Era la tarde del 21 de junio de 1977 cuando el calor del Salento apretaba sobre Racale, un pequeño pueblo de la provincia de Lecce. En la calle frente a la casa de sus abuelos maternos jugaba un niño de seis años, rubio, ojos oscuros, una pequeña cicatriz en la ceja izquierda y una quemadura en la mano derecha: se llamaba Mauro Romano. En cuestión de minutos, mientras corría a escondidas con otros críos, su risa se apagó. Cuando los mayores salieron a la puerta, Mauro ya no estaba. Aquel instante marcaría el inicio de uno de los misterios más largos y dolorosos de Italia: la desaparición de Mauro Romano, el niño de Racale que nunca volvió a casa.
Antes de convertirse en “caso Mauro Romano”, era simplemente el hijo de Bianca y Natale, una pareja trabajadora, muy creyente, que pertenecía a la comunidad de los testigos de Jehová. Mauro tenía tres hermanos y una vida sencilla: escuela, juegos en la calle, veranos eternos entre el polvo de las calles y el olor a mar. Sus señas particulares —la cicatriz en el ojo y la quemadura en la mano derecha, provocada en un accidente doméstico con una plancha— quedaron grabadas para siempre en la memoria de sus padres, y décadas después se convertirían en el centro de una teoría que daría la vuelta al mundo.
El día de la desaparición, los padres no estaban en Racale. Habían viajado a Poggiomarino, en la provincia de Nápoles, para asistir al funeral del padre de Natale. Solo se llevaron a la hija pequeña; Mauro y sus hermanos Antonio y Luca se quedaron con los abuelos maternos, en lo que debía ser una breve ausencia de los padres. Cuando Bianca y Natale regresaron el 22 de junio, la noticia les golpeó de lleno: “Mauro ha desaparecido”. Nadie había oído gritos, nadie había visto una pelea, solo el vacío repentino en el lugar donde el niño jugaba a pocos metros de casa.
Las primeras horas fueron un caos de búsquedas improvisadas: calles, campos, casetas, pozos de la zona. Rápidamente, la hipótesis de un simple extravío quedó descartada. La policía habló desde el principio de un rapto infantil, un secuestro en plena calle. Muy pronto empezaron a circular nombres y sospechas: según reconstruyen reportajes posteriores, los primeros recelos recayeron sobre un correligionario del entorno religioso de la familia, pero los Romano, incapaces de aceptar que alguien de su comunidad pudiera causar tanto daño, no llegaron a denunciar formalmente ese camino. Los investigadores, mientras tanto, peinaban el pueblo sin encontrar ni una sola huella física del niño.
Con el paso de los días aparecieron llamadas anónimas. Hombres que exigían dinero, que jugaban con la esperanza de unos padres desesperados, que prometían información sobre el paradero de Mauro. Años después se supo que uno de esos interlocutores era un vecino muy cercano a la familia, un barbero al que el propio niño llamaba cariñosamente “tío”, que había intentado extorsionar a los Romano aprovechando la tragedia. Aquellas pistas nunca llevaron a un rescate. No hubo intercambio real, no hubo pruebas de vida. Solo un rastro de engaños que añadieron otra capa de crueldad a la desaparición de Mauro y una sensación creciente de silencio y miedo en el pueblo.
Durante décadas, la investigación del caso Mauro Romano avanzó a trompicones. El expediente se llenó de informes, sospechosos descartados, declaraciones incompletas y decisiones que hoy muchos consideran errores graves. Libros de investigación como Storia di una scomparsa, de Flavia Piccinni y Carmine Gazzanni, hablan de omisiones, de versiones cambiantes y de un entorno donde el silencio pesaba más que la verdad. Racale siguió su vida, pero para Bianca y Natale el tiempo se quedó clavao en aquel verano del 77: cada niño que pasaba por la calle era una posible sombra de Mauro.
En 2010 y, de nuevo, en 2019, el nombre del pequeño volvió a los titulares por un hallazgo escalofriante: unos restos óseos en un pozo de la zona de Taviano, no lejos de donde había desaparecido. Buzos y bomberos trabajaron en condiciones complicadas, extrayendo material del fondo de un pozo en contrada Fichella. Durante un tiempo, las esperanzas —por terribles que fueran— se concentraron en una idea: al menos poder dar sepultura a su hijo. Pero las pericias forenses acabaron con esa posibilidad: las pequeñas piezas óseas resultaron ser de origen animal, no humano. Otra vez, la montaña de expectativas de la familia se vino abajo.
En 2019, más de cuarenta años después de la desaparición, una nueva investigación por delitos graves contra menores sacudió la provincia de Lecce. En ese contexto salió a la luz un caso que implicaba a 18 niños, y entre los nombres asociados a la causa apareció un hombre de 71 años de Taviano, ya conocido en la historia de Mauro: el mismo que, décadas antes, había hecho llamadas anónimas a la familia para intentar sacarles dinero. El caso Romano se reabrió y aquel hombre, antiguo barbero y viejo conocido del entorno, fue finalmente inscrito como sospechoso de secuestro. Por primera vez, un nombre propio aparecía de forma clara en la instrucción como presunto raptor.
Según la reconstrucción más reciente de la Fiscalía, ese ex barbero habría recogido a Mauro con su motocarro —el famoso “tío” que se lo llevaba supuestamente a jugar— para entregarlo después a dos individuos nunca identificados, que se habrían encargado de hacerlo desaparecer. En 2020 y 2021, el hombre fue formalmente investigado por secuestro de persona, en el que muchos medios definieron como “el rapto más largo del mundo”. Pero el procedimiento se estrelló contra la falta de pruebas sólidas: no había restos, no había testigos directos del momento exacto, y las declaraciones acumulaban contradicciones y silencios. El propio delito de secuestro, además, estaba ya prescrito.
El 4 de noviembre de 2021 llegó el golpe definitivo: el juez de instrucción de Lecce decretó la archivación de la causa respecto al ex barbero, único investigado formalmente, aceptando la petición de la Fiscalía por falta de elementos para sostener una acusación en juicio. El caso Mauro Romano, desde el punto de vista judicial, volvía así a la casilla de salida: ningún responsable identificado, ningún rastro físico del niño, solo un expediente archivado y la etiqueta de “rapto sin resolver”. Los padres, curiosamente, decidieron no oponerse a esa decisión: su esperanza había empezado a mirar en otra dirección, tan extraordinaria como polémica.
A partir de 2007, y con mucha más fuerza desde 2021, Bianca Colaianni sostiene una hipótesis que ha recorrido medios de medio mundo: que su hijo Mauro no solo estaría vivo, sino que sería hoy un poderoso empresario en los Emiratos Árabes, el jeque Mohammed Al Habtoor. La madre dice haber reconocido en las fotos del jeque dos marcas idénticas a las de su hijo: una cicatriz en el entrecejo y otra en la mano derecha, fruto de la quemadura con la plancha. La coincidencia física, sumada a cierto parecido en la mirada, la convenció de que aquel hombre de unos cincuenta años podía ser el niño que le arrebataron en Racale. Es una creencia profundamente personal, no una conclusión judicial.
Los abogados de la familia Romano pidieron realizar una prueba de ADN para aclarar el enigma, pero el propio Al Habtoor rechazó someterse a cualquier análisis genético, dejando claro en entrevistas que niega cualquier vínculo con Mauro y subrayando su propia historia familiar y fecha de nacimiento oficial (1968), que no coinciden con la de un niño desaparecido en 1977. Las autoridades italianas, sin una base jurídica sólida ni indicios objetivos más allá de la semejanza física y las cicatrices, no han podido imponer ese examen ni han señalado al jeque como sospechoso. A nivel legal, la “pista del jeque” sigue siendo una convicción de la madre y un tema mediático, no una línea de investigación oficial en curso.
En abril de 2021, tras décadas pidiendo que no se abandonara la búsqueda, Bianca dio un giro doloroso: declaró a la prensa que había pedido a la policía italiana que dejara de buscar a su hijo, convencida de que, si de verdad es quien ella cree, ya no tendría sentido rastrearlo como “desaparecido”. Aun así, su abogado insiste en mantener canales abiertos para, al menos, lograr un encuentro privado con Al Habtoor que ayude a la familia a cerrar, de una forma u otra, este capítulo. Mientras tanto, los procedimientos penales en Italia han terminado: en 2021 se cerró la tercera y última investigación formal sobre el secuestro.
Detrás del ruido mediático, la vida de los Romano ha sido una larga sucesión de esperanzas y desilusiones. Han pasado por llamadas falsas, restos que no eran de su hijo, sospechosos que entraban y salían del foco, y ahora por la posibilidad de que Mauro lleve una vida de lujo sin saber —o sin querer saber— de dónde viene. Crónicas y ensayos subrayan también el papel de las instituciones: errores iniciales, silencios del entorno, decisiones discutibles y una sensación permanente de que alguien, en algún momento, no quiso mirar demasiado hondo.
A día de hoy, en 2025, el caso Mauro Romano sigue oficialmente sin resolver. El único investigado ha sido exonerado por falta de pruebas, no hay ninguna persona imputada, no se ha encontrado el cuerpo del niño y la justicia italiana considera cerrada la fase penal activa. Programas recientes de la RAI y artículos de prensa recuerdan periódicamente el expediente como uno de los “cold case” más dolorosos del país, un rapto infantil sin respuesta casi medio siglo después. En los listados de menores desaparecidos, el rostro de Mauro sigue apareciendo, congelado a los seis años, mientras los expertos lo citan como ejemplo extremo de las consecuencias del silencio y la falta de coordinación en los primeros días de una desaparición.
Quizá lo más aterrador del caso de la desaparición de Mauro Romano no sea solo que un niño pudiera esfumarse a pocos metros de sus abuelos, en plena tarde, sino todo lo que vino después: llamadas aprovechándose del dolor, sospechas que nunca llegaron a convertirse en condenas, una búsqueda que se extendió por pozos, despachos y hasta rascacielos en Dubái, y una familia que lleva casi cincuenta años viviendo entre la esperanza y el duelo suspendido. Contar su historia hoy, con cuidado y sin morbo, es recordar que detrás de cada ficha de “niño desaparecido” hay algo más que una foto antigua: hay veranos que ya no se celebran, cumpleaños sin velas y una madre que sigue mirando cicatrices ajenas con la secreta esperanza de reconocer, al fin, las de su hijo.
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