Caso Rolandito Salas Jusino: el niño de Toa Alta que se esfumó del parque y que hoy podría estar en Estados Unidos


La tarde del 7 de julio de 1999, el sol caía fuerte sobre la urbanización Colinas del Plata, en Toa Alta, Puerto Rico. En el parque de la comunidad, un niño de 4 años y nueve meses jugaba como cualquier otro día. Se llamaba Rolando “Rolandito” Salas Jusino. Llevaba una camiseta verde, pantalones cortos oscuros y tenis blanco y negro, según la ficha del National Center for Missing & Exploited Children. Minutos después, ese niño que corría entre columpios y resbaladeras desapareció sin dejar rastro, abriendo uno de los casos más dolorosos y mediáticos de la historia reciente de Puerto Rico: la desaparición de Rolandito.

Rolandito vivía con su madre, Iris Jusino Seguinot, y pasaba fines de semana con su padre, Rolando Salas Cardona, del que ella estaba separada. El 6 de julio, Iris lo recogió en Toa Baja tras pasar el fin de semana con su papá y regresaron a Colinas del Plata. Madre e hijo tenían un plan sencillo para el día siguiente: ir a la playa. Antes, como tantas veces, bajaron al parque del barrio, a pasos del apartamento. Iris lo vigilaba, pero en algún momento se distrajo. Cuando volvió la mirada hacia los columpios, Rolandito ya no estaba.

Ese mismo 7 de julio hubo un detalle que, con los años, se ha convertido en una sombra larga. La expareja de Iris, el camionero Roberto Gotay Valcárcel, apareció por la casa violando una orden de protección vigente por violencia doméstica. Pidió llevarse al niño para comprarle una bicicleta; ella se negó. Él admitió después que le dijo: “te voy a hacer daño con lo más que te duele”, alegando que era una “broma” mal hecha. Horas después, el niño se esfumaba del parque. Gotay fue interrogado, se sometió a polígrafo —que no pasó—, pero nunca se presentaron cargos en su contra. Hasta hoy, oficialmente, solo fue “persona de interés”, no acusado.




La versión que más ha marcado el caso Rolandito viene de un niño: el amiguito que jugaba con él aquella tarde. Según declaró, un hombre llegó en una guagua o autobús negro, llamó a Rolandito por su nombre y el menor subió al vehículo. No hubo gritos, ni forcejeos, ni nadie pudo anotar la tablilla. En cuestión de segundos, un niño al que toda la comunidad conocía desapareció del mapa.

Lo que vino después fue una búsqueda masiva. Policía estatal, FBI en Puerto Rico, Interpol, perros, helicópteros, buzos en cuerpos de agua, revisiones casa por casa… Durante días, Colinas del Plata y zonas cercanas se llenaron de agentes, voluntarios y cámaras de televisión. No aparecieron restos, ni ropa, ni un juguete, nada. Pronto surgieron teorías: que si un secuestro vinculado al narcotráfico, que si una red de trata, que si lo habían sacado a República Dominicana o a Estados Unidos. Con el tiempo, las autoridades descartaron formalmente la conexión con el narco, pero nunca lograron probar ninguna otra hipótesis. El expediente quedó abierto, pero casi mudo.

Con los años, Rolandito Salas Jusino se convirtió en un rostro envejecido digitalmente. El NCMEC, NamUs y organizaciones como SOS Desaparecidos han difundido imágenes de cómo podría lucir con 15, 20 o 23 años, siempre con la misma leyenda: “Fue visto por última vez jugando en el parque de la Urb. Colinas del Plata, Toa Alta, a las 4:00 pm del 7 de julio de 1999”. Mientras tanto, los padres dieron entrevistas, marcharon, se aferraron a cualquier pista. Iris ha repetido muchas veces que, aunque ha pasado un cuarto de siglo, “mi corazón dice que mi hijo está vivo”. 


La investigación nunca se cerró del todo. En distintas etapas, agentes de Interpol Puerto Rico siguieron pistas que ubicaban al niño —ya adulto— en República Dominicana, España o varias ciudades de Estados Unidos, siempre sin confirmación. En 2017 ya se hablaba oficiosamente de un posible paradero en el noreste de EE. UU. sin detalles concretos. Ninguna de esas líneas se materializó en pruebas sólidas. El caso se fue enfriando, pero nunca desapareció del imaginario boricua: todo el mundo sabía quién era Rolandito, aunque nadie supiera dónde estaba.

En 2024, al cumplirse 25 años de la desaparición de Rolandito, el caso volvió con fuerza al foco mediático. El Departamento de Seguridad Pública (DSP) y Interpol confirmaron que investigaban una “confidencia” que apuntaba a un joven en el noreste de Estados Unidos, con un trabajo nocturno, muy reservado, que evitaba el contacto con compañeros y que tenía una marca de nacimiento idéntica a la de Rolandito. El informante aseguraba trabajar con él y estar convencido de que se trataba del niño desaparecido en Toa Alta.

La pista se centró en un hombre que vivía en la zona de Boston, Massachusetts. En junio de 2024, agentes del DSP, Interpol Puerto Rico y Homeland Security Investigations (HSI) viajaron a Estados Unidos, localizaron al joven y lograron que aceptara dar una muestra de ADN de forma voluntaria. Durante días, la isla entera contuvo la respiración. Para el padre, eran “las pistas más sólidas” en dos décadas y media de investigación. Los titulares eran claros: “¿Está Rolandito vivo y trabajando en el noreste de EE. UU.?”.


El golpe llegó el 11 de julio de 2024. El Instituto de Ciencias Forenses anunció que el ADN descartaba que aquel joven fuera hijo biológico de Rolando Salas Cardona e Iris Jusino Seguinot: “el joven está excluido de ser Rolandito”. Tanto el DSP como Interpol comunicaron el resultado directamente a los padres. No era el desenlace que esperaban, pero demostraba que, al menos, se estaban agotando las oportunidades con rigor científico y no solo con rumores.

Lejos de cerrar el caso, las autoridades insistieron en que la confidencia seguía siendo valiosa y que la investigación continúa. El padre de Rolandito reveló que Interpol también intenta localizar al amiguito que jugaba con él aquel día en el parque, para volver a entrevistarlo a la luz de las nuevas informaciones. Después de 25 años, la versión del niño que vio subir a Rolandito a una guagua negra podría aportar matices que entonces no supo o no pudo explicar.

Mientras tanto, la cronología del caso Rolandito Salas Jusino se ha ido llenando de fechas que son como cicatrices: 1999, desaparición en Colinas del Plata; 2000–2010, búsquedas, teorías y un caso cada vez más frío; 2018, reportajes que preguntan “¿qué pasó con la investigación?”; 2024, la pista de Boston y el ADN negativo. Lo único que no cambia es la primera línea: un niño de 4 años, una camiseta verde, un parque frente a casa y un vacío que nadie ha sabido llenar.


Hoy, Rolandito tendría 30 años. Su ficha sigue activa en bases como NamUs y el NCMEC, y medios de Puerto Rico y Estados Unidos vuelven a su rostro cada aniversario. El Departamento de Seguridad Pública mantiene el caso abierto, y la Interpol asegura que seguirá analizando toda confidencia que llegue. Para la familia, ese estatus es una especie de limbo: no hay cuerpo, no hay escena, no hay duelo cerrado… pero tampoco hay confirmación de que esté muerto.

La desaparición de Rolandito es más que una tragedia aislada; es un espejo de cómo un sistema puede fallar ante un niño en peligro, cómo los años van borrando pistas y testigos, y cómo la esperanza de unos padres se aferra a cualquier marca de nacimiento o parecido en una foto borrosa. ¿Lo sacaron del país aquella tarde de 1999? ¿Fue un secuestro planeado o un impulso de alguien que se acercó en aquella guagua negra? ¿Está vivo en algún lugar de Estados Unidos sin saber quién es realmente, o sabiendo demasiado bien que su nombre original era Rolando Salas Jusino?


Mientras no haya respuesta, el caso Rolandito seguirá vivo en las pesadillas de Puerto Rico. En cada parque donde un padre mira a su hijo jugar sin perderlo de vista, late el recuerdo de aquel niño que se perdió en segundos. Y en cada nueva pista que llega a Interpol —un empleado silencioso en una fábrica del noreste, un lunar idéntico, un acento que suena “medio boricua”— se vuelve a abrir la misma puerta: la posibilidad de que, en algún lugar, Rolandito siga respirando, esperando que alguien le diga que su historia no empezó en Estados Unidos, sino en un parque pequeño de Toa Alta del que nunca debió desaparecer.

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