La noche que se tragó a un sanitario: la desaparición de David Sánchez Jover en Alcoy


Era la madrugada del 14 al 15 de diciembre de 2007 en Alcoy, Alicante. Afuera hacía frío, dentro de los bares sonaba música de Navidad y en una discoteca del municipio un grupo de compañeros de ambulancias apuraba la noche tras la típica cena de empresa. Entre ellos estaba David Sánchez Jover, auxiliar de emergencias, rubio, ojos azules, no muy alto, conocido por su carácter tranquilo. A la mañana siguiente, su cama siguió intacta, su móvil en silencio y su rastro se había apagado en algún punto de la noche alcoyana. Desde entonces, la desaparición de David Sánchez Jover es uno de los grandes misterios sin resolver de la Comunitat Valenciana. 

Antes de convertirse en titular, David era simplemente David. Tenía alrededor de 20–28 años —hay discrepancias en las fuentes sobre la edad exacta—, vivía con su madre, Rosa Jover, y su hermana Elisabeth en Alcoy y trabajaba como auxiliar de emergencias / ATS en una ambulancia de Cruz Roja, un empleo en el que estaba acostumbrado a ver situaciones límite… pero desde el otro lado, como profesional que ayuda. Era de complexión delgada, 1,60 de altura, pelo corto y ondulado, rubio, ojos azules. Una estampa muy definida que hoy sigue en los carteles de SOS Desaparecidos, casi dos décadas después. 

La noche clave comenzó como tantas otras del calendario laboral: cena de empresa navideña con sus compañeros de la empresa de ambulancias. Comieron, bebieron algo, se hicieron bromas internas de guardias y emergencias. Después, el grupo cambió de escenario y se trasladó a una discoteca, un clásico de las noches de diciembre en cualquier ciudad: música alta, luces, gente entrando y saliendo, conversaciones que suben de tono. Lo último que se sabe con claridad es que David estuvo allí, rodeado de caras conocidas, y que nada hacía presagiar que esa sería la última imagen nítida que se tendría de él. 


En algún momento de la madrugada, el ambiente festivo se torció. Testigos hablaron de un altercado entre David y un compañero de trabajo. No hubo atestado formal en caliente ni parte médico público sobre aquella discusión, pero varias personas situaron a ambos enfrentados primero dentro del local y después ya fuera, en el exterior. El detalle exacto de lo que pasó allí sigue envuelto en versiones y matices, pero ese punto marca un antes y un después: a partir de ese momento, el rastro de David comienza a desdibujarse.

Los primeros días, la familia compartió una hipótesis que sonaba tan extraña como humana: que David, tras ese enfrentamiento, pudiera haberse asustado al creer que había causado un daño muy grave a su compañero, y que por miedo a las consecuencias hubiera decidido alejarse. La confusión creció porque esa misma noche otro joven falleció en una discoteca de la zona por una sobredosis, lo que alimentó rumores y cruces de historias que nunca terminaron de encajar del todo. Entre especulaciones y silencios, lo único firme era que David no volvió a casa. 

Lo último que se sabe a nivel técnico es que el teléfono de David dejó de emitir señal aquella misma noche. A la mañana siguiente, su madre y su hermana se dieron cuenta de que no había dormido en casa. Llamaron, insistieron, preguntaron a amigos… sin respuesta. Denunciaron su desaparición en comisaría y aportaron todos los datos: vestía pantalón vaquero azul, chaqueta blanca de punto con cremallera y franja naranja, camiseta roja, y seguía el circuito habitual de ocio de Alcoy. A partir de ahí, se abre un vacío: ningún movimiento bancario, ninguna llamada, ningún documento recogido en carreteras o caminos. Nada.


La respuesta institucional fue intensa al principio. Durante semanas, se organizaron búsquedas con Bomberos, Policía Nacional y Local, voluntarios de Cruz Roja y Protección Civil, peinando barrancos, caminos de tierra y entornos próximos a Alcoy y Cocentaina, sin resultado. Se preguntó en hospitales, en comisarías de otras provincias, se consultaron bases de datos. Con el paso del tiempo, la búsqueda sobre el terreno fue perdiendo fuerza, pero la familia siguió moviendo el caso en asociaciones y medios, intentando que el nombre de David no se apagara del todo.

Años después, cuando parecía que el expediente había quedado estancado, en 2017 un nuevo inspector reactivó la investigación, tomó declaraciones adicionales e intentó recomponer aquella madrugada trozo a trozo. Según relató Elisabeth, la hermana de David, en medios locales, uno de los compañeros que había estado con él esa noche incurrió en contradicciones al declarar y terminó reconociendo un escenario muy distinto al que se había dibujado al principio: un incidente en el que David habría sufrido una caída con un impacto muy serio, seguido de decisiones posteriores que, de ser ciertas, cambiarían por completo la lectura del caso. 

De acuerdo con lo que esa hermana explicó a El Periódico de Aquí, ese compañero habría descrito una secuencia en la que, tras ese episodio, vio a David sin reacción y, asustado, en lugar de pedir ayuda oficial, habría optado por trasladarlo por su cuenta hasta una zona de vertido en Cocentaina y dejarlo allí. Son palabras muy duras que llegan muchos años después, y que no han podido ser confirmadas con pruebas materiales: no se ha localizado ningún resto, ni hay testigos directos que respalden de forma sólida esa versión. A efectos judiciales, se mantiene como un relato atribuido a un testimonio e imposible de verificar hoy por hoy.


En paralelo a esa línea, la madre de David ha compartido otra preocupación: la posibilidad de que su hijo hubiera acabado vinculado a un entorno de tipo sectario. Según contó en el programa Tras la pista de La Sexta, Rosa sospecha que una joven con la que él se relacionó pudo introducirle en un grupo de corte espiritual muy cerrado, y que eso explicaría una posible marcha voluntaria posterior a su desaparición de la noche de la cena. No hay constancia oficial de que se haya probado esta teoría, pero forma parte del abanico de posibilidades que la familia todavía contempla cuando intenta darle sentido a lo que pasó.

La desaparición de David Sánchez Jover ha sido revisitada en varias ocasiones por los medios. En 2018, el programa Más Vale Tarde dedicó dos piezas a su caso: una repasando las hipótesis principales y otra centrada en la familia, que, más de 3.000 días después, seguía “aferrada a la esperanza”. En 2023, un reportaje de El Español lo incluyó entre las tres desapariciones más enigmáticas de la provincia de Alicante, subrayando que nunca se ha encontrado ni su documentación ni un solo objeto personal que permita reconstruir sus últimos pasos. Y en 2025, el programa “À Punt et busca” volvió a poner su nombre en pantalla, dando voz a su madre y a un excompañero que relataron las últimas horas antes de que se perdiera su rastro. 

Pese a todos estos focos, la realidad judicial es fría: según informó El Periódico de Aquí, el caso se cerró en 2020 tras años de investigación sin resultados concluyentes. Eso no significa que se sepa qué pasó, solo que, a día de hoy, no hay indicios nuevos que permitan sostener una acusación sólida contra nadie. Mientras tanto, SOS Desaparecidos mantiene activa la ficha de David, con su fotografía y su descripción física, y pide que cualquier posible avistamiento se comunique de inmediato. 

En casa, el tiempo se mide de otra manera. Para Rosa y Elisabeth, no han pasado “años de expediente”, sino noches sin llamada, cumpleaños sin protagonista, fechas que se repiten como un eco: 14 de diciembre, Navidad, fin de año. En la entrevista de La Sexta, su entorno admitía que el tiempo no ayuda: que David, de existir hoy, habría cambiado mucho físicamente, pero que eso no les impide imaginar que un día pueda cruzar una puerta o marcar un número y romper el silencio. La esperanza, en estos casos, es casi una forma de resistencia.


Visto desde fuera, el caso de David Sánchez Jover en Alcoy parece una noche partida por la mitad: la primera, clara, con cena, discoteca y compañeros; la segunda, llena de huecos donde solo hay hipótesis. Un altercado que nadie termina de contar igual, una llamada que nunca entró al 112, una decisión —la de irse solo, la de no volver— que quizá no tomó él. Y, sobre todo, una ausencia absoluta de pistas físicas: ningún documento, ninguna prenda, ningún rastro digital. Eso es, precisamente, lo que hace este expediente tan inquietante: no solo lo que pudo ocurrir, sino todo lo que nunca se llegó a encontrar.

Contar hoy la desaparición de David Sánchez Jover, es recordar que detrás de cada teoría hay una familia que sigue buscando, y un profesional sanitario que una noche salió con sus compañeros y no volvió a pisar la base ni su casa. Mientras su ficha siga activa y su nombre se pronuncie, el caso no estará del todo cerrado fuera de los juzgados. Y quizá esa sea la única luz posible en historias así: que la sociedad siga mirando de frente estas ausencias, no como un misterio para entretenernos, sino como un recordatorio de que todavía falta alguien y de que, aunque hayan pasado casi 18 años, alguien lo sigue esperando.

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