuperados, pero sí indicios suficientes: testimonios coherentes, contradicciones brutales en las versiones de Camilo, seguimientos financieros y un patrón claro de manipulación y abuso sobre una joven que no podía defenderse. Después de tres años de juicio, el Juzgado Primero Especializado de Cundinamarca concluyó que Camilo Fidel Pinzón Gómez había urdido y ejecutado la desaparición forzada de Helena y ordenó su condena a 46 años de prisión. En la misma decisión, la madre de la joven, Liliana, fue absuelta, al acreditarse que fue víctima de control psicológico y emocional por parte de su pareja.

La sentencia no cerró inmediatamente el círculo. En febrero de 2023, antes de quedar en firme, un juez le otorgó a Camilo la libertad por vencimiento de términos, y el padrastro aprovechó para desaparecer. Durante meses estuvo prófugo, cambiando de aspecto y moviéndose por Bogotá. El 8–9 de junio de 2023, un operativo conjunto del CTI de la Fiscalía y el Gaula Militar lo localizó y capturó en plena vía pública en Usaquén. Desde entonces, está tras las rejas para cumplir los 46 años de cárcel que le impuso la justicia colombiana.

Los medios describieron ese arresto como “el punto final” de una historia macabra que mezcló extorsión, secuestro, enfermedad mental, un apellido poderoso y una víctima en absoluta indefensión. Pero en realidad deja abiertas preguntas difíciles: ¿por qué el sistema permitió que una menor autista volviera a un entorno tan inestable? ¿Cómo es posible que se haya sostenido durante años la ficción de un tratamiento en Chile sin un solo soporte médico ni migratorio? ¿Cuántas decisiones se tomaron mirando más el apellido y la reputación que la vulnerabilidad real de Helena?


El caso Helena Laserna golpeó también a la élite colombiana. La familia Laserna, símbolo de academia y poder económico, quedó expuesta en su lado más frágil: conflictos internos, una hija con graves problemas psiquiátricos, decisiones desesperadas y un “extraño” que entró por la puerta de servicio para terminar controlando dinero, decisiones y, finalmente, la vida de la única heredera. Helena, la nieta del fundador de Los Andes, murió lejos de aulas, médicos y laboratorios; murió encerrada, con hambre, mientras su nombre servía como excusa para extraer millones.

Hoy, hablar del crimen de Helena Laserna es hablar de mucho más que de un padrastro condenado. Es hablar de tratamientos “milagrosos” usados como fachada, de cómo la discapacidad puede volver a alguien blanco perfecto para verdugos “de confianza”, de instituciones que fallan y de una justicia que, aun sin cuerpo, se atrevió a reconstruir el horror a partir de cenizas y mentiras. Helena no tiene tumba ni restos que visitar, pero su historia quedó escrita en una sentencia de 46 años y en un recordatorio incómodo: a veces el peligro no viene del extraño que está fuera, sino del hombre que se sienta cada día en la mesa de la familia.

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