Desaparición de Henry Alejandro Jiménez Marín en Orihuela Costa: la madrugada de Año Nuevo que lo borró del mapa


La madrugada del 1 de enero de 2019, mientras Orihuela Costa aún seguía con el eco de la Nochevieja, Henry Alejandro Jiménez Marín, de 20 años, salió de la vivienda donde celebraba el cambio de año… y desde entonces no se ha vuelto a saber de él. Su caso, uno de los más comentados en Alicante, sigue abierto en el corazón de su familia: porque no hay despedida, no hay certeza, solo un silencio que se estira año tras año. 

Henry vivía en Orihuela Costa y, según los datos difundidos en los avisos oficiales, mide 1,81, pesa alrededor de 75 kg, tiene el pelo negro, corto y rizado, ojos marrones y complexión atlética. Esa descripción se ha repetido en carteles, medios y redes durante casi siete años, como si la esperanza necesitara palabras exactas para no desdibujarlo. 

Aquella noche no había discotecas ni grandes planes: la celebración fue “de casa”, con gente cercana y el ambiente típico de un fin de año. Pero, según lo publicado por medios y lo que se ha contado en la investigación, en ese piso habría ocurrido un encontronazo con un compañero de vivienda. Ese momento, confuso y con versiones diversas, es el punto donde la historia se parte en dos: antes y después. 


Lo que se sabe públicamente es que, tras ese episodio, Henry se marchó y ya nadie pudo confirmar su paradero con certeza. Con el paso de las horas, la preocupación se convirtió en alarma. La Guardia Civil inició búsquedas y la familia comenzó a moverse por su cuenta, preguntando, llamando, pegando carteles, empujando puertas que a veces parecían no abrirse nunca. 

En esos primeros días incluso se difundió información errónea sobre que el joven había aparecido, algo que su familia y amigos desmintieron con firmeza: Henry seguía sin estar. Ese episodio, que para algunos fue “un malentendido”, para su entorno fue un golpe emocional enorme, porque les devolvió de golpe al mismo lugar: la incertidumbre total. 

Desde el inicio, distintas voces señalaron que la desaparición no encajaba con una simple “marcha voluntaria”. La familia sostuvo que Henry no era alguien que desapareciera sin avisar, y que algo importante tuvo que pasar en esas horas. Con el tiempo, esa convicción se hizo más fuerte: en entrevistas y reportajes, su madre ha repetido que lo único que desean es saber la verdad y poder cerrar el círculo, sea cual sea la respuesta. 


Los medios locales recogieron también un detalle clave: testigos situaron la última vez que se le vio en áreas cercanas a Cabo Roig, y desde ahí el rastro se vuelve borroso, como si la noche se lo hubiera tragado sin dejar huellas claras. Esa “última vista” se convirtió en un punto de referencia para búsquedas, preguntas y reconstrucciones posteriores. 

A lo largo de los años, su caso se mantuvo vivo gracias a la presión constante de familiares, amistades y asociaciones. SOS Desaparecidos ha mantenido su ficha activa con la fecha y lugar de desaparición, convirtiéndose en una herramienta de difusión esencial para que su nombre no quedara enterrado bajo nuevas noticias. 

Cada aniversario ha sido una mezcla dolorosa: por un lado, el impulso de volver a moverlo todo; por otro, el peso de confirmar que ha pasado otro año sin respuestas. En enero de 2024, familiares y amigos volvieron a reunirse para recordar que el caso sigue sin resolverse y pedir que se reactive la investigación. 


El 30 de diciembre de 2024 y los primeros días de enero de 2025, el caso volvió con fuerza a los titulares: varios medios informaron de que la causa se reabría y de que se intentaba tomar declaración al principal investigado, un joven extranjero que habría convivido con Henry y que no se habría presentado cuando fue citado. Para la familia, esta reapertura fue una bocanada de aire: no una victoria, pero sí un movimiento después de demasiado tiempo quieto. 

En esa etapa reciente, los familiares también han señalado públicamente que creen que a Henry pudo haberle ocurrido “lo peor”, aunque la ausencia de certezas obliga a ser prudentes con las palabras. En desapariciones así, la herida es doble: el dolor por lo que pudo pasar y la tortura de no poder afirmarlo ni negarlo con pruebas definitivas. 

Mientras tanto, su entorno insiste en algo que parece simple, pero no lo es: que no se olvide su rostro. Porque en casos de desaparición, la memoria pública funciona como una linterna: cuanto más se comparte, más posibilidades hay de que alguien conecte un detalle, recuerde una escena, ubique un lugar, aporte un dato que llevaba años guardado. 


Hoy, cuando se busca en internet “desaparición Henry Alejandro Jiménez Marín Orihuela Costa”, aparecen años de artículos, concentraciones, carteles y llamados. Y, aun así, sigue faltando lo esencial: una respuesta clara. La misión de quienes lo cuentan —medios, asociaciones y personas— no debería ser alimentar el morbo, sino sostener una verdad humana: Henry falta, y mientras falte, su historia sigue abierta. 

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